El enamoramiento ya no era un secreto tan invisible como yo pensaba. Mis miradas furtivas, mis gestos nerviosos, mis silencios prolongados habían empezado a delatarme. Y un día, lo sentí con claridad: Arleth se había dado cuenta.
Su trato cambió. Ya no estaba la dulzura espontánea de sus correcciones, ni la cercanía que me hacía sentir especial. Ahora había distancia. Una distancia fría, calculada, que me dolía más que cualquier rechazo.
En clase, evitaba mirarme directamente. Si yo levantaba la mano, buscaba a otro alumno para responder. Si yo me acercaba con una pregunta, su voz se volvía breve, cortante, como si quisiera terminar rápido. El salón, que antes era un escenario de magia, se transformó en un lugar incómodo, lleno de silencios pesados.
Yo lo entendía. Ella era mi profesora, y yo su alumna. El obstáculo más grande se había hecho visible: no solo las reglas del colegio, no solo los rumores, sino la conciencia de Arleth misma. Ella sabía, y por eso me evitaba.
El dolor era doble. Por un lado, la fascinación seguía intacta: su cabello castaño, sus ojos café, su voz melodiosa seguían siendo mi refugio secreto. Pero por otro lado, la incomodidad me recordaba que ese amor era imposible, que no podía crecer, que debía apagarse.
Las noches se volvieron más pesadas. En mi diario, ya no escribía solo descripciones de su belleza, sino también de la distancia que me hería. “Hoy no me miró”, anotaba. “Hoy me evitó”. Cada palabra era un recordatorio de que mi secreto había dejado de ser invisible.
El colegio entero parecía conspirar contra mí. Los pasillos eran más largos, las clases más frías, los minutos más lentos. Arleth Gomes, la mujer que había encendido mi corazón, ahora era también la mujer que me esquivaba a toda costa.
La incomodidad se sentía en cada detalle:
- Cuando entraba al salón, ya no me buscaba con la mirada.
- Cuando hablaba, su tono se endurecía si yo estaba cerca.
- Cuando repartía tareas, parecía evitar que nuestras manos se rozaran.
Era como si hubiera levantado un muro invisible entre nosotras, un muro que me dolía más que cualquier palabra.
Y sin embargo, yo no podía dejar de sentir. Aunque me doliera, aunque me evitara, aunque los obstáculos fueran cada vez más grandes, mi corazón seguía latiendo por ella. El drama se intensificaba: enamorada en secreto, descubierta, y ahora rechazada con silencios que pesaban más que las palabras.
Cada día era una batalla entre la esperanza y la realidad. La esperanza de que algún gesto suyo volviera a ser dulce, y la realidad de que su distancia era cada vez más evidente. Arleth Gomes sabía, y por eso me evitaba. Y yo, atrapada en mi propio sentimiento, no podía dejar de amarla.