Un Alfa En Mi Alcoba

¿QUE HAGO?

**ILINCA**

Logré escabullirme y llegué a mi habitación. Cerré la puerta con doble cerrojo y me dejé caer contra la madera, suspirando. Me miré en el espejo: mi reflejo pálido y perfecto me devolvió una mirada de pánico. Pero no era miedo a mi familia, sino a la extraña calidez que aún sentía en mis manos donde él me había sujetado.

—Es solo la impronta esa de las narices —me dije, señalando mi reflejo con un dedo acusador—. Es un truco biológico. No te gusta. Es ruidoso, huele a campo y probablemente persigue coches en sus ratos libres.

Entonces, un golpe seco sonó en el cristal de mi ventana. Luego otro. Poc, poc.

Me tensé. Mi habitación estaba en el cuarto piso, frente a un precipicio vertical. Nadie debería estar allí… salvo un lobo testarudo.

Descorrí las cortinas y lo vi: Cazimir, aferrado a la saliente con una mano y sosteniendo algo envuelto en hojas con la otra. Tenía una rama de pino enredada en el pelo y una sonrisa que iluminaba la noche.

Abrí la ventana apenas un centímetro.

—¿Estás loco? ¡Si mi padre te ve, te colgará en el salón de trofeos como una alfombra de baño! —susurré furiosa.

—Hola a ti también, preciosa —respondió él, como si no estuviera a punto de caer al vacío—. Te traje un regalo de buenas noches.

Me extendió el bulto. Lo tomé por instinto. Estaba tibio.

—¿Qué es esto? ¿Un poema?

—Mejor. Una pierna de ciervo joven. La cacé hace media hora. Fresca, dulce, perfecta para ti.

Lo miré horrorizada.

—Cazimir… esto es un cadáver. En mi dormitorio de seda.

—¡Es comida orgánica! Sin conservantes.

Antes de que pudiera gritarle, escuché pasos pesados en el pasillo. El conde Vladímir entró con un estilete de plata en la mano.

En un arranque desesperado, me lancé al suelo y metí medio cuerpo bajo la cama.

—¡Quieto, Peluchín! ¡Abajo, chico malo! —grité, dándole un codazo a Cazimir para que se transformara.

Hubo un destello dorado y, un segundo después, lo que salió de debajo de la cama no fue un hombre desnudo y asustado, sino un lobo enorme, peludo y con cara de “yo no he sido”.

Lo agarré del cuello dramáticamente, hundiendo mis dedos en su pelaje.

—¡Padre, no dispares! —suplicé, mirando al conde con ojos suplicantes—. ¡Es mi nueva mascota!

El conde Vladímir se quedó paralizado, con el estilete en el aire, y yo sentí que el mundo entero se reducía a ese instante. Mi padre miraba al animal —que medía casi lo mismo que un poni pequeño— y luego me miraba a mí, como si intentara descifrar un acertijo imposible.

—¿Mascota? Ilinca, eso es un lobo de los Cárpatos. De los salvajes. De los que huelen a… —hizo una mueca de asco— a lealtad y sol.

—¡No, no! —mentí con la rapidez de una actriz desesperada—. Es una raza exótica que compré en el mercado negro de Bucarest. Se llama… Burbuja. Es un pug gigante de montaña. Muy raros.

Cazimir, para dar realismo a la farsa, soltó un pequeño lloriqueo y apoyó su enorme cabeza en mi regazo. Yo acaricié su pelaje con la dignidad de alguien que intenta convencer a su padre de que un lobo es, en realidad, un perro de compañía.

El conde bajó el arma lentamente, aunque la sospecha seguía flotando en el aire como niebla espesa.

—¿Burbuja? —repitió, examinando las orejas de Cazimir—. Tiene unos ojos muy… inteligentes para ser un perro. Y es enorme.

—Está muy bien alimentado —improvisé, señalando la pierna de ciervo que asomaba bajo el diván—. ¿Ves? Estaba jugando con su juguete de masticar. Es un animal muy juguetón, padre. Mira, ¡dale la pata, Burbuja!

Cazimir me lanzó una mirada que gritaba “¿En serio? ¿Burbuja?”, pero levantó obedientemente una pata del tamaño de un plato y la puso en la mano enguantada de mi padre.

Vladímir Vlădescu se estremeció ante el contacto, pero algo en su naturaleza competitiva se encendió.

—Un perro de presa, ¿eh? Supongo que es mejor que tener un gato de angora. Si es tan exótico como dices, podría ser un buen guardián para la mansión. Pero si muerde los muebles o intenta aullar a la luna, lo convertiré en un par de guantes, Ilinca. ¿Queda claro?

—¡Cristalino, padre! —respondí, soltando un suspiro de alivio que casi apagó las velas de la habitación.

Cuando por fin se marchó, con sus espuelas resonando en el pasillo, Cazimir soltó un bufido y volvió a su forma humana. Se sentó en la alfombra, despeinado y ofendido.

—¿Burbuja? ¿De verdad, Ilinca? —susurró, aunque sus ojos brillaban con diversión.

—Y ahora tu nombre es “el que no terminó muerto en mi alfombra” —repliqué, dejándome caer en un sillón con mi elegancia recuperada—. Y más te vale practicar tu cara de perro bueno, porque mañana desayunarás con los vampiros más estirados de Europa.

Él se acercó, gateando por la alfombra hasta quedar a mis pies. Me tomó la mano y besó mis nudillos con una ternura que hizo que mi sarcasmo se evaporara.

—Por ti, seré el perro más obediente del mundo… siempre y cuando me des un premio de vez en cuando.

Lo miré, sintiendo que mi vida perfectamente ordenada se acababa de ir al traste por culpa de un lobo con hoyuelos.

—El premio será que no te deje sin cenar, Burbuja —murmuré, aunque no retiré mi mano de la suya.

En cuanto el eco de las espuelas desapareció, la habitación se llenó de susurros indignados.

—¡Burbuja! —siseó él, caminando de un lado a otro—. ¿¡Burbuja?! Soy un alfa en formación. ¡Tengo cicatrices de lince en la espalda! No puedo ser un… ¡Pompero de jabón!

—Fue lo primero que se me ocurrió bajo presión —respondí, tratando de no mirar demasiado sus abdominales—. Además, admitamos que tienes una personalidad muy… efervescente.

Al final, le encontré un nombre digno: Dante. Oscuro, elegante, aceptable para mi familia y lo bastante heroico para su orgullo.

—Bien, Dante —le dije, señalándolo con autoridad—. Mañana en el desayuno conocerás al resto de la familia. Y si cometes un solo error, irás directo a la olla de la tía Hortensia.




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