Un acuerdo con el capo

Capitulo 33

La tregua del fuego sagrado

Alessandro

​El eco de las botas de Marcos resonó contra las losas de piedra del patio interior de la hacienda alta, interrumpiendo el silencio espeso que la montaña parecía haber impuesto sobre nosotros. Me encontraba de pie en el corredor exterior, con una taza de café amargo en una mano y la mirada fija en el horizonte donde la bruma matutina comenzaba a disiparse bajo los primeros rayos del sol de julio.

​Han pasado dos semanas desde la noche en que la traje de vuelta. Dos semanas en las que la hacienda ha dejado de ser una simple fortaleza militar para convertirse en el epicentro de un mundo nuevo, un universo frágil y blindado donde las reglas de la mafia ya no dictan el ritmo de cada latido.

​—Los reportes de la costa norte están limpios, jefe —comenzó diciendo Marcos, deteniéndose a un par de pasos de distancia con la libreta de cifrados bajo el brazo y la prudencia de un hombre que sabe leer el nuevo mapa de prioridades—. Los Cárdenas enviaron otro comunicado formal preguntando por la fecha de la gala benéfica de la próxima semana. Valeria insiste en que su presencia es indispensable para mantener las apariencias de la fusión portuaria frente a la junta directiva.

​Le di un sorbo lento al café, sintiendo el ardor amargo en la garganta antes de volvírme lentamente hacia él. Mi expresión era un bloque de hielo, una muralla impenetrable que hizo que Marcos tragara saliva con cautela.

​—Dile a Valeria que mi agenda personal está cerrada por tiempo indefinido —respondí con una voz baja, letal y absolutamente calmada—. Y si su padre insiste en presionar con los plazos de la fusión, recuérdale quién controla los accesos a los muelles principales y qué pasó con los últimos competidores que intentaron desafiar nuestra autonomía. La farsa con los Cárdenas terminó el día que Chiara cruzó estas puertas. No voy a volver a dejarme ver en público con esa mujer.

​Marcos asintió con la cabeza, sin atreverse a cuestionar una sola de mis palabras, aunque conocía perfectamente el riesgo político que implicaba despreciar de esta manera a nuestros socios estratégicos. En el tablero tradicional de los bajos fondos, romper con los Cárdenas equivalía a declarar una guerra fría en la alta sociedad financiera. Pero en mi cabeza, la geopolítica de los muelles había perdido toda relevancia frente a lo que ocurría a pocos metros de aquí, al otro lado de la puerta de madera de roble de la habitación principal.

​—¿Y los rastros de los hombres de los Moretti en la zona limítrofe? —le pregunté, clavando los ojos en los suyos.

​—Totalmente neutralizados, Alessandro. Nadie se va a acercar a esta colina. Mis hombres tienen órdenes estrictas: cualquier sombra sospechosa en un radio de diez kilómetros será eliminada antes de que toque el perímetro.

​—Bien. Haz que redoblen la guardia en el sector oeste. No quiero sorpresas.

​—Entendido, jefe.

​Marcos dio media vuelta y se retiró con paso firme, dejándome nuevamente solo con el zumbido de la montaña y el peso de mis propios pensamientos.

​Me giré y caminé de regreso hacia el interior de la hacienda, cruzando el corredor de piedra hasta llegar al umbral de nuestra habitación. La puerta estaba entreabierta. Me detuve un instante, conteniendo el aliento, para observar la escena que se desplegaba al otro lado.

​Chiara estaba sentada en el amplio alféizar de la ventana que daba hacia los jardines traseros, con una manta de lana gris sobre las piernas y la computadora portátil apoyada en las rodillas. Llevaba una de mis camisas de algodón blanco —demasiado grande para su delgada figura, con las mangas dobladas sobre las muñecas— y el cabello corto y oscuro caía de forma desordenada sobre su frente mientras tecleaba con una concentración feroz, con el ceño ligeramente fruncido y el labio inferior atrapado entre los dientes.

​La luz de la mañana iluminaba su perfil con una suavidad dorada, borrando las sombras y el rastro demacrado que había arrastrado durante los tres meses de su exilio clandestino. Aunque la doctora Morelli había sido clara al exigir reposo estricto y una dieta rigurosa para recuperar las calorías y la fuerza perdidas, el fuego en su interior seguía siendo exactamente el mismo: indomable, creativo, obstinadamente libre.

​Me quedé allí, apoyado contra el marco de la puerta, disfrutando de ese privilegio absoluto que creí haber perdido para siempre: verla viva, respirando bajo mi mismo techo, escribiendo sus historias mientras llevaba en su vientre el fruto de nuestra tormenta.

​Notó mi presencia de inmediato —los instintos de una fugitiva nunca se adormecen por completo— y levantó la vista de la pantalla, clavando sus grandes ojos oscuros directamente en los míos.

​—¿Cuánto tiempo llevas ahí parado como un fantasma espiándome? —preguntó con un tono de falsa severidad, aunque la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa pequeña, perezosa e inconfundible.

​—Lo suficiente para comprobar que sigues aquí y que no eres un producto de mi imaginación tras otra noche sin dormir —respondí con una voz ronca, despegándome del marco y caminando lentamente hacia ella.

​Me hincué frente al alféizar de la ventana, apoyando las manos sobre sus rodillas, por encima de la manta y de la tela de la camisa. Mis dedos buscaron instintivamente el contorno de su vientre, plano todavía pero albergando esa vida minúscula y terca que había cambiado las coordenadas de mi existencia.

​Ella dejó escapar un suspiro suave, cerró la laptop con un movimiento rápido y la colocó sobre la mesita de noche, antes de inclinar el rostro para acariciar con la yema de sus dedos mi mejilla y la línea de mi mandíbula.

​—Sigo aquí, Alessandro —susurró con una ternura que me desarmaba por completo—. Aunque a veces todavía me cuesta creer que no estoy soñando.

​—No es un sueño —le aseguré, tomando su mano y besando con devoción la palma abierta, sintiendo el calor de su piel contra mis labios—. Estás aquí, en mi casa, protegida de cualquier sombra. Y nadie va a volver a arrancarte de mi lado.




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