Un amor clandestino

Capítulo 07

El enamoramiento ya estaba ahí, creciendo en silencio, pero los obstáculos empezaban a sentirse en cada rincón de mi vida diaria. No era un amor libre, no era un sentimiento que pudiera gritar a los cuatro vientos. Era un secreto que me acompañaba a todas partes, que me hacía latir el corazón más rápido y al mismo tiempo me llenaba de miedo.

En clase, cada mirada furtiva era un riesgo. Si alguien notaba que yo la observaba demasiado, podía convertirse en rumor. Bastaba con una palabra mal dicha para que todo se volviera escándalo. El colegio era un lugar lleno de ojos, y yo tenía que aprender a esconder lo que sentía.

Cuando ella me corregía con dulzura, yo sentía que el mundo se detenía. Su voz melodiosa, tan parecida a la de una actriz de telenovela, me envolvía como un abrazo invisible. Pero al mismo tiempo, esa cercanía me recordaba la frontera imposible: ella era mi profesora, y yo su alumna. Entre nosotras había reglas, jerarquías, un muro que no podía cruzarse.

Por las noches, escribía en mi diario para desahogarme. Llenaba páginas con descripciones de su cabello castaño, de sus ojos café sin maquillaje, de sus gestos elegantes. Era mi manera de sobrevivir al silencio, de guardar en palabras lo que no podía decir en voz alta. Cada línea era un secreto, cada palabra un suspiro.

El miedo a que alguien sospechara me acompañaba siempre. Caminaba por los pasillos con cuidado, evitando que mis amigas notaran mi ansiedad. Fingía indiferencia, pero por dentro ardía. El obstáculo más grande no era solo la diferencia de mundos, ni las reglas del colegio: era la certeza de que este amor debía permanecer oculto, que nunca podría ser confesado.

Y entonces, un día, todo cambió. La escuché presentarse en clase con su nombre completo: Arleth Gomes. Ese nombre se grabó en mi mente como un tatuaje invisible. Arleth. Lo repetí en silencio, como si fuera un conjuro, como si al pronunciarlo pudiera acercarme un poco más a ella. Desde ese momento, ya no era solo “la profesora”: era Arleth Gomes, la mujer que había encendido en mí un fuego imposible de apagar.

El nombre se convirtió en mi secreto más grande. Lo escribía en los márgenes de mi cuaderno, lo murmuraba en mis pensamientos, lo escondía en las páginas de mi diario. Cada vez que lo repetía, sentía que mi corazón se aceleraba, que mi mundo giraba alrededor de ella.

Pero junto con la dulzura de ese descubrimiento, los obstáculos se hicieron más pesados. Ahora que tenía un nombre, el sentimiento era más real, más concreto. Y eso lo hacía más peligroso. Porque enamorarme de Arleth no era solo un juego de miradas: era un amor imposible, marcado por reglas que no podían romperse, por un muro que no podía escalarse.

El drama se intensificaba. Yo vivía entre la fascinación y el miedo, entre el deseo y el silencio. Y aunque sabía que nunca podría confesarlo, cada día me enamoraba más de ella, de su voz, de sus ojos, de su nombre.




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