Un acuerdo con el capo

Capitulo 31

El bautismo del heredero de la ceniza

Alessandro

​El olor a cuero viejo, a café amargo y al perfume familiar de vainilla que había permanecido grabado a fuego en mis pulmones durante tres malditos meses llenaba el habitáculo blindado del vehículo. Las llantas traseras despidieron un chirrido seco al enfilar la carretera privada que serpenteaba hacia la costa, dejando atrás el puerto secundario donde la había interceptado hacía apenas unas horas.

​Llevaba las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se me habían vuelto de un blanco translúcido. Podía sentir el pulso desbocado retumbándome en las sienes, un ritmo caótico, salvaje y primitivo que competía con el zumbido constante del motor. Mi mente, acostumbrada a calcular cada movimiento en el tablero de los muelles, a anticipar emboscadas, a pesar el valor de la sangre y el precio de las traiciones, se había reducido a una sola coordenada, a una sola verdad absoluta: la mujer que me había abandonado, la fugitiva que había quemado nuestro contrato y se había burlado de mi red de inteligencia, estaba sentada a pocos centímetros de mí, con la cabeza recostada contra el respaldo del asiento, respirando con una lentitud que me anclaba a la tierra.

​Y no venía sola.

​Miré de reojo hacia el asiento del pasajero. La luz tenue del tablero iluminaba su perfil: las ojeras marcadas por noventa días de hambre y miedo, el cabello corto y desfilado de color azabache que le daba un aire de fiereza indomable, y las manos, delgadas y frágiles, cruzadas instintivamente sobre su vientre plano.

​Un hijo. Un heredero de la sangre de los Rossi y de la resistencia terca de mi osita.

​Las palabras que me había soltado en la penumbra del auto anterior seguían rebotando en mi cabeza como disparos en una habitación cerrada: “Estoy embarazada, Alessandro. Vas a ser padre.”

​En ese instante, todo lo que creía saber sobre mi imperio, sobre el poder, sobre el castigo y la lealtad se había derrumbado como un castillo de naipes. Toda la furia acumulada durante tres meses de insomnio, los planes de cacería internacional, la rabia fría con la que había estado dispuesto a quemar el continente entero solo para arrastrarla de vuelta a la mansión, se evaporaron en un segundo, sustituidos por un terror tan puro, tan denso y devastador que me había hecho perder el control de mis propias lágrimas frente a ella.

​Yo, Alessandro Rossi, el hombre que no titubeaba al estampar una firma sobre sentencias de muerte ni al limpiar los muelles de enemigos, había llorado como un crío asustado al enterarme de que iba a ser padre.

​—¿A dónde vamos, Alessandro? —su voz rompió el silencio denso del auto, sonando cansada, cargada de esa desconfianza latente que ni el llanto ni el abrazo en la limusina habían logrado borrar por completo de sus ojos.

​Giró la cabeza hacia mí con lentitud, evaluando cada uno de mis gestos, buscando en mi rostro la sombra del tirano que la había mantenido cautiva o del capo frío que jugaba a la alta sociedad con Valeria Cárdenas.

​Aflojé ligeramente la presión sobre el volante, exhalando un suspiro denso que empañó el aire acondicionado.

​—No vamos a la mansión del este —respondí con una voz ronca, profunda, que intentaba contener la tormenta de emociones que amenazaba con volver a desbordarse—. Al menos, no todavía. Esa casa tiene demasiados fantasmas, demasiados recuerdos de la mentira que creíste que era nuestra vida y de la noche en que me dejaste el alma en un cenicero.

​Ella frunció el ceño, cruzándose de brazos con un gesto defensivo que me dolió más que una bofetada.

​—¿Entonces a dónde? Si pretendes encerrarme en otra de tus jaulas blindadas, más vale que lo sepas ahora, Alessandro: prefiero lanzarme de este auto en marcha antes que volver a ser la prisionera de nadie.

​—No eres una prisionera, Chiara. Y deja de amenazar con romperte los huesos, maldita sea, que ahora llevas algo más valioso que tu propia vida —le receté con un tono de regaño áspero, aunque incapaz de levantar la voz de verdad—. Vamos a la hacienda de la colina alta. La propiedad que mandé remodelar en secreto el año pasado, la que está completamente aislada de los rutas de los clanes, con su propio perímetro de seguridad y un ala médica equipada con lo mejor que el dinero puede comprar. Nadie sabe que existe, ni los Cárdenas, ni los informantes de los viejos clanes. Ahí estaremos solo nosotros.

​Ella se quedó en silencio, procesando la información, analizando la viabilidad de mis palabras. Podía ver en sus ojos el engranaje de su mente trabajando a mil por hora, calculando distancias, salidas de emergencia, el nivel de amenaza. Era una escritora, una estratega nata que había aprendido a sobrevivir en el fango de los bajos fondos con la misma facilidad con la que inventaba universos en sus novelas.

​—¿Y los Cárdenas? —preguntó de repente, con un dejo de burla amarga en la comisura de los labios—. ¿Qué pasará con tu preciosa alianza corporativa, con Valeria y su papel de prometida ejemplar en las galas de la alta sociedad? ¿Cómo le vas a explicar a la aristocracia de la mafia que el implacable capo de los Rossi abandonó el tablero por un fantasma del pasado y un hijo en camino?

​El nombre de Valeria sonó en el habitáculo como una chispa cerca de un charco de gasolina.

​Apreté los dientes con tanta fuerza que la mandíbula me crujió. Durante estos tres meses, la presencia de Valeria había sido una carga insoportable, una farsa institucional que toleraba únicamente porque sus contactos portuarios eran necesarios para estrangular económicamente a los remanentes de los Moretti. Pero ahora, con Chiara de vuelta en mi asiento y la certeza de su embarazo latiendo a pocos centímetros de mí, la alianza con los Cárdenas me importaba exactamente una mierda.

​—Valeria puede irse al infierno con todo y su padre —le solté sin vacilar, mirándola fijamente a los ojos durante un segundo antes de volver la vista al camino—. La alianza con los Cárdenas era un contrato comercial, Chiara. Un tratado de papel y barcos. Ninguno de ellos significa nada para mí. El día que decidiste quemar nuestro contrato matrimonial, quemaste también cualquier otra opción de vida que tuviera sobre la mesa. A partir de hoy, lo único que existe para mí eres tú, este hijo que llevas dentro, y la guerra que tenga que librar para mantenerlos a salvo del mundo entero.




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