Un acuerdo con el capo

Capitulo 35

El juicio de la ceniza y la corona de los vivos

Alessandro

​El sonido de la lluvia golpeando los cristales blindados del despacho de la hacienda alta tenía una cadencia diferente a la de los meses anteriores; ya no sonaba como un recordatorio del invierno o de la soledad, sino como el telón de fondo de un mundo que habíamos logrado ordenar a nuestra medida.

​Me encontraba de pie frente al ventanal principal, con una copa de bourbon escocés en la mano y la mirada perdida en las luces lejanas de la carretera que serpenteaba hacia el valle. Abajo, en el perímetro exterior, las patrullas de Marcos realizaban sus rondas rutinarias, pero la tensión en el aire ya no era la de un búnker militar en estado de sitio. Era la quietud pesada, casi solemne, de un territorio que finalmente había reconocido a su único dueño.

​Las piezas del tablero definitivo se habían movido la semana pasada. La junta directiva de los Cárdenas, tras sopesar los riesgos de una guerra abierta contra los muelles de los Rossi y comprobar que mis intereses ya no pasaban por la diplomacia de salón, había optado por la rendición financiera. Valeria se había marchado a Europa bajo un perfil bajo, exiliada por su propio padre en un intento desesperado por salvar los restos de su imperio corporativo. Los remanentes de los Moretti, reducidos a sombras hambrientas en los callejones del sur, habían sido disueltos de forma definitiva en una sola noche de operaciones quirúrgicas que no dejaron rastro ni testigos.

​El imperio estaba seguro. Los muelles eran nuestros. La guerra había terminado.

​Pero ninguna victoria en los bajos fondos, por absoluta que fuera, se comparaba con la batalla silenciosa que se libraba al otro lado de la puerta de este despacho.

​Dejé la copa de bourbon sobre la superficie de caoba sin probarla y caminé con pasos lentos hacia el dormitorio principal. La puerta estaba entornada, dejando escapar un haz de luz cálida y el murmullo suave de una melodía clásica que Chiara solía poner para calmar al bebé.

​Empujé la puerta con suavidad y me detuve en el umbral.

​El espectáculo que se desplegó ante mis ojos hizo que el pulso se me detuviera un instante en el pecho. Chiara estaba sentada en una mecedora de madera tapizada en terciopelo oscuro, ubicada junto al ventanal que abarcaba toda la cordillera. Llevaba un vestido largo de lino blanco, holgado y fluido, y el cabello oscuro, que había comenzado a dejarse crecer de nuevo desde los días de su fuga, caía en ondas suaves sobre sus hombros.

​Su vientre era ahora una curva hermosa, innegable y redonda, el testimonio vivo de los nueve meses de una tregua que habíamos arrancado a golpe de sangre y lágrimas.

​Estaba recostada contra el respaldo, con los ojos cerrados y una sonrisa serena, casi imperceptible, dibujada en los labios, mientras una de sus manos acariciaba con infinita ternura la tela de su ropa.

​—Si sigues mirándome desde la puerta con esa cara de cachorro protector, vas a terminar gastando el marco de madera —dijo ella sin abrir los ojos, con esa voz suave y burlona que jamás perdía su filo.

​Me deslicé hacia el interior de la habitación con pasos silenciosos, me hincé directamente frente a su silla y apoyé las manos sobre los reposabrazos, quedando a la altura de su rostro.

​—No te estaba espiando; estaba asegurándome de que mi mundo seguía exactamente donde debía estar —repliqué con una ronquera suave en la voz, inclinándome para besar con devoción la palma de su mano derecha antes de llevarla hasta mi mejilla.

​Chiara abrió los ojos, revelando esa mirada profunda, terca y brillante que me había desarmado desde el primer día en que se atrevió a desafiarme en el almacén. Extendió la otra mano para acariciar con las yemas de los dedos la cicatriz que cruzaba mi ceja izquierda, un gesto íntimo que solo se permitía en la intimidad de nuestras noches.

​—El mundo allá afuera ya no da miedo, Alessandro —susurró ella, inclinándose ligeramente hacia mí—. Los Cárdenas firmaron la paz, los muelles son tuyos y esta montaña es una fortaleza inexpugnable. ¿Cuándo vas a dejar de buscar enemigos debajo de la cama?

​—No busco enemigos, osita. Simplemente soy un hombre que tardó demasiado tiempo en entender qué era lo verdaderamente valioso, y ahora que lo tengo bajo mi techo, me niegué a parpadear por si acaso todo resulta ser un espejismo.

​Ella soltó una exhalación divertida, sacudiendo levemente la cabeza, pero el brillo de sus ojos delataba que sus propias defensas también habían caído por completo.

​—No es un espejismo —murmuró, tomando mi rostro entre sus manos y atrayéndome hacia ella hasta que nuestras frentes quedaron apoyadas la una contra la otra—. Aunque debo admitir que el proceso para llegar hasta aquí fue digno de un pésimo thriller dramático. Si me hubieran dicho hace un año que terminaría escribiendo novelas románticas en una hacienda de la mafia mientras llevo en el vientre al hijo del capo más peligroso del país, te juro que habría quemado mis propias libretas.

​—Y yo te habría comprado una imprenta nueva para que siguieras escribiendo tus historias, con tal de no dejarte marchar jamás —respondí con una sonrisa genuina, apoyando una mano grande y abierta directamente sobre la curva de su vientre.

​En ese preciso instante, como si el pequeño terrorista hubiera escuchado la conversación y quisiera reclamar su protagonismo, una patada firme, clara e inconfundible retumbó contra mi palma.

​Me quedé completamente petrificado.

​A pesar de que ya habíamos sentido los movimientos del bebé en las últimas semanas, cada vez que esa pequeña vida respondía desde el interior de Chiara, mi mente de estratega se apagaba por completo, reduciéndose al asombro más absoluto y primitivo.

​Chiara soltó una carcajada cristalina al ver mi expresión de idiota total.

​—¿Ves? Él también opina que hablas demasiado y actúas muy poco —bromeó ella, cubriendo mi mano con la suya para mantenerla firme sobre su vientre.




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