Un Acuerdo Entre Tú y Yo

"Preludio"

A N D R E A

Terminar el informe me deja con un severo dolor de espalda, fatiga, hambre y con ganas de golpear a mi jefe para que en su rostro, aparezca un hematoma del tamaño del universo entero.

Ser asistente del primogénito de uno de los numerosos magnates más poderosos a nivel global, puede ser difícil teniendo en cuanto todo el esfuerzo, tiempo y estrés que conlleva este tipo de trabajos; sin mencionar que si tu jefe es un amante de la fiesta, mujeres y viajes, el nivel de dificultad aumenta todo sus parámetros.

En conclusión: busquen una carrera universitaria en donde no tengas que acudir a trabajar de secretaria por una paga demasiado alta para sobrevivir.

Presiono el botón de imprimir y vacío todo el aire contenido de mis pulmones, para presenciar mi victoria. Me levanto para tomarlo y lo dejo sobre mi escritorio para entregarlo cuando lo pida el imbécil.

Saco del cajón de abajo del escritorio, mi cuadernillo de diseños y lo hojeo para llegar a la última página, la única que queda libre para plasmar mi placer por la moda. Tomo un lápiz y dejo que la intuición posee mi mano y comience el diseño. Pero cuando termino, no puedo evitar hacer una mueca de asco al ver un maldito estilo maximalista, lo detesto.

Y así es como echas a perder tu última página disponible.

Lanzo un gruñido, reviso la hora en la pantalla de mi celular y tomó las hojas para llevarla hasta la oficina de mi jefe. Con los nudillos de mi mano derecha, golpeo la puerta de madera oscura y barnizada, en busca de su autorización para entrar, al escuchar su varonil voz, permitiéndome el acceso, entro.

─Traigo el informe que me pidió que redactara, el día de ayer.─pronuncio en cuanto pongo un pie dentro.

─Déjelo encima del escritorio, cuando se me pase el efecto del alcohol, los leeré─dice entre jadeos, mientras permanece recostado en su sillón de cuero.

Hago lo que me pide, pero al dejar los papeles encima de su escritorio, me percato que el informe pasado, permanece como lo dejé, sin mostrar una pizca de que lo haya movido, lo que me hace pensar que jamás los leyó el holgazán. Decido ignorar y dejar el que terminé, encima del anterior.

Me regreso para mirarlo y ver que se le ofrece, pero me llevo la sorpresa al verlo sentado, con la mirada perdida en el vacío, como suelo hacerlo en las mañanas al perderme en la estructura de mi sandalia, pero con la única diferencia que el sólo mira la blanca pared, llena de marcos con fotografías de su familia.

─¿Se-se le ofrece algo más?─pregunto nerviosa, aunque lo encuentro innecesario.

Asiente lentamente con la cabeza sin dejar de mirar el muro.

─Quiero un café.

Mierda, cafés no. Siempre me pide el imbécil de cafeterías costosas y elegantes, regularmente ignora los de la cafetera del comedor.

Doy la vuelta y me aproxima a la puerta para salir de aquí, pero su singular tono exigente y la manía de llamarme con otros nombres, me hace frenar en seco, molesta y con los puños cerrados con una fuerza descomunal. Lo encaro, pero sigue con la mirada perdida que es imposible reprocharle─al igual que las veces anteriores─que diga mi nombre con exactitud.

Esta vez me llamó "Penélope" cuando mi nombre original es Andrea, A-n-d-r-e-a.

─Como usted diga, jefe─digo entre dientes y salgo echa una bomba que está a punto de estallar.

Odio trabajar aquí, siempre lo he odiado y no me retracto de lo que digo. Siempre intento hacer las cosas como se hacen, organizo sus fiestas, salidas y juntas, pero el imbécil no sé da cuenta de eso, es más, ningún jefe se percata del esfuerzo que pone cada uno de sus empleados, todos son unos imbéciles que solo abren su boca y pedir estupideces.

Con tanto enojo alojado en mi pecho, salgo a tomar un taxi, al hacer la parada, el auto amarillo se frena al frente de mi y subo, dicto la dirección y no tarda en arrancar. Mientras recorremos las avenidas, es imposible no notar la belleza que emana la ciudad de Nueva York. Todo tan colorido e iluminado.

Al llegar, desciendo del coche y le pido que no se vaya, ya que la compra será rápida y tengo que volver al edificio. Me doy la vuelta y el verdoso logo de Starbucks inunda mis pupilas y entro al establecimiento sin más.

Detrás de la caja, Louisa me recibe con una sonrisa que ni hace falta que haga mi pedido, ya que siempre vengo por lo mismo; un café americano. Me hace una seña para que aguarde y comienza a servirlo.

─Así que tu jefe nuevamente se pasó toda su noche en una fiesta─habla divertida, detrás del mostrador.

Asiento y me recargo en la paleta de la caja registradora.

─¿Cómo vas en la escuela?─pregunto para esquivar el tema, al igual que una serie de interrogantes sobre mi jefe.

─Genial, mis profesores están organizando una pasarela de modas entre todos los grupos─explica─. Mi profesora de diseño quiere que me encargue del vestido final, por lo qué necesitaré tu ayuda mujer─se da la vuelta y me entrega el vaso de cartón.

─No lo sé, últimamente he estado muy oxidada─niego y hago una mueca, disgustada.

─Sólo piénsalo, podría darte créditos y tal vez consigas trabajo como profesora, y así dejes ese trabajo del que tanto te quejas─sugirió con tono convincente. Me entrega el tique y me guiña uno de sus azulados ojos.

Acomodo mis lentes que resbalaron encima de mi tabique, mientras finjo ver el tique. Buscar trabajo como profesora en una de las mejores universidades de diseño de modas, me es arriesgado, ¿Qué dirán mis antiguos profesores al verme llegar derrotada?

Prefiero pasar la propuesta y seguir con mi putrefacto empleo.

─Lo pensaré, nos vemos─me despido junto un movimiento de mano y salgo del lugar, subo al taxi y le pido que me lleve de regreso al edificio.

Durante el trayecto, no puedo dejar de mirar por la ventana, la tormenta que comenzó a despojarse del cielo, al igual que la propuesta de Louisa.



L A R A

#31752 en Novela romántica

Editado: 04.04.2019

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