Un amor clandestino

Capítulo 05

El regreso de las vacaciones me devolvió la calma. Ya no buscaba miradas, ya no esperaba mensajes, ya no me refugiaba en ilusiones. Caminaba ligera, como si cada paso me recordara que había recuperado la niña feliz que fui antes de esa estúpida relación.

El colegio parecía igual, pero algo había cambiado en mí. Ya no necesitaba refugiarme en fantasías. Me bastaba con mis libros, con mi música, con mi propia compañía. Y fue en ese estado de serenidad que la vi por primera vez.

Entró al salón con una presencia que lo llenó todo. Su cabello largo, liso y castaño caía sobre sus hombros como un río de luz. Sus ojos café, sin rímel ni pestañas enchinadas, brillaban con una naturalidad que la hacía distinta a todas las demás. No necesitaba adornos: su mirada era suficiente para detener el tiempo.

Su estilo era una mezcla perfecta entre formalidad y elegancia. Los pantalones rectos, los tacones negros medianos, el polo institucional fajado bajo un blazer impecable, y las pulseras que tintineaban suavemente cuando movía las manos. Cada detalle hablaba de disciplina, pero también de un gusto personal que la hacía única.

Y entonces habló. Su voz era suavecita, melodiosa, hermosa, como la de una actriz de telenovela. Me recordó a Leticia Calderón en Esmeralda: firme pero dulce, capaz de llenar el salón sin necesidad de gritar. Cada palabra suya era música, cada explicación un hechizo.

No era amor, no todavía. Era admiración, encanto, sorpresa. Sentí que estaba frente a alguien que podía enseñarme más que materias: alguien que podía mostrarme un mundo distinto, un mundo donde la inteligencia y la pasión se mezclaban en cada gesto.
Esa noche, al llegar a casa, puse mis audífonos y dejé que Enchanted llenara el silencio. “This night is sparkling, don’t you let it go…”
La canción parecía escrita para ese momento. Yo no estaba enamorada, pero estaba hechizada. Cada verso era un reflejo de lo que había sentido al verla: un deslumbramiento que me quemaba por dentro, un secreto que no podía compartir con nadie.

Los días siguientes se convirtieron en una espera ansiosa. No era la ansiedad de un amor adolescente, sino la emoción de quien ha descubierto algo nuevo y quiere volver a sentirlo. Cada clase era un regalo, cada palabra suya un tesoro. Me sorprendía a mí misma repasando sus frases en mi mente, como si fueran versos de un poema que debía memorizar.

El colegio, que antes había sido escenario de traiciones y espejismos, ahora se transformaba en un lugar lleno de luz. No importaban las risas ajenas ni los rumores; lo único que importaba era verla entrar al salón, escuchar su voz, sentir que su presencia me envolvía.

No sabía qué significaba todo aquello. No era amor, no aún. Pero sí era fascinación, encanto, magia. Y yo, que había aprendido a desconfiar de mis ilusiones, me encontraba otra vez atrapada en un hechizo.




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