**ILINCA**
El invierno en los Cárpatos no era para los débiles de corazón, ni para quienes no poseían un guardarropa de diseñador adecuado para las temperaturas bajo cero. Por suerte, yo pertenecía al segundo grupo. Con dos siglos de existencia a mis espaldas, había perfeccionado el arte de caminar sobre la nieve fresca sin hundirme, manteniendo una dignidad impecable en mi abrigo de terciopelo carmesí y botas de cuero italiano.
Aquella noche buscaba una soledad estética. Necesitaba un descanso de la interminable y aburrida reunión de mi clan, donde los vampiros más ancianos pasaban horas debatiendo la economía de la sangre embotellada y quejándose de la falta de “buena música” en la era moderna. Yo solo quería la compañía del silencio del bosque y, quizás, una copa del vino tinto muy específico que llevaba en mi termo.
“Por fin, solo yo y la noche. Nada de politiqueo, nada de…”
Un ruido rompió mi idilio. No fue el aullido melancólico que uno esperaría en Transilvania. Fue un sonido más… rítmico. Un “puf, puf, crash” que se acercaba rápidamente desde lo alto de la colina.
Me detuve, arqueando una ceja perfectamente depilada. El olor a pino y nieve fue eclipsado instantáneamente por un aroma intenso, cálido y terriblemente familiar: perro mojado.
Desde la cresta de la colina apareció una masa de pelaje marrón y gris a toda velocidad. No era un lobo acechando; era un lobo que había perdido el control de sus frenos. El animal, enorme y ridículamente peludo, intentaba desesperadamente clavar sus garras en la nieve, pero la pendiente era demasiado pronunciada. Sus ojos amarillos estaban muy abiertos, no por ferocidad, sino por puro pánico cómico.
—¡Cuidado abajo, cuidado abajoooo…! —pareció aullar, aunque para mis oídos sonó más como ladridos desesperados.
No tuve tiempo ni de suspirar. El lobo salió volando y aterrizó de espaldas directamente a mis pies, levantando una nube de polvo de nieve que arruinó la pulcritud de mi abrigo. Quedó allí, con las cuatro patas hacia arriba, la lengua colgando y un poco de lodo en el hocico.
—Vaya forma de arruinar una entrada —murmuré, sacudiéndome con asco un copo de nieve del hombro.
El lobo me miró. Sus ojos dorados se encontraron con los míos, carmesíes. Y entonces ocurrió lo impensable: no hubo gruñido ni ataque. En lugar de eso, parpadeó, sacudió la cabeza y empezó a jadear de una forma extraña, moviendo la cola como si yo fuera… su dueña.
Retrocedí un paso, confundida.
“¿Qué le pasa a este bicho? ¿Está… moviendo la cola por mí?”
El lobo, tras varios intentos torpes, logró ponerse en pie. Se quedó allí, mirándome con una devoción absolutamente ridícula. Y entonces lo sentí: una energía cálida, casi eléctrica, que intentaba conectarse conmigo.
—Oh, no. No, no, no. Tú no puedes ser… —susurré, entendiendo lo que estaba pasando.
Cazimir Lupu, el lobo más joven y fuerte de la manada, acababa de tener la impronta. Y la había tenido conmigo, la vampira más refinada, sarcástica y alérgica a los perros de toda la región.
El animal dio un paso hacia mí y, antes de que pudiera detenerlo, intentó darme un lengüetazo en la mano.
—¡Aléjate, animal pulgoso! —grité, retirando la mano como si me hubiera tocado fuego.
Con un estallido de magia, el lobo desapareció y en su lugar quedó un hombre joven, de cabello castaño revuelto y una sonrisa tonta. El único problema: la transformación no incluía ropa.
—¡Tú! ¡Ponte algo encima, por el amor a la oscuridad! —exclamé, cubriéndome los ojos con el termo de vino.
Él corrió a buscar una capa de piel y regresó, cubierto de mala manera. No era un traje de tres piezas, pero al menos cubría lo esencial.
—Listo. Ya soy presentable. Bueno, técnicamente —dijo con una sonrisa que, para mi desgracia, encontré peligrosamente encantadora.
Bajé el termo lentamente. Allí estaba, con esos ojos dorados brillando con una intensidad que me hacía sentir extrañamente cálida. Y una vampira nunca debería sentir calor, a menos que estuviera en llamas.
—¿Qué quieres, Lupu? —pregunté con mi tono aristocrático.
—No es territorio, Ilinca. Es… tú. Te vi, te sentí. Como si mi corazón hubiera decidido que eres el norte y yo una brújula rota.
Solté una carcajada seca.
—Por favor. No me digas que vas a usar la tarjeta de la “impronta”. Es un mito de perros para justificar que no saben controlar sus hormonas.
Él insistió, con esa devoción absurda. Y yo, mientras lo escuchaba, solo podía pensar:
“Dios mío, el destino me ha vinculado con un idiota adorable”.
—Escúchame bien, Cazimir. Si alguien de mi clan nos ve, te convertirán en un cenicero. Y si alguien de tu manada te ve persiguiéndome, te exiliarán a cuidar ovejas en el valle. Así que, por el bien de tu integridad física y de mis nervios… ¡vete!
Me di la vuelta para marcharme, con la capa ondeando dramáticamente detrás de mí. Pero la nieve traicionera tenía otros planes. Mi bota resbaló en la misma placa de hielo que había derribado a Cazimir minutos antes.
—¡Ah!
Antes de que mi espalda perfecta tocara el suelo, unos brazos fuertes y ardientes me rodearon. Cazimir me atrapó en el aire con reflejos asombrosos. Me sostuvo contra su pecho, y por un instante, el tiempo se detuvo. Yo era fría como el mármol; él ardía como una hoguera de San Juan.
—¿Ves? —susurró, con el rostro a pocos centímetros del mío—. El destino quiere que te sostenga. O al menos, que no te rompas el coxis.
Lo miré a los ojos, lista para soltar un insulto ingenioso, pero la cercanía de sus labios me dejó sin palabras por un segundo eterno.
—Suéltame ahora mismo —ordené, aunque mi voz no sonó tan autoritaria como pretendía.
—Solo si me prometes que me dejarás verte mañana.
—Mañana estaré ocupada siendo una criatura de la noche superior.
—Pasaré por tu ventana a las ocho. Llevaré algo rico. ¿Te gustan los ciervos? ¿O prefieres algo más… cocinado?
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Editado: 04.05.2026