Chiara
La luz del sol de mediodía se filtraba a través de los pesados visillos de la suite principal, dibujando líneas doradas y frías sobre el suelo de mármol pulido. Cuando abrí los ojos, el otro lado de la cama estaba completamente frío. La almohada de Alessandro conservaba la forma de su cabeza, pero el espacio vacío confirmaba lo que ya sabía desde la noche anterior: se había marchado temprano, sin una sola palabra de despedida, sin un roce, sin rastro de aquel hombre que hace apenas unos días quemaba el mundo con tal de mantenerme a salvo.
Me senté despacio sobre las sábanas, sintiendo el peso de una claridad mental tan cortante como el cristal.
Ya no había dolor. Ni un atisbo de esa melancolía patética que me había hecho llorar en silencio frente a la pantalla de mi ordenador. La indiferencia con la que Alessandro me había tratado la víspera, la forma gélida en que había pronunciado mi nombre de pila —Chiara—, como si fuera una desconocida que alquilaba una habitación en su mansión, había terminado de matar cualquier vestigio de la ingenua que creyó en cuentos de hadas mafiosos.
“Qué estúpida fui”, pensé, soltando una risa seca, amarga y corta que resonó en el silencio de la habitación. ¿Un contrato privado? ¿Una promesa de exclusividad firmada bajo la penumbra de una oficina clandestina?
Qué ridículamente infantil había sido pensar que un capo de la mafia de su calibre iba a limitar su existencia a una sola mujer por un papel firmado cuando, en el tablero real del poder y los bajos fondos, su matrimonio ya estaba escrito en los altares invisibles de la alta criminalidad.
Las piezas del rompecabezas que había estado armando con los datos de Valeria Cárdenas terminaron de encajar de golpe la noche anterior. Los registros financieros, los movimientos bancarios ocultos y los acuerdos corporativos entre los frentes de los Rossi y el clan Cárdenas no dejaban lugar a dudas: la alianza entre ambas familias no se sellaba con acuerdos comerciales en los muelles; se consolidaba con un compromiso matrimonial pactado desde las sombras. Una unión dinástica entre la aristocracia de la mafia y el poder financiero, diseñada mucho antes de que yo apareciera en su vida como un daño colateral que decidió quedarse a jugar a la dueña de la casa.
Para la mafia, yo nunca había dejado de ser un capricho temporal, una distracción conveniente en medio de una guerra de clanes, o peor aún, un secreto bien guardado que debía mantenerse oculto mientras él cumplía con su verdadero destino al lado de una mujer de su mismo estatus.
—Juegas a ignorarme, Alessandro —murmuré para mí misma, mientras me levantaba de la cama y caminaba hacia el baño con una calma casi helada—. Pretendes tratarme como a una extraña bajo tu propio techo, pensando que me encogere de miedo o que me quedaré esperando sumisa tus migajas de atención. Qué poco me conoces.
Si él quería actuar como si yo no existiera, yo le daría el gusto con creces.
Me duché con agua templada, cuidando cada detalle de mi aspecto. Me puse un conjunto de sastre en tonos oscuros, elegante y sobrio, y maquillé mi rostro con la precisión de quien se prepara para entrar a un campo de batalla. Cuando bajé a la planta baja, la servidumbre se movía con la habitual discreción silenciosa. En la cocina, el desayuno que habían preparado para mí seguía intacto sobre la isla de mármol.
Alessandro no estaba. Había dejado dicho con Marcos que no regresaría a almorzar debido a una reunión de alto nivel con los socios corporativos —lo que en su idioma mafioso significaba una cita con Valeria o una cumbre para afianzar los términos de su compromiso real—.
Perfecto. Menos ojos vigilando mis movimientos.
Decidí poner en marcha la segunda fase del plan. Si iba a sobrevivir a este mundo de mentiras y contratos rotos, no iba a quedarme de brazos cruzados esperando el día en que me descartaran como a un mueble viejo. Tenía que armar un plan para huir.
Y para huir de la fortaleza de un capo de la mafia, no bastaba con abrir la puerta principal y pedir un taxi. Necesitaba recursos, contactos invisibles, pasaportes falsos y una ruta de escape que ni sus drones ni sus hombres pudieran rastrear.
Me dirigí directamente al despacho privado de Alessandro. La puerta, como era de esperarse, contaba con un sistema de seguridad biométrico y una cerradura electrónica avanzada. Durante semanas, había visto al mismísimo Alessandro ingresar el código maestro de seis dígitos mientras sostenía una conversación telefónica, confiado en que nadie osaría pisar su santuario personal.
Me detuve frente al panel táctico, respiré hondo y coloqué los dedos sobre los números con una precisión milimétrica.
Clack.
El pestillo cedió con un sonido seco. El sistema reconoció el patrón de acceso que había memorizado pacientemente en mi memoria visual. Empujé la puerta y entré en la guarida del monstruo.
El despacho olía a cuero viejo, tabaco caro y papel de alta calidad. Las estanterías de madera oscura estaban repletas de volúmenes de estrategia militar, códigos legales y viejos registros de los muelles. Pero mi objetivo no eran los libros.
Me acerqué al pesado escritorio de caoba y comencé a revisar los compartimentos ocultos. Sabía, por las conversaciones dispersas que había escuchado a Marcos y por la naturaleza de los negocios de Alessandro, que en algún lugar de esta habitación existía una caja fuerte física o un dispositivo de almacenamiento en red desconectado de internet que contenía los documentos reales de identidad, las rutas de escape internacionales y los fondos de contingencia del capo.
Mis manos se movían con una rapidez febril pero calculada. Revisé los cajones inferiores, examiné los paneles traseros de la estantería y, finalmente, mis dedos tropezaron con un pequeño relieve oculto bajo el borde inferior del escritorio.