Alessandro
El humo del cigarro se eleva lánguido hacia los artesonados de madera noble del despacho, disolviéndose en la penumbra como un fantasma que se niega a encontrar descanso. Han pasado tres meses desde aquella madrugada en que abrí la caja fuerte y encontré un trozo de papel chamuscado en lugar de la certeza de su presencia. Noventa días de un invierno personal que no entiende de estaciones, un tiempo medido no por el calendario de los negocios portuarios ni por las treguas firmadas con los Cárdenas, sino por los latidos huecos que resuenan en las paredes de esta maldita mansión.
Afuera, la ciudad de Caracas se agita con su caos habitual, un hervidero de motores, sirenas y disparos lejanos que para mí han perdido toda nitidez. Se han vuelto el ruido blanco de un fondo irrelevante. Mi mundo, el vasto imperio de los bajos fondos que construí a base de sangre, pólvora y silencios calculados, se ha reducido a un perímetro exacto: la distancia entre el borde de la cama vacía y el umbral de esta puerta.
—Los reportes de la terminal de contenedores en el puerto de Cartagena llegaron hace una hora, jefe —la voz de Marcos interrumpió el silencio denso del despacho, sonando cautelosa, casi temerosa de cruzar la línea de mi paciencia—. No hay registros de ingresos con los alias que utilizamos para rastrear sus pasaportes secundarios. Los informantes en Centroamérica tampoco tienen rastro de ella. Es como si...
—Como si se la hubiera tragado la tierra. Sí, Marcos, ya me lo dijiste hace dos meses, y hace un mes, y ayer por la tarde —le corté con una voz tan baja, tan helada y carente de inflexión que el propio Marcos contuvo el aliento al otro lado del escritorio—. Un fantasma no alquila departamentos, no mueve capitales a través de cuentas offshore ni quema un contrato original con un encendedor de plata. Tiene un método. Está cometiendo errores o está siendo demasiado precisa. Encuentra el fallo.
—Estamos exprimiendo a los contactos en Europa del Este, Alessandro. Pero si ella decidió desaparecer de verdad... sabe exactamente qué puertas cerrar —respondió Marcos con la prudencia de un veterano que conoce la tormenta que ruge detrás de mi aparente calma.
—Búscala —fue mi única orden antes de levantar la mano para despedirlo con un gesto seco.
Cuando la puerta del despacho se cerró con un chasquido sordo, me quedé a solas nuevamente con mis demonios.
Durante las primeras semanas tras su fuga, la rabia ciega fue mi motor principal. Quise quemar el mundo, rastrillar cada kilómetro cuadrado del continente, romperle las costillas a cualquiera que se cruzara en mi camino y recordarle a todos los clanes por qué mi nombre seguía infundiendo terror en los muelles. Creí que su huida era una traición imperdonable, el acto de insolencia definitivo de una mujer a la que le había dado el poder de caminar a mi lado como mi igual.
Pero a medida que los días se acumularon en el calendario, transformándose en semanas y luego en estos malditos tres meses, la rabia primaria se fue pudriendo hasta convertirse en algo mucho más oscuro, denso e insoportable: una obsesión febril que me carcome las entrañas.
Cada rincón de esta mansión huele a su ausencia. El baño principal todavía conserva el rastro tenue de su perfume a vainilla; las sábanas de la cama principal se mantienen intactas en el lado donde ella solía enredar sus piernas; y en el estudio, sobre el escritorio, guardo como un recordatorio masoquista el cenicero donde quedaron los restos del papel chamuscado que me dejó como único epitafio.
“El contrato se quemó. Ya no hay cadenas, Alessandro. Juegas muy bien a las mentiras, pero yo aprendí a volar sin red.”
Cada vez que leo esas palabras en mi memoria, una carcajada amarga se me escapa por la garganta. Qué ciego fui. Creí que la había domesticado con lujo y protección, que al arrancarla de la oscuridad de su vida anterior le había dado un reino del que nunca querría marchar en libertad. No entendí que la osita indomable que se atrevió a desafiarme en el almacén de los Moretti no buscaba una jaula de oro, por más amplias que fueran sus rejas. Buscaba el cielo abierto. Y cuando descubrió la sombra de Valeria Cárdenas en los pasillos asépticos del hospital —cuando creyó que mi mundo seguía atado a las sucias dinámicas de la aristocracia de la mafia—, prefirió quemar el puente antes que compartir el trono con una mentira.
Pero lo que ella no entiende, lo que tal vez ni siquiera en su exilio clandestino alcanza a calcular, es que un hombre como yo no sabe soltar lo que ha marcado con sangre.
Me levanto pesadamente de la silla de cuero, sintiendo el peso de los años, de las cicatrices y de las batallas libradas sobre mis hombros. Camino hacia el ventanal que da al jardín delantero, apoyando una mano contra el cristal frío mientras observo la llovizna caer sobre las estatuas de mármol.
La verdad es que no la busco solo para reclamar lo que es mío, ni para cobrarle la insolencia de haberme robado los códigos de escape y el contrato original. Hay algo más en mi interior, una punzada sorda y constante en el pecho que se intensifica con cada noche de insomnio. Un instinto visceral, animal, que me dice que ella está sufriendo allá afuera, en algún rincón olvidado del mundo.
La conozco. Conozco la forma en que mordía su labio inferior cuando estaba nerviosa, la rigidez fingida con la que intentaba ocultar su miedo, el orgullo terca que la empujaba a callar incluso cuando su cuerpo o su mente estaban al límite. Si lleva tres meses huyendo sin descanso, racionando recursos, escondiéndose de mi sombra y cargando con el peso emocional de haberme abandonado, sé perfectamente que su resistencia física y mental debe estar pendiendo de un hilo muy delgado.
“¿Dónde estás, osita?”, murmuro para mis adentros, exhalando un suspiro denso que empaña ligeramente el cristal de la ventana.