Un amor clandestino

Capítulo 02

El murmullo del salón era un río que corría demasiado rápido para mí. Todos parecían conocerse, saludarse con risas y abrazos, mientras yo me hundía en la última fila, invisible. Abrí los diarios de Virginia Woolf y dejé que sus palabras fueran mi refugio.

El reloj avanzaba lento, cada minuto parecía estirarse como un hilo interminable. Observaba a mis compañeros desde la distancia: las bromas, los intercambios de miradas, los grupos que ya estaban formados. Yo era la única isla en medio de ese mar.

Me ajusté los audífonos, subí el volumen y fingí que leía, aunque en realidad mis ojos se perdían en los movimientos de los demás. Una chica de cabello rizado reía tan fuerte que parecía llenar todo el salón. Un grupo de chicos jugaba con una pelota de papel, lanzándola de un lado a otro. Yo me encogí en mi asiento, deseando que nadie me notara.

A veces pensaba que no era tan malo estar sola. Nadie me juzgaba, nadie me exigía nada. Pero otras veces, el silencio se volvía insoportable, como un eco que me recordaba que no pertenecía a ningún lugar.

Todo cambió una semana después. No sé si fue el auto lujoso, el misterio de mis audífonos siempre puestos, o el hecho de que nunca hablaba con nadie. Pero poco a poco, las miradas dejaron de ser curiosas y se volvieron insistentes.

Una chica se acercó primero, preguntando qué libro estaba leyendo. No respondí de inmediato, pero cuando mencioné a Virginia Woolf, su sorpresa fue genuina. “Eso es demasiado profundo para alguien de nuestra edad”, dijo, y su comentario atrajo a otros.

Al día siguiente, un chico me pidió que le recomendara música. Dudé, pero terminé mencionando a Taylor Swift. Su sonrisa fue inmediata: “Eso explica por qué siempre estás con los audífonos puestos”. Y de pronto, mi silencio se convirtió en un enigma.

Mi forma de caminar, reservada y distante, empezó a llamar la atención. Algunos querían descubrir quién era la chica que llegaba en un Mercedes y prefería leer en lugar de hablar. Las invitaciones comenzaron a aparecer: almuerzos, charlas en los pasillos, incluso mensajes en mi celular.

Al principio los ignoré, pero poco a poco me dejé arrastrar. Descubrí que mi misterio era mi fuerza, y que la soledad que me había protegido ahora me hacía destacar.

En menos de un mes, ya no era la chica invisible de la última fila. Era la que todos miraban, la que todos querían conocer. Y aunque todavía me refugiaba en mis libros y en la voz de Taylor Swift, algo dentro de mí empezaba a cambiar.




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