Chiara
Hay una extraña paradoja en la paz de las montañas. En la ciudad, el peligro tiene un sonido reconocible: el frenazo abrupto de un motor en la madrugada, el chasquido metálico de un cerrojo en los muelles, el rumor constante de las sirenas filtrándose a través de los cristales rotos. Aquí arriba, en la hacienda de la colina alta, el peligro es un silencio espeso, una quietud verde y silenciosa que a veces te hace olvidar que el mundo exterior sigue girando sobre un eje de pólvora y deudas de sangre.
Han pasado tres semanas desde la noche en que Alessandro me interceptó en aquella callejona costera y me devoró con sus lágrimas en la parte trasera de un auto blindado. Tres semanas desde que cruzamos las puertas de hierro forjado de este búnker de piedra para convertirlo, contra todo pronóstico, en nuestro hogar.
Me encuentro sentada en el banco de madera oscura ubicado en el patio interior, bajo la sombra de un limonero viejo cuyas ramas cargadas de frutos rozan el muro de contención. Tengo una libreta de notas abierta sobre las piernas y un bolígrafo gastado entre los dedos, pero desde hace más de una hora no he escrito una sola línea. Las palabras, que durante mis años como escritora y mis meses de exilio acudían a mi mente como una jauría desbocada dispuesta a salvarme de la realidad, hoy parecen escurrirse entre mis manos como arena seca.
No porque falte inspiración, sino porque mi propia vida se ha vuelto una novela de ficción tan densa, compleja y peligrosa que cualquier trama que invente a su lado parece un juego de niños.
Me llevo una mano al vientre, por debajo del suéter holgado de lana cruda. La silueta de mi cuerpo empieza a cambiar sutilmente, un milagro biológico y clandestino que desafía el caos que nos rodea. La doctora Morelli vino ayer a su revisión semanal y confirmó lo que ya intuía: el pequeño terrorista —como Alessandro insiste en llamarlo en la intimidad de nuestras conversaciones— está creciendo con fuerza, adaptándose al pulso de una madre que ha decidido dejar de huir para aprender a plantar cara.
—Si sigues frunciendo el ceño de esa manera, vas a terminar grabándole arrugas permanentes en la frente al niño antes de que nazca.
La voz profunda de Alessandro interrumpe mis pensamientos. Levanto la vista y lo veo avanzar por el sendero empedrado del patio. Lleva la camisa negra con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto la firmeza de sus antebrazos y las cicatrices que cuentan la historia de un imperio construido a base de golpes. No lleva el saco de los negocios ni la corbata rígida que exigía el protocolo de los Cárdenas; en su lugar, hay una relajación áspera y masculina en sus movimientos, un aire de dueño absoluto de este territorio que, sin embargo, se desvanece por completo en el instante en que sus ojos negros se posan sobre mí.
Se detiene frente al banco, se agacha con una lentitud calculada y apoya una palma abierta, grande y cálida, directamente sobre la tela de mi suéter, abarcando mi vientre.
—¿Cómo estás hoy, osita? —pregunta en un susurro ronco, casi reverente, mientras inclina la cabeza para besar con suavidad mis labios—. ¿El desayuno de esta mañana te sentó bien o la cocinera volvió a equivocarse con las infusiones?
Dejo escapar una exhalación divertida, cerrando la libreta con la otra mano.
—La infusión estaba perfecta, Alessandro. Y no estoy hecha de cristal, deja de interrogarme como si fuera una paciente terminal en observación —le receto con una falsa severidad, aunque no puedo evitar inclinarme hacia su tacto, disfrutando del calor que emana de su palma—. Estaba pensando.
Él arquea una ceja oscura, con esa media sonrisa arrogante y fascinada que siempre me desarma.
—¿Ah, sí? ¿En qué clase de revuelta literaria o plan de fuga estratégico está trabajando tu cabeza ahora mismo? Porque te advierto que las rutas de escape hacia la frontera están cerradas por decreto imperial.
—No planeo huir, idiota —le respondo rodando los ojos, aunque una sonrisa se escapa de mis labios—. Estaba pensando en lo absurdo que es todo esto. Hace cuatro meses yo era una escritora atrapada en una red de mentiras, firmando un contrato matrimonial por desesperación y odiándote con cada fibra de mi ser. Y hoy... hoy estoy aquí, sentada en una fortaleza de piedra en la cima de una montaña, embarazada del capo de la mafia que se supone debía mantenerme encerrada. Si escribiera esto en una plataforma web, los lectores dirían que la trama es demasiado inverosímil.
Alessandro suelta una carcajada corta, profunda y vibrante que retumba en su pecho y vibra contra mi vientre. Se endereza ligeramente, toma una silla de hierro forjado cercana y la arrastra para sentarse justo frente a mí, atrapando mis manos entre las suyas con una posesividad tierna.
—La realidad siempre supera a la ficción, osita —dice con una seriedad repentina, acariciando con el pulgar el dorso de mis nudillos—. Y no estabas atrapada en una mentira; estabas en el proceso de descubrir a qué bando pertenecías. En cuanto a lo inverosímil... bueno, supongo que a los lectores les encantaría saber que el implacable Alessandro Rossi lloró como un crío en la parte trasera de una limusina al enterarse de que iba a ser padre.
—Eso se queda entre nosotros —le advierto entrecerrando los ojos con una amenaza juguetona—. Si esa escena se filtra a la prensa o a los anales de la mafia, mi reputación como protagonista indomable se vendrá abajo.
—Tu reputación está a salvo, juro que ningún miembro del clan sobrevivirá para contarlo —bromea él con una sequedad letal que sé que va medio en serio.
Nos quedamos en silencio unos segundos, permitiendo que la brisa de la tarde agite las hojas del limonero. Es un silencio cómodo, un espacio de tregua donde las sombras del pasado —los almacenes de los Moretti, los pasillos asépticos del hospital, los días de frío y soledad en el puerto clandestino— parecen pertenecer a la vida de otras personas.