Un acuerdo con el capo

Capitulo 30

La trampa de los brazos abiertos y las lágrimas del lobo

Chiara

​El aire de la madrugada en la costa olía a salitre, a humedad y a ese peligro sordo que llevaba tres meses aprendiendo a descifrar en cada rincón de mi exilio. Había decidido caminar hacia la farmacia de guardia a dos calles del departamento para conseguir un analgésico más fuerte; las náuseas de la mañana se habían convertido en un mareo constante que me nublaba la vista, y el peso de la incertidumbre sobre mi salud —y sobre la vida que latía, terca y clandestina, dentro de mí— me estaba empujando al límite de mis fuerzas.

​Llevaba la capucha de mi sudadera negra calada hasta la frente, con las manos hundidas en los bolsillos, vigilando cada reflejo en los escaparates cerrados. En este punto, la paranoia ya formaba parte de mi ADN. Sabía que los hombres de Alessandro no se detendrían jamás, que el mundo que dejé atrás estaba construido sobre redes de inteligencia capaces de rastrear hasta el parpadeo de una estrella. Pero me repetía que aún tenía margen, que un par de días más y podría asegurar un pasaje hacia el sur, lejos de sus garras.

​Fue un error de cálculo de una fracción de segundo.

​Un vehículo negro, de cristales polarizados y sin placas visibles, dobló la esquina a toda velocidad sin encender las luces y frenó en seco justo a mi lado, bloqueando la acera.

​Mi instinto de fuga se disparó antes que el pensamiento. Di media vuelta con la intención de correr hacia el callejón oscuro, pero la puerta trasera del auto se abrió de golpe y dos manos grandes, expertas y brutalmente firmes me envolvieron por la cintura, levantándome del suelo con una facilidad pasmosa.

​—¡Suéltenme! ¡Déjenme en paz! —grité, pataleando con todas mis fuerzas, lanzando los codos hacia atrás y mordiendo la mano del hombre que me sujetaba.

​—Tranquila, osita... respira, ya estás a salvo —murmuró una voz profunda, ronca, que hizo que cada célula de mi cuerpo se congelara al instante.

​No era un matón de los Cárdenas. No era un mercenario contratado por los enemigos de la mafia.

​Era él.

​La fuerza me abandonó de golpe en las extremidades. Me empujaron con una suavidad extraña al interior del vehículo, cuyas puertas se cerraron de inmediato, sellando el habitáculo en una penumbra opresiva. El auto arrancó con un derrape seco, incorporándose a la carretera en dirección a una pista privada o un muelle clandestino.

​Me encogí en el rincón del asiento trasero, con el corazón golpeándome las costillas como un martillo desbocado y la respiración agitada, preparándome para el estallido de furia. Sabía lo que significaba ser capturada por un capo de la mafia que llevaba noventa días buscando a la mujer que lo traicionó, quemó su contrato y se burló de su seguridad. Esperaba gritos, reproches, amenazas de muerte, el peso implacable de su dominio absoluto sobre mi cuerpo y mi destino.

​Pero la persona que estaba sentada frente a mí, en la penumbra del asiento trasero, no parecía el monstruo despiadado que gobernaba los muelles de Italia.

​Alessandro vestía una camisa negra de cuello abierto, con las mangas arremangadas dejando al descubierto los antebrazos marcados por cicatrices y venas tensas. No llevaba saco, ni corbata, ni la armadura impecable con la que solía intimidar al mundo en los consejos directivos. Tenía el cabello ligeramente revuelto, las ojeras marcadas por semanas de insomnio absoluto y una palidez inusual en el rostro.

​Estaba inmóvil, mirándome fijamente.

​Y entonces, vi algo que desafiaba todas las leyes de la física, de la lógica y de la historia criminal de los Rossi: un par de lágrimas silenciosas rompieron la comisura de sus ojos oscuros y comenzaron a deslizarse lentamente por sus mejillas.

​—Alessandro... —logré articular en un susurro tembloroso, con la garganta completamente seca, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.

​Él no dijo nada al principio. Abrió los labios ligeramente, como si intentara atrapar el aire que se le escapaba de los pulmones, y extendió una mano grande, temblorosa, con los dedos abiertos hacia mí, deteniéndose a mitad del camino, a centímetros de mi rostro, como si temiera que si me tocaba fuera a desvanecerse como un espejismo.

​—Tres meses... —su voz sonó rota, quebrada por un dolor tan visceral y profundo que me atravesó el alma como una cuchilla oxidada—. Tres malditos meses buscando un fantasma en el océano, Chiara... Y te encuentro caminando sola en una calle de mala muerte, pálida, temblando, escondiéndote de mí como si fuera un monstruo que quería destruirte.

​—¡Me encerraste! —grité de repente, rompiendo el hechizo del terror con una chispa de rabia defensiva, encogiéndome contra la puerta del auto—. ¡Creías que podías tener una esposa decorativa en tu mansión mientras jugabas a los tronos con Valeria Cárdenas y los altos mandos de la mafia! ¡Te burlaste de mí en ese hospital, Alessandro! Vi la forma en que te miraba, vi el contrato, vi la mentira... ¡Tenía que irme! ¡Tenía que ser libre!

​Él cerró los ojos con fuerza ante mis palabras, y un sollozo ahogado, un sonido áspero y doloroso que jamás le había escuchado emitir a nadie, brotó de su garganta. Dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando las manos sobre sus propias rodillas mientras su cuerpo entero se estremecía con un temblor incontrolable.

​—No era una mentira para ti... Valeria era una farsa de negocios, un tratado de papel que me importaba una mierda al lado de lo que significabas para mí —respondió con la voz ahogada en llanto, levantando la vista para clavarme unos ojos anegados de lágrimas, rojos, inyectados en una desesperación que me dejó sin palabras—. Cuando encontré ese maldito papel chamuscado en la cama... cuando vi que te habías llevado los pasaportes y los códigos... Juro que sentí que me arrancaban el corazón del pecho, Chiara. Pensé que te habías querido marchar para siempre, que mi amor te asustaba tanto como mi violencia.




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