Daniela no era una chica de muchas lágrimas. Siempre había sido firme, lógica, la que organizaba los trabajos en grupo, la que protegía a Santiago de todo.
Pero últimamente, había algo en su pecho que no sabía cómo explicar… algo que dolía cuando veía a Catalina reír con él.
Una tarde, después del colegio, se encerró en su cuarto, sacó una hoja vieja de cuaderno, y empezó a escribir con su letra apretada:
> “Santi, sé que Catalina te gusta. Lo vi desde el primer día que ella te habló con esa risa suya. Y sé que tú también la miras como antes me mirabas a mí, cuando éramos niños y decías que yo era tu persona favorita en el mundo.
No estoy celosa de ella… estoy celosa de ti. Porque te estás yendo. No físicamente, pero algo se está yendo. Y me da miedo que algún día ya no necesites a tu vieja amiga de infancia.”
Cuando terminó la carta, la dobló, le escribió “Para Santi” y la guardó entre las páginas de su cuaderno de ciencias.
Pero algo dentro de ella le dijo que no debía dársela. Aún no. Quizá nunca.
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En casa, mientras Santiago hacía tarea, pensaba en Daniela también. La sentía distante, rara, como si ya no se riera con ganas.
Entonces decidió llamarla:
—¿Todo bien? —preguntó con voz suave.
—Sí… solo estoy cansada, Santi.
—¿Te hice algo?
—No. Tú solo estás siendo tú. Y eso… a veces duele. Pero ya se me pasará.
Santiago no entendió bien qué quiso decir, pero sabía que algo no estaba bien.
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Esa noche, Daniela salió al parque sola, bajo un cielo lleno de nubes. Sacó la carta del bolsillo de su chaqueta y la sostuvo frente a una caneca de basura.
Iba a tirarla, pero no pudo. En vez de eso, la volvió a doblar y la guardó en su bolsillo otra vez.
Miró al cielo y susurró:
—No tengo que ser la protagonista de su historia para seguir estando en ella. Si él es feliz… yo también.
Y por primera vez en semanas, sonrió sin dolor.
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En otra parte de la ciudad, en su cama, Santiago abría el cuaderno rojo que le regaló su papá Julián.
Escribió:
> “Daniela está rara. Pero la quiero tanto que no sé cómo arreglarlo. A Catalina la estoy empezando a querer distinto… y eso me da miedo. ¿Por qué amar a alguien puede dolerle a otra persona?”
Ese cuaderno no tenía respuestas.
Pero sí tenía algo que valía más: las preguntas que harían crecer su alma.
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Editado: 27.07.2025