Un acuerdo con el capo

Capitulo 25

Cenizas de papel y el arte de desaparecer

Chiara

​El sonido de la puerta blindada al cerrarse a mis espaldas resonó en la penumbra como el disparo de largada de una carrera donde mi única apuesta era la libertad. Allá afuera, la noche de Caracas se extendía como un manto húmedo, caótico y bullicioso, un contraste absoluto con el silencio estéril y lujoso de la mansión de los Rossi de la que acababa de huir con las manos firmemente aferradas al volante de un sedán discreto que había alquilado bajo un nombre falso horas antes.

​A través del retrovisor, alcancé a ver por última vez las luces de seguridad de la fortaleza que creí mi hogar.

“Qué estúpidos fueron”, pensé, soltando una risa corta, sardónica y teñida de una adrenalina pura que me quemaba las venas.

​¿De verdad creyeron que una mujer acorralada, criada entre las páginas de historias oscuras y entrenada a la fuerza en el tablero de la mafia, se iba a conformar con el papel de la esposa ignorante y abandonada? ¿Pensaron que dejar el acceso libre al despacho y descuidar la seguridad de los archivos privados iba a pasar desapercibido para alguien que llevaba semanas mapeando cada salida de emergencia de ese mundo?

​Lo más divertido de todo, lo que hacía que una sonrisa macabra se dibujara en mis labios mientras aceleraba rumbo a las afueras de la ciudad, era el pequeño detalle que Alessandro probablemente descubriría demasiado tarde.

​No solo me había llevado los pasaportes falsos, las rutas de tránsito internacional y los códigos de las cuentas en paraísos fiscales. En el fondo del maletín, cuidadosamente doblado junto a los documentos de identidad falsificados, yacía el contrato original con su firma y la mía, el mismo que él había guardado como un trofeo de posesión absoluta en su caja fuerte.

​¿Y qué le había dejado en su lugar? Una copia perfecta, idéntica en gramaje y tipografía, pero falsificada con una cláusula de anulación unilateral que había redactado durante la madrugada, dejándole únicamente un documento de papel sin validez legal ni emocional. Que se entretuviera intentando descifrar cómo su preciada prisionera se había evaporado sin dejar rastro, mientras yo cruzaba la línea de meta antes de que él siquiera abriera el cajón.

​—Espero que Alessandro no se dé cuenta de que tengo el contrato original hasta que esté muy, muy lejos de aquí —murmuré para mí misma, golpeando el volante con una mezcla de triunfo y urgencia contenida—. Aunque, siendo sinceros, dudo mucho que me encuentre... no en esta pocilga donde me refugio ahora.

​El lugar donde me encontraba al amanecer distaba mucho de los mármoles y las lámparas de cristal de Murano de la mansión. Era un modesto departamento de alquiler temporal, ubicado en un barrio de clase media-baja en las afueras de la ciudad, un sitio gris y olvidado donde nadie vendría a buscar a la distinguida señora Rossi. Las paredes tenían una capa de pintura descascarada, el olor a humedad impregnaba las sábanas y el colchón crujía con el más mínimo movimiento. Para cualquier otra persona, esto sería una pesadilla. Para mí, era el olor de la independencia. Era el primer paso real hacia mi salvación.

​Saqué el teléfono desechable que había comprado la vísfera, revisé los mapas de ruta y confirmé el plan para las próximas horas.

​Mañana sería un día clave.

​Antes de tomar el vuelo clandestino que me sacaría definitivamente del país, necesitaba borrar cualquier vestigio físico de la mujer que los tabloides y los hombres de los Rossi conocían. Tenía que transformar mi rostro, mi cabello y cada rastro de mi identidad pasada en un fantasma irreconocible.

​El despertador sonó antes del amanecer, rasgando el silencio plomizo de la habitación alquilada.

​Me levanté con una energía febril, me puse una sudadera negra con capucha y gafas de sol oscuras, y salí a la calle justo cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de un tono grisáceo y polvoriento. El tráfico de la ciudad empezaba a agitarse con el bullicio habitual de los lunes por la mañana.

​Caminé tres cuadras hasta encontrar un salón de belleza discreto, de esos que abren temprano en los callejones comerciales del centro y donde las preguntas sobre el origen del dinero o la identidad de los clientes se pagan con billetes grandes y miradas esquivas.

​Empujé la puerta y una campana oxidada anunció mi llegada. Una mujer madura, con el cabello teñido de un rubio platino exagerado y un delantal salpicado de tintes, levantó la vista de una revista de farándula.

​—Buenos días. ¿Qué se le ofrece? —preguntó con voz ronca por el humo del cigarro.

​—Un cambio radical —le respondí sin vacilar, retirándome las gafas oscuras y dejando al descubierto mi rostro serio—. Necesito que te deshagas de todo este castaño largo. Quiero el cabello corto, cortísimo, un estilo pixie asimétrico, y... cámbialo a un tono negro azabache. Y de paso, una decoloración total en las cejas o un tono más claro. Quiero salir de aquí irreconocible.

​La estilista me miró a través del espejo durante unos segundos, evaluando la intensidad en mi mirada, pero no hizo preguntas. En este lado de la ciudad, la gente aprende rápido a callar cuando un cliente paga en efectivo y exige anonimato.

​—Como ordene, nena. Sisiéntate en la silla —respondió con una sonrisa indiferente, tomando las tijeras de peluquería con una soltura intimidante.

​Durante las dos horas siguientes, el sonido metálico de las tijeras cortando los largos mechones de cabello castaño que tanto le gustaba acariciar a Alessandro fue la música más liberadora que había escuchado en mi vida. Cada mechón que caía al suelo del salón era una atadura menos, un año más de sometimiento que se desprendía de mi cuerpo, una página más de la historia de la "osita" que terminaba para dar paso a alguien completamente nuevo.

​Cuando la estilista giró la silla frente al espejo al terminar el proceso de corte y tinte, apenas si pude reconocer a la mujer que me devuelvia la mirada.




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