Alessandro
El teléfono satelital vibró contra el bolsillo interno de mi saco con la insistencia sorda de un aviso de emergencia. Estaba en el despacho privado de la clínica del este, de pie frente al ventanal que daba hacia los jardines interiores del complejo, mientras Valeria Cárdenas terminaba de estampar su firma en los últimos anexos del acuerdo de fusión portuaria.
—Todo está en orden, Alessandro —dijo ella con esa voz elegante, calculada y fría que caracterizaba a la heredera de los Cárdenas, levantando la vista con una sonrisa sofisticada que no alcanzaba a tocarle los ojos—. Los títulos de propiedad del muelle norte ya están transferidos a nombre de tu testaferro. Ningún fiscal ni ningún miembro de los viejos clanes podrá rastrear este movimiento. La fachada de nuestra alianza familiar está oficialmente sellada.
—Bien —respondí con voz seca, tomando el sobre manila con los documentos originales y deslizándolo en mi bolsillo—. Que Marcos supervise la distribución de los contenedores esta misma noche. No quiero cabos sueltos.
Valeria se puso de pie, ajustándose el impecable abrigo de cachemira beige sobre los hombros, y se acercó a mí con esa familiaridad estudiada que el protocolo de nuestras familias exigía para las cámaras y los espías ocasionales. Extendió una mano enguantada para acomodar el nudo de mi corbata con un gesto mecánico, casi teatral, y dejó escapar una risa baja.
—Sabes que mi padre sigue pensando que este matrimonio corporativo debió ser formalizado en el altar y no en un despacho notarial, ¿verdad? —comentó con un tono de ligera burla, inclinándose ligeramente hacia mí—. A veces me pregunto cuánto tiempo más podrás mantener tu doble vida ocultando a tu pequeña escritora en esa mansión blindada, mientras juegas a los tronos con la verdadera aristocracia de la ciudad.
No me aparté, porque en este juego de serpientes aprender a tolerar el contacto del enemigo es la única forma de mantener el cuello intacto. Sabía perfectamente las reglas: la alianza con los Cárdenas era un contrato de sangre y dinero indispensable para asegurar el monopolio absoluto de los puertos, una unión que en el papel exigía un compromiso dinástico, pero que en mi cabeza y en mi cama ya tenía un dueño indiscutible. Chiara era mi refugio, mi debilidad más peligrosa y la única razón por la que seguía soportando la farsa de la alta sociedad.
—La vida que llevo puertas adentro de mi casa no es asunto de tu incumbencia, Valeria —le receté con una voz baja, lo suficientemente helada como para borrarle la sonrisa socarrona del rostro—. Limítate a cumplir tu parte del tratado en los negocios, y yo me encargaré de que tu apellido siga figurando entre los que sobreviven en esta ciudad.
Ella chasqueó la lengua con fastidio fingido, me dio una palmada ligera en la mejilla en un amago de afecto ensayado y dio media vuelta hacia la puerta.
—Te llamaré esta noche cuando esté libre. No te preocupes por los detalles, ya me encargué de limpiar el rastro —soltó por encima del hombro antes de salir del consultorio con el paso altivo y seguro de quien se sabe intocable.
Me quedé de pie en el centro de la habitación un instante, exhalando el aire pesado de la conversación. Tenía prisa por terminar. Hoy era el día del chequeo médico de Chiara. Aunque los médicos aseguraban que su recuperación física tras el secuestro en el almacén era absoluta, mi instinto de capo me obligaba a estar presente en cada detalle de su vida, a blindarla contra cualquier sombra que osara rozarla. Había planeado acompañarla personalmente a la clínica, pero esta cumbre de última hora con los Cárdenas había alterado los tiempos, obligándola a asistir sola bajo la custodia invisible de mis hombres.
Salí del consultorio con paso firme, dispuesto a atravesar el pasillo principal del ala privada para tomar el ascensor subterráneo y alcanzarla antes de que saliera de su consulta.
El pasillo estaba desierto, iluminado por la luz aséptica de los tubos fluorescentes que reflejaban en el piso de granito pulido.
Caminé con la mirada fija al frente, con la mente dividida entre las rutas de los cargueros en el puerto y las ganas absurdas de llegar a casa, quitarme el traje de los negocios y enterrar el rostro en el aroma a vainilla de mi osita, disculpándome por haberle robado la mañana.
Pero a mitad de camino, un detalle milimétrico, un reflejo imperceptible en el cristal de una columna de apoyo lateral, hizo que mis pasos se desaceleraran de golpe.
Una sombra. Una figura femenina de pie, inmóvil, semioculta detrás del marco de una puerta de servicio contigua, con la postura rígida y la mirada clavada directamente en el punto exacto donde Valeria y yo habíamos estado conversando segundos antes.
El corazón me dio un vuelco salvaje, helado, en el pecho.
Un latido violento que rompió toda la lógica de mi entrenamiento táctico.
Giró la cabeza con brusquedad hacia el rincón, pero el pasillo estaba completamente vacío. Solo se escuchaba el zumbido lejano del aire acondicionado central y el eco distante de una camilla rodando por el ala de urgencias.
—¿Quién anda ahí? —gruñí en voz baja, avanzando con la mano instintivamente dispuesta hacia la empuñadura de la pistola oculta bajo el saco.
Nadie respondió. El silencio del hospital se cernió sobre mí con una pesadez asfixiante, casi burlona.
Me acerqué al lugar donde había atisbado la sombra. No había nadie. Solo el suelo limpio, una puerta de servicio cerrada con pestillo automático y la sensación inequívoca, punzante y desesperada de que acababa de cometer el error más catastrófico de mi vida.
Chiara.
El nombre retumbó en mi cabeza con la fuerza de un trueno.
Recordé el horario. Su consulta había terminado exactamente quince minutos antes. El tiempo exacto para haber cruzado este pasillo, para haber doblado en la esquina justo en el momento en que Valeria me acomodaba la corbata, para haber escuchado las palabras equivocadas y haber visto la escena exacta diseñada para destruir la frágil confianza que con tanto esfuerzo habíamos construido tras las cenizas del secuestro.