Un acuerdo con el capo

Capitulo 28

El latido clandestino y el precio de la libertad

Chiara

​El sonido de la lluvia golpeando los cristales empañados de la ventana siempre había sido mi banda sonora favorita para escribir, pero desde hace algunas semanas se ha convertido en el eco constante de mi propia fragilidad.

​Han pasado tres meses. Tres meses desde que crucé por última vez las puertas de esa mansión blindada, dejando atrás las cenizas de un contrato quemado, las mentiras de los pasillos blancos y la sombra imponente de un capo que creyó poder encerrarme en una jaula de oro.

​Tres meses de una tranquilidad extraña, silenciosa y absoluta, vivida bajo el anonimato de una identidad que ya no me pertenece del todo. En este pequeño departamento de alquiler temporal, ubicado en una zona portuaria de una ciudad costera a miles de kilómetros de Caracas, mi vida se reduce a lo esencial. Me corté el cabello, cambié el color de mi piel bajo el sol del exilio, aprendí a caminar sin mirar constantemente por encima del hombro y volví a teclear historias en mi computadora portátil, esta vez firmando con el seudónimo de Reisha en plataformas digitales donde nadie puede rastrear mi rastro financiero gracias a las cuentas offshore que saqué del despacho de Alessandro.

​Sobre el papel, lo logré. Soy una mujer libre. No hay guardias vigilando mis pasos, no hay llamadas cifradas, no hay amenazas de clanes rivales ni la presencia asfixiante de un hombre que me amaba con la misma violencia con la que me destruía.

​Entonces, ¿por qué desde hace exactamente un mes mi cuerpo ha empezado a traicionarme de la manera más cruel?

​Me llevo una mano temblorosa al vientre plano, sintiendo una punzada sorda, un mareo repentino que me obliga a apoyarme contra el marco de la cocina para no perder el equilibrio. Las náuseas matutinas, que al principio achaqué al estrés acumulado de la fuga y a los cambios drásticos de alimentación, se han vuelto implacables. Hay días en que la simple luz del sol me resulta insoportable, y una fatiga profunda, un cansancio que parece arrastrarse desde los huesos, me mantiene atada a las sábanas durante horas.

​Al principio intenté convencerme de que era el precio lógico de la libertad. El cuerpo humano, después de sobrevivir a un secuestro, a un matrimonio con un capo de la mafia y a una huida de película, necesita tiempo para sanar.

​Pero hay otra verdad, una posibilidad biológica tan aterradoras y evidente que me niego a verbalizarla incluso en la intimidad de mis pensamientos, aunque los indicios se acumulan cada día con la precisión de una sentencia inevitable.

​No he pisado un hospital. No puedo hacerlo.

​En el mundo clandestino donde me muevo, acudir a una clínica privada o a un consultorio público para un diagnóstico médico implica dejar una huella digital, un registro de identidad, una firma en un sistema que los tentáculos de la red de inteligencia de Alessandro podrían rastrear en cuestión de horas. Un médico haría preguntas. Un análisis de sangre arrojaría resultados que terminarían en una base de datos centralizada. Y si hay algo que tengo claro es que prefiero desvanecerme en el anonimato antes de correr el riesgo de que el hombre que juró encontrarme reciba una alerta con mi ubicación actual.

​Así que he optado por el silencio. He comprado test de farmacia genéricos pagados en efectivo, he evitado las multitudes y he intentado sobrellevar los síntomas a base de tés amargos y una férrea disciplina mental.

“No estás enferma de gravedad, Chiara. Es solo el desgaste”, me repito frente al espejo del baño, observando mi reflejo bajo la luz parpadeante. El cabello negro y corto enmarcando un rostro demasiado pálido, con ojeras oscuras que ni el corrector más caro puede ocultar por completo.

​Miro el calendario colgado en la pared de la cocina. Los días están tachados con una equis roja hasta llegar a la fecha de hoy: veinticinco de julio de dos026.

​Tres meses exactos desde la noche en que me convertí en un fantasma.

​De pronto, una nueva ola de náuseas me sacude con violencia. Dejo caer la taza de cerámica sobre la mesa —afortunadamente de plástico, evitando que se haga añicos— y corro hacia el baño, apenas con el tiempo suficiente para arrodillarme frente al sanitario y dejar escapar todo lo que había intentado retener en el estómago.

​El sabor amargo en la garganta, el sudor frío perlando mi frente, el temblor incontrolable en las manos.

​Me quedo sentada en el suelo frío del baño, con la espalda apoyada contra la pared de azulejos blancos, respirando hondo mientras intento estabilizar el ritmo desbocado de mi corazón.

​Extiendo una mano y vuelvo a tocar mi vientre. Esta vez, el gesto no es de rechazo ni de miedo; es una mezcla de profunda aprensión y una intuición innegable que me estremece el alma.

​Si las cuentas no me fallan... si el cuerpo guarda la memoria exacta de aquellas últimas semanas febriles en la mansión, de las noches interminables donde el dolor del secuestro se fundió con una entrega insaciable y desesperada en los brazos de Alessandro...

No.

​Cierro los ojos con fuerza, negando con la cabeza en la penumbra del baño, como si rechazar la idea en voz alta pudiera hacerla desaparecer.

​¿Un hijo? ¿De Alessandro Rossi? ¿Del hombre que lidera un imperio de sangre, que mantiene guerras abiertas en los muelles y cuya vida es un blanco constante de ejecuciones y venganzas?

​La ironía es tan dolorosa que casi me dan ganas de reír. Durante meses jugué a ser su igual, su cómplice, su fiera indomable. Huí atravesando fronteras con pasaportes falsos y destruí contratos matrimoniales para no ser la propiedad de nadie, para no convertirme en el punto débil que sus enemigos usarían para doblegarlo.

​Y ahora, resulta que la mayor debilidad, el eslabón más indestructible e imposible de borrar de nuestra historia, podría estar creciendo silenciosamente dentro de mí.




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