Un acuerdo con el capo

Capitulo 32

El refugio de piedra y el peso de la tregua

Chiara

​El aire en la hacienda de la colina alta no olía a pólvora ni a la humedad salobre del puerto clandestino donde creí haber encontrado mi tumba temporal; olía a eucalipto húmedo, a madera noble y al silencio pesado de una montaña que parecía haberse olvidado de que el mundo seguía ardiendo allá abajo.

​Cuando Alessandro me ayudó a descender del vehículo, mis piernas temblaban no solo por el cansancio acumulado de noventa días de huida, racionamiento y un insomnio crónico que me había consumido por dentro, sino por la vertiginosa sensación de haber cruzado una frontera invisible. Ya no era la fugitiva que corría con lo puesto bajo la llovizna; ahora era la prisionera voluntaria de un hombre que había cambiado las amenazas por un temblor en las manos y las órdenes de ejecución por lágrimas de alivio.

​—Te tengo —murmuró él con esa voz baja, casi reverente, mientras pasaba un brazo firme por mi cintura para sostener mi peso mientras subíamos los escalones de piedra hacia la entrada principal.

​No me aparté. Por primera vez en meses, el calor de su cuerpo no se sentía como una celda, sino como el único ancla disponible en medio de un mar revuelto.

​El interior de la hacienda contrastaba con la fría opulencia de la mansión del este. Aquí no había mármoles blancos ni cristales estériles diseñados para intimidar a los socios de la mafia; los techos abovedados de roble oscuro, las paredes de piedra vista y las alfombras gruesas le otorgaban un aire de fortaleza medieval, un santuario aislado del caos. Sin embargo, en el fondo de mi mente, la voz de la escritora analítica que había aprendido a desconfiar de todo seguía dictando notas mentales: una jaula de piedra sigue siendo una jaula, por muy hermosos que sean sus tapices.

​—El equipo médico ya está instalado en el ala oeste —dijo Alessandro, deteniéndose en el recibidor mientras las pesadas puertas de madera se cerraban a nuestras espaldas con un chasquido sordo—. Traje a la doctora Morelli. Es de absoluta confianza, una cirujana que le debe la vida a mi padre y que no tiene vínculos con los clanes activos. Ella se encargará de hacerte los análisis completos, de verificar cómo estás y... de confirmar todo lo demás.

​Giró la cabeza para mirarme, y en sus ojos oscuros vi destellar una mezcla extraña de orgullo posesivo y un terror infantil, como si temiera que, con solo parpadear, el bulto que llevaba en mi vientre fuera a desaparecer como un espejismo.

​—No necesito que me examinen como si fuera una pieza de porcelana a punto de romperse, Alessandro —repliqué con un atisbo de mi habitual mordacidad, intentando recuperar el control de mi propio terreno—. Puedo caminar sola. Y puedo respirar sin que un batallón de médicos me vigile la presión arterial.

​Él esbozó una sonrisa cansada, una línea torcida en los labios que no llegó a calmar del todo la tensión de su mandíbula.

​—Vas a dejar que te examinen porque te lo ruego, osita —respondió sin alterarse, tomándome del mentón con una delicadeza desconcertante para un hombre acostumbrado a romper cuellos—. Llevas un mes sufriendo náuseas crónicas, estás pálida como un papel y has estado corriendo por tu vida. Si no lo haces por ti, hazlo por el pequeño terrorista que te está devorando las energías desde adentro.

​El término pequeño terrorista me arrancó una exhalación que estuvo a punto de convertirse en risa.

​—Odio que tengas razón —murmuré, bajando la mirada hacia mis propias manos.

​—Anótalo en una libreta. Es la primera vez en la historia que ocurre, y dudo mucho que se repita —bromeó él con un dejo de ironía, antes de guiarme hacia un pasillo lateral iluminado por apliques de hierro forjado.

​El dormitorio principal era una habitación vasta, dominada por una cama de madera tallada con sábanas de lino crudo y un ventanal gigantesco que ofrecía una vista panorámica de la cordillera cubierta de neblina. No había cámaras visibles, pero sabía que cada acceso del perímetro estaba blindado con sistemas de seguridad biométrica y patrullas armadas invisibles para el ojo común.

​Me senté en la orilla de la cama, sintiendo cómo el colchón se hundía bajo el peso de Alessandro cuando se hincó frente a mí, arrodillándose sobre la alfombra para quitarme con torpeza los zapatos y masajear mis tobillos hinchados con una ternura que me descolocaba por completo.

​—Descansa aquí un momento —dijo en un susurro, besando con suavidad el dorso de mi mano antes de ponerse de pie—. Voy a ordenar que te suban algo caliente de comer y haré que la doctora Morelli suba discretamente. No te moverás de esta habitación hasta que esté seguro de que estás a salvo.

​Cuando la puerta se cerró tras él, me quedé a solas con el eco de sus pasos perdiéndose en el pasillo.

​Me recosté contra las almohadas, cerrando los ojos. El silencio de la montaña era denso, casi palpable, pero en mi interior las piezas de mi ajedrez personal no dejaban de moverse.

​Tres meses atrás, había quemado el contrato matrimonial porque creí que el amor en el mundo de Alessandro siempre vendría acompañado de una cadena en el cuello. Había apostado todo al anonimato, a la soledad de un departamento portuario y a la libertad de escribir bajo un seudónimo, convencida de que valía la pena pasar hambre con tal de no ser la propiedad de un capo.

​¿Y ahora?

​Ahora estaba aquí, en una fortaleza de piedra en la cima de una colina, esperando a que una doctora de la mafia examinara al hijo del hombre al que había intentado destruir y amar al mismo tiempo. La ironía era tan grande que casi resultaba poética. No había ganado mi independencia absoluta; me había entregado al centro de la tormenta, pero esta vez lo había hecho bajo mis propias condiciones, con una tregua firmada no con tinta sobre un papel notarial, sino con las lágrimas de un hombre que había renunciado a su orgullo en la parte trasera de una limusina.




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