Un acuerdo con el capo

Capitulo 22

El eco del veneno en los pasillos blancos

Chiara

​El olor a antiséptico y a cera de pisos barata siempre me ha producido una repulsión instintiva, un recordatorio clínico de la fragilidad del cuerpo humano. Pero esta mañana, cruzar las puertas de cristal del Hospital Central de la Ciudad no era una elección motivada por el pánico ni por los fantasmas de la noche de mi secuestro. Era una necesidad rutinaria. Después de los golpes, el estrés acumulado y la tormenta emocional de las últimas semanas, el doctor había insistido en un chequeo general para descartar cualquier secuela interna. Alessandro había prometido acompañarme, pero una de sus habituales «emergencias corporativas» en el puerto de última hora lo había retenido con urgencia, obligándome a tomar el auto y asistir sola a la cita médica.

​—Todo está en perfecto orden, señora Rossi —me había dicho el especialista con una sonrisa amable, entregándome la carpeta con los resultados una hora después—. Los niveles de estrés han bajado considerablemente y su recuperación física es absoluta. Puede hacer su vida con total normalidad.

​«Vida con total normalidad». Qué concepto tan extraño cuando tu realidad transcurre entre hombres armados, mansiones blindadas y un capo de la mafia que te ama como si fueras lo único sagrado en el mundo.

​Guardé los papeles en mi bolso de cuero, ajusté el abrigo sobre mis hombros y comencé a caminar por el pasillo del ala privada del tercer piso, buscando el ascensor que me llevaría al estacionamiento subterráneo. El piso de granito pulido reflejaba las luces fluorescentes del techo, y el silencio del área VIP solo se rompía por el zumbido lejano de algún equipo médico o el murmullo apagado del personal de enfermería en el mesón de recepción.

​Iba distraída pensando en qué preparar para la cena de esta noche, imaginando la cara de cansancio con la que Alessandro regresaría a casa y cómo me encargaría de borrarle las tensiones del día, cuando un detalle diminuto, un destello visual en la periferia de mi campo de visión, hizo que mis pasos se detuvieran en seco.

​A unos diez metros de distancia, en la intersección que conectaba el ala de diagnósticos avanzados con los consultorios privados de los directivos, la silueta de un hombre alto, enfundado en un impecable traje oscuro de corte italiano, recortaba su sombra contra la pared de tonos marfil.

​No necesitaba verle el rostro para reconocerlo. La amplitud de sus espaldas, la postura imponente, la forma en que los gemelos de plata brillaban bajo las luces y el aire de absoluta autoridad que irradiaba su presencia eran inconfundibles.

​Era Alessandro.

​El corazón me dio un vuelco instantáneo en el pecho, pero no fue un salto de alegría. Fue un golpe seco, frío y desconcertante que me dejó sin respiración durante una fracción de segundo.

¿No se supone que estaba en el puerto resolviendo un cargamento con Marcos? —pensé, sintiendo que un pequeño nudo de hielo comenzaba a formarse en la boca del estómago.

​Di dos pasos cautelosos hacia adelante, ocultándome parcialmente tras el marco de una columna de apoyo decorativa, dispuesta a llamarlo con una sonrisa para sorprenderlo en medio de su ocupada agenda. Pero antes de que pudiera pronunciar su nombre, una segunda figura emergió desde el interior del consultorio privado contiguo.

​Una mujer.

​Era alta, de una elegancia sofisticada y felina, envuelta en un abrigo largo de cachemira color beige que se ajustaba a su silueta con precisión de pasarela. Su cabello rubio ceniza, perfectamente lacio, caía en cascada sobre sus hombros, y llevaba gafas de sol oscuras a pesar de estar en interiores, dándole un aire de misteriosa celebridad.

​Lo que me detuvo, lo que hizo que el aire se me congelara en los pulmones y el mundo a mi al rededor perdiera todo sonido, no fue su presencia. Fue lo que hizo a continuación.

​La mujer se acercó a Alessandro con una familiaridad pasmosa, una confianza íntima que a mí misma me costaba a veces ganarme. Estiró una mano con dedos perfectamente manicurados, rozó con total naturalidad la solapa de su traje, acomodó el nudo de su corbata con un gesto cómplice y dejó escapar una risa suave, baja y melodiosa que resonó con claridad en el pasillo silencioso.

​Alessandro no se apartó. No retrocedió ni adoptó esa postura defensiva y fría que reservaba para todo el mundo exterior. Al contrario, vi cómo su mandíbula se relajaba levemente, cómo inclinaba el rostro hacia ella para escuchar algo que le susurraba al oído y cómo, en un gesto que me atravesó el alma como una cuchilla de afeitar, levantó una mano grande y áspera para posarla con total delicadeza sobre la curva de su cadera, atrayéndola un segundo hacia su costado en un abrazo protector y cálido.

​El tiempo se detuvo.

​Mis dedos se aferraron con tanta fuerza a las asas de mi bolso de cuero que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí un calor súbito e intenso que subía desde mi garganta hasta mis ojos, seguido de una oleada de náuseas tan violenfamente real que tuve que apoyar la espalda contra la fría superficie de la columna para no desplomarme allí mismo.

¿Quién es ella?

¿Por qué está aquí?

¿Por qué él nunca me habló de su existencia?

​Las imágenes de las últimas semanas pasaron por mi mente a una velocidad vertiginosa: sus juramentos de amor eterno en la cama, la forma en que me miraba después de rescatarme del almacén, las promesas de que yo era la única ley en su mundo, el refugio absoluto que creí haber encontrado en sus brazos. ¿Era todo mentira? ¿Una fachada construida para calmar a la «osita» mientras en las sombras operaba otra vida, otra mujer, otro mundo al que yo no tenía acceso?

​La mujer del abrigo beige sacó un sobre manila de su bolso y se lo entregó a Alessandro. Él lo tomó con seriedad, guardándolo en el bolsillo interior de su saco, antes de inclinarse para depositar un beso rápido, casi casto pero infinitamente íntimo, en la mejilla de ella.




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