Alessandro
El motor del sedán blindado rugió al detenerse de golpe frente a las puertas de hierro forjado de la mansión, derrapando ligeramente sobre el adoquinado húmedo por la llovizna nocturna. Antes de que el chofer pudiera siquiera desabrocharse el cinturón de seguridad, abrí la portezuela de un empujón violento y atravesé el umbral del recibidor con el paso firme y acelerado de un hombre que camina directamente hacia el cadalso.
El reloj en la pared marcaba pasadas las diez de la noche.
Había llegado tarde. Demasiado tarde.
Durante las horas posteriores al incidente en el pasillo del hospital, la red de búsqueda que movilicé por toda la ciudad había sido un desfile de sombras y callejones ciegos. El auto de Chiara había sido localizado a primera hora de la tarde en un estacionamiento público del centro comercial, con las llaves puestas y su bolso de mano intacto en el asiento del copiloto, como si se hubiera desvanecido en el aire o hubiera decidido desaparecer por su propia voluntad. Ningún rastro de violencia, ningún forcejeo, ninguna pista que apuntara a un secuestro por parte de los clanes rivales.
Solo un vacío absoluto. Y una frase martillando sin piedad en mi cabeza: “Llegó tarde... y estaba rara”.
Las palabras de Marcos al reportar sus últimas interacciones con ella en la mansión resonaban ahora con el peso de una advertencia ignorada. Desde aquella noche en el hospital, desde el maldito segundo en que Valeria me había rozado la solapa frente a los ojos equivocados, Chiara había dejado de ser la mujer apasionada que me quemaba las entrañas. Se había convertido en una silueta silenciosa, distante, que respondía con monosílabos helados y se escudaba detrás de una coartada perfecta y conveniente sobre sus ciclos hormonales.
Una coartada.
Ahora, con el beneficio de la trágica perspectiva, comprendía la ironía insultante de su mentira. No era malestar físico lo que la hacía esquivar mi mirada; era el cálculo frío de una mujer que había decidido abrir los ojos, evaluar el tablero y empezar a jugar su propia partida en silencio.
—¿Hay algún reporte de los sectores norte o sur, Marcos? —le pregunté a mi jefe de seguridad sin detener el paso, mientras atravesaba el recibidor de mármol hacia la planta alta.
—Negativo, jefe —respondió Marcos a través del intercomunicador, con la voz tensa y apesadumbrada—. Los hombres en las terminales aéreas y en las rutas secundarias hacia la frontera no han visto nada. Nadie con su descripción ha cruzado los puntos de control oficiales. Es como si la tierra se la hubiera tragado.
—La tierra no se traga a nadie —gruñí entre dientes, apretando los nudillos con tanta fuerza que las articulaciones se me pusieron blancas—. Sigue buscando. Revisa las cámaras de seguridad privadas de cada maldita cuadra a la redonda. No voy a descansar hasta encontrarla.
Corté la comunicación y empujé con fuerza las puertas dobles de la suite principal.
La oscuridad de la habitación me recibió como un golpe en el estómago. No había luces encendidas, ni el aroma a vainilla que solía impregnar las sábanas, ni el sonido de su respiración tranquila al otro lado de la cama.
Encendí la lámpara de la mesita de noche. El haz de luz cálida iluminó el espacio impecable, demasiado ordenado, un silencio estéril que olía a cenizas y a despedida.
Me acerqué lentamente al borde de la cama. Sobre la almohada donde solía reposar su cabeza, descansaba un objeto solitario que hizo que el aire se evaporara de mis pulmones.
Mi mano tembló ligeramente cuando extendí los dedos para tomarlo.
Era el viejo encendedor de plata que le había regalado en nuestros primeros días de tregua, pero debajo de él había un trozo de papel rasgado, un fragmento chamuscado que conservaba las marcas de una llama reciente. Acerqué el papel a la luz de la lámpara. No había una carta de despedida, ni reproches escritos, ni lágrimas en tinta. Solo una frase escrita con su letra pulcra, elegante y tajante:
“El contrato se quemó. Ya no hay cadenas, Alessandro. Juegas muy bien a las mentiras, pero yo aprendí a volar sin red.”
El papel cayó de mis dedos como si quemara la piel.
Retrocedí un paso, sintiendo que las paredes de la habitación, el imperio que había construido a base de sangre, pólvora y poder, se derrumbaban en un colapso silencioso y absoluto.
Corrí hacia el despacho privado al fondo del pasillo. Introduje el código maestro en el panel digital con una desesperación ciega, abrí la caja fuerte oculta en el panel de madera y arranqué los sobres de los documentos principales.
El original del contrato matrimonial... ya no estaba. En su lugar, un documento falso, redactado con una precisión quirúrgica, me devolvía una mueca de burla legal. Los pasaportes de contingencia, las rutas de escape en el extranjero y los códigos de las cuentas offshore habían desaparecido del compartimento secreto.
Me dejé caer de rodillas frente al escritorio de caoba, con las manos apoyadas sobre la fría superficie de madera, mientras un rugido sordo, un grito ahogado de rabia y desesperación brotaba desde lo más profundo de mis entrañas.
Fui un maldito ciego. Creí que la había domesticado con protección y lujo, creí que las paredes de esta mansión eran un refugio cuando en realidad eran los cimientos de una celda de la que ella planeaba escapar desde el instante exacto en que decidió callar y fingir demencia.
Me levanté despacio, con la mirada oscura inyectada en sangre, mirando hacia el ventanal que daba a la ciudad inmensa y hostil que parpadeaba allá afuera.
—Me equivoqué, osita... —susurré hacia la noche vacía, con una voz que era una mezcla de adoración enfermiza y una amenaza desesperada—. Creí que te había enseñado a sobrevivir a mi lado, pero lo único que hice fue enseñarte a volar lo suficientemente lejos para odiarme.