Chiara
El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido monótono del motor del auto y el repiquetear de mis dedos sobre la funda de cuero de mi bolso, donde la carpeta con los resultados médicos y la imagen de aquella mujer rubia parecían quemar a través de la tela.
Cada kilómetro que nos acercaba al refugio amurallado de Alessandro se sentía como un descenso controlado a las profundidades de un juego macabro. Durante todo el camino, mi mente no hizo más que ensayar el papel. Tenía que ser perfecta. Ni un temblor en la voz, ni una mirada esquiva, ni una sola duda en mis movimientos que pudiera activar el radar implacable de un hombre que lleva años sobreviviendo a base de desconfiar hasta de su propia sombra.
Cuando el vehículo se detuvo frente a las puertas de hierro forjado de la entrada principal, el chofer bajó apresuradamente a abrirme la portezuela, pero me adelanté con un movimiento seco, bajando por mi propia cuenta.
Al cruzar el umbral del recibidor, el contraste con las noches anteriores fue tan violento que me cortó la respiración. Ya no había velas encendidas esperando mi llegada, ni el aroma a café recién hecho, ni esa atmósfera densa y magnética que solía envolvernos. La mansión estaba silenciosa, fría, dominada por los tonos grises del mármol y la luz artificial que caía desde los altos techos abovedados.
Y allí estaba él.
Alessandro se encontraba de pie junto a la barra de la cocina minimalista, con la chaqueta del traje sutilmente desabrochada y un vaso de whisky corto en la mano. Las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos marcados por venas tensas y cicatrices de batallas pasadas. Cuando escuchó mis pasos sobre el piso de piedra, levantó la vista.
No hubo la sonrisa lenta y voraz con la que solía recibirme. No hubo ese destello de adoración inmediata que me hacía sentir la única dueña del universo. Sus ojos oscuros, impenetrables como el fondo de un abismo, se clavaron en los míos con una neutralidad absoluta, fría, casi corporativa.
—Llegas tarde —dijo su voz, ronca y distante, resonando en el espacio abierto con una autoridad distante—. El médico te dio el alta temprano. Me extrañó que tardaras tanto en regresar.
El impacto de escuchar esas palabras, dichas con ese tono tan impersonal, fue como recibir un golpe invisible en el esternón. Pero mi entrenamiento de los últimos minutos no había sido en vano. Me tragué el nudo amargo que amenazaba con ahogarme, levanté la barbilla y adopté una expresión de fingida fatiga y molestia contenida.
—Tuve que hacer un par de paradas imprevistas después de la clínica, Alessandro —repliqué con voz cortante, dejando caer las llaves sobre la mesa de mármol con un sonido seco—. Y si tardé, fue porque el tráfico de la ciudad es insoportable, algo que quizás ignoras desde tu atalaya blindada.
Él dio un sorbo lento a su vaso de whisky, sin apartar de mí esa mirada clínica y calculadora que parecía estar diseccionando cada milímetro de mi postura.
—Te ves tensa —comentó, sin acercarse un solo centímetro—. Supuse que los resultados del chequeo habrían aliviado algo de la presión después de lo del almacén.
Crucé los brazos sobre mi pecho, adoptando una postura defensiva que encajara a la perfección con la coartada que había estado cocinando en el auto, y le devolví la mirada con un destello de irritación calculada.
—¿Quieres saber por qué estoy tensa? —solté una risa amarga, cargada de una fingida exasperación—. Si hubieras tenido la decencia de acompañarme a la clínica como habías prometido, en lugar de encerrarte en tus misteriosas reuniones de negocios en el puerto, sabrías exactamente por qué me duele hasta el mínimo movimiento.
Alessandro frunció ligeramente el ceño, apoyando el vaso sobre la encimera con un movimiento lento.
—Te dije que surgieron complicaciones operativas que no pod—...
—Sí, ya sé, tus prioridades de capo —lo interrumpí con un gesto de desdén, girando los ojos con fastidio—. La verdad es que no tengo ganas de discutir de tus negocios hoy. Estoy agotada. Además, si realmente quieres saber por qué estoy de este humor de perros, es simple: estoy en mis días. El chequeo solo vino a confirmar lo que mi cuerpo ya me estaba gritando desde esta mañana.
La mentira salió de mis labios con una naturalidad aterradora, tan pulida y fría como el hielo. Era la coartada perfecta, la excusa universal e indiscutible que ningún hombre, por más desconfiado que fuera, se atrevería a cuestionar ni a investigar a fondo.
Durante una fracción de segundo, la mirada de Alessandro vaciló. Un destello de incomodidad cruzó sus facciones oscuras, y vi cómo sus hombros se relajaban un ápice ante la explicación. En su mente masculina, la mención de un ciclo hormonal femenino funcionaba como un muro de contención infranqueable, un territorio en el divisor de aguas donde los hombres como él prefieren retroceder antes de arriesgarse a una discusión sin salida.
—Entiendo —respondió finalmente, con un tono neutro, seco, que ya no guardaba ni rastro de la calidez de antaño—. Debí imaginarlo. Si necesitas descansar, la habitación está lista.
Ningún «lo siento, osita». Ningún acercamiento para rodearme la cintura con sus brazos cálidos y besarme la frente hasta disipar mi mal humor ficticio.
Y entonces, la palabra cayó sobre el aire como una sentencia de muerte invisible.
—Como digas... Chiara —añadió él con total naturalidad, dándose la vuelta para tomar nuevamente el vaso de whisky y darle la espalda.
Chiara.
No "osita". No "mi fiera". No "mi vida".
Me nombró por mi nombre de pila, con la misma distancia gélida y formal con la que le hablaría a una empleada de confianza o a una socia comercial a la que apenas tolera en su mesa. Esa simple palabra, pronunciada con esa entonación de extraño cortés, terminó de congelar la última chispa de esperanza ingenua que aún titilaba en el fondo de mi pecho.