Catalina comenzó a acercarse más a Santiago. En los recreos, lo buscaba para conversar, le compartía su sándwich, y le hacía reír como nadie. Santiago se sentía confundido: le gustaba estar con ella, pero también le dolía ver a Daniela algo distante.
Una tarde, después del colegio, Daniela no quiso caminar con él como siempre. Solo le dijo:
—No pasa nada, ve con ella…
Y se fue con los audífonos puestos.
Santiago caminó solo, con la mochila más pesada que nunca. En casa, Mateo lo vio llegar cabizbajo y le preparó un chocolate caliente.
—¿Te pasó algo, hijo?
Santiago dudó, pero habló:
—Papá… no sé si me gusta Catalina. Me hace sentir raro. Pero también me siento mal con Daniela… como si la estuviera traicionando.
Mateo lo abrazó fuerte y le dijo:
—Eso se llama crecer, hijo. Sentir es bueno. Pero también duele. Lo importante es no dejar de ser tú.
Esa noche, Julián entró a su cuarto. Le trajo un cuaderno rojo:
—Este era mío cuando tenía tu edad. Ahí escribía todo lo que sentía. Te lo regalo. Te ayudará a entender tu corazón.
Santiago abrió la primera página. Escribió con tinta azul:
"Hoy sentí que me partí en dos. Me gusta una chica, pero no quiero perder a mi mejor amiga. ¿Qué hago con esto?"
Al día siguiente, en el colegio, Santiago decidió invitar a Daniela y a Catalina a comer juntos. Quería que ellas se conocieran más. Hubo silencio, miradas incómodas, pero también respeto.
Daniela dijo:
—No sé si me caes bien todavía, Catalina… pero si a Santiago le importas, supongo que podemos intentarlo.
Catalina, sin perder el estilo, respondió:
—No vine a quitarte nada, solo a conocerlo… y a conocerlas a ustedes también, si me dejan.
Santiago sonrió. Por primera vez en días, sintió que todo iba a estar bien.
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Editado: 27.07.2025