Un Alfa En Mi Alcoba

EL VINCULO

**ILINCA**

Lo vi correr entre la nieve, una sombra gris que se fundía con el bosque. Mi pecho se apretó con una sensación que no debería existir en alguien como yo. Era… miedo. Miedo de perderlo, miedo de que lo descubrieran, miedo de que ese vínculo absurdo que había nacido entre nosotros se rompiera antes de que pudiera entenderlo.

Me quedé sola, con la luna llena iluminando mi alcoba y el eco de su calor aún en mi piel.

“Dante, ¿qué demonios estás haciendo?”, pensé, apoyando la frente contra el cristal helado. “Si tu manada descubre lo que pasó aquí, y mi familia lo confirma… no habrá bosque ni montaña que nos salve”.

Pero incluso en medio de esa certeza, una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios. Porque, por primera vez en dos siglos, yo, Ilinca Vlădescu, la vampira más refinada y sarcástica de los Cárpatos, me sentía viva.

El Gran Comedor de los Vlădescu siempre me había parecido un escenario teatral: techos altísimos, candelabros que parecían llorar cera y retratos de antepasados que juzgaban cada movimiento con sus ojos inmóviles. Esa mañana, sin embargo, el aire estaba más denso que nunca.

Me senté a la derecha de mi padre, con la espalda recta y el gesto impecable, mientras Dante —mi supuesto “Pug Gigante de Montaña”— se acomodaba a mis pies. Sentía su calor subir por mis piernas como un recordatorio constante de la farsa que estábamos interpretando.

La tía Agatha, con su corsé imposible y su mirada de halcón, no tardó en lanzar la primera flecha:
—¿No es un poco… voluminoso para estar en el comedor, Ilinca? —dijo, diseccionando una codorniz con la precisión de un cirujano—. Huele a testosterona y a bosque salvaje.

—Es un perro de montaña, tía. Su presencia es rústica, pero protectora —respondí con calma, mientras le daba un discreto toquecito con el tacón a Dante para que dejara de gruñir en sueños.

El silencio que siguió fue tan tenso que podía escuchar el crujido de las velas. Y entonces, las puertas dobles se abrieron con esa suavidad sobrenatural que solo los sirvientes de mi familia dominaban.

El mayordomo, un hombre que parecía haber olvidado cómo parpadear desde 1840, anunció con voz sepulcral:

—El vizconde Alaric von Drakas.

Sentí cómo el aire cambiaba de inmediato. El nombre resonó en las paredes como un presagio. El vizconde, con su reputación de inquisidor elegante y su obsesión por las alianzas estratégicas, no era precisamente el invitado que yo quería tener en la misma sala que mi “mascota”.

Dante levantó la cabeza un instante, sus ojos dorados brillando con curiosidad peligrosa. Yo le acaricié las orejas con un gesto rápido, como quien intenta apagar un incendio antes de que empiece.

“Por favor, no te muevas, no respires demasiado fuerte, no intentes ser héroe”, recé en silencio, mientras el vizconde cruzaba el umbral con su capa negra ondeando y una sonrisa que olía a intriga.

El aire se volvió más frío en cuanto Alaric cruzó el umbral. Su elegancia era tan calculada que resultaba ofensiva: traje impecable, cabello plateado peinado hacia atrás, ojos de un azul glacial que destilaban arrogancia milenaria.

“Oh, no. Hoy no”, pensé, sintiendo cómo el lobo a mis pies se tensaba de inmediato. Dante pasó de ser una montaña de pelaje relajado a un bloque de músculos listos para la guerra.

Alaric, por supuesto, ignoró a mi padre y vino directo hacia mí. Me tomó la mano con esa delicadeza gélida que siempre me había dado escalofríos y depositó un beso en mis nudillos, rozando el anillo azul con un segundo de más.

—Mi querida prometida —susurró, con esa voz que sonaba como terciopelo sobre una tumba—. Tu belleza florece incluso bajo este sol vulgar que tanto te empeñas en disfrutar.

Debajo de la mesa, sentí el vibrar bajo y amenazante de Dante. No era un ladrido. Era el rugido contenido de un motor de guerra.

—¿Qué es esa… criatura? —preguntó Alaric, retirando su mano y mirando a Dante con una mezcla de asco y curiosidad.

—Es mi nueva mascota, Alaric. Se llama Dante —respondí con rapidez, tratando de sonar casual mientras pisaba con fuerza la pata del lobo para que se callara—. Es un ejemplar raro. No está acostumbrado a los desconocidos.

Alaric soltó una risita seca y se sentó frente a mí, cada gesto suyo una coreografía de superioridad.
—Un perro. Qué pintoresco. Aunque parece más una bestia de carga que un animal de compañía. Espero que esté bien entrenado, Ilinca. No me gustaría que manchara mis botas de piel de dragón con su baba de canino.

La palabra “prometida” había sido demasiado. Sentí cómo Dante se levantaba, no como un perro que espera una caricia, sino como un Alfa que reclama su lugar. Sus hombros sobrepasaron el nivel de la mesa, sus ojos dorados se clavaron en los de Alaric con una inteligencia feroz.

—¡Dante, abajo! —ordené, con el pánico afilando mi voz.

Pero él tenía otros planes. Con una calma insultante, se acercó al vizconde. Alaric, confiado en su superioridad, ni siquiera se inmutó… hasta que Dante levantó una pata trasera y, ante la mirada horrorizada de toda mi familia, marcó territorio directamente sobre la bota de piel de dragón.

El sonido del chorro golpeando el cuero de lujo fue lo único que se escuchó en el comedor durante cinco segundos eternos.

—¡PERO QUÉ…! —Alaric se puso en pie de un salto, su rostro pálido tornándose violeta de furia—. ¡Este animal inmundo me ha orinado! ¡Mi bota de diseño!

Dante retrocedió un paso y, por primera vez en mi vida, juraría que lo escuché reír. Una carcajada perruna, burlona. Luego mostró los colmillos en una sonrisa insolente y regresó a mi lado, sentándose con una dignidad que solo un Alfa —o un perro muy travieso— podía tener.

—¡Ilinca! —rugió mi padre, golpeando la mesa con fuerza—. ¡Controla a tu bestia antes de que la convierta en una alfombra ahora mismo!

Yo miré a Alaric, que intentaba limpiar su bota con una servilleta de lino, y luego a mi “perro”, que me observaba con una chispa de triunfo absoluto en los ojos.




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