Un amor clandestino

Capítulo 09

Yo pensaba que todo estaba condenado a la incomodidad, que Arleth solo había descubierto mi atracción y por eso me evitaba. Pero lo que jamás imaginé fue que un día, sin previo aviso, ella misma dejaría caer una verdad que me cambiaría para siempre.

Fue repentino. Una tarde, al terminar la clase, me pidió que me quedara. El salón estaba vacío, los pupitres en silencio, y el aire parecía más denso que nunca. Arleth se acercó con paso firme, pero en sus ojos café había algo distinto: una mezcla de decisión y vulnerabilidad.
Su voz melodiosa, esa que siempre me había hechizado, rompió el silencio:

—Valeria… no puedo seguir fingiendo. Estoy enamorada de ti.

El mundo se detuvo. Yo me quedé sin aire, sin palabras, sin pensamientos. Nunca lo había sospechado. Para mí, Arleth era la mujer que me evitaba, la profesora que levantaba muros, la figura inalcanzable. Y de pronto, estaba admitiendo lo que yo había soñado en secreto.

La confesión no fue un regalo sencillo. Fue también un recordatorio cruel de los obstáculos que nos separaban. Ella continuó, con voz temblorosa pero firme:

—No puedo darte eso. Soy tu profesora. Existen reglas, barreras, miradas ajenas. Aunque lo sienta, no puedo permitirlo.

Yo temblaba. La felicidad de escuchar sus palabras se mezclaba con la desesperación de saber que ese amor estaba condenado. Ella lo admitía, pero al mismo tiempo lo negaba. Era como tener el cielo frente a mí y no poder tocarlo.
El silencio se volvió insoportable. Yo la miraba, con el corazón latiendo desbocado, y ella bajaba la mirada como si luchara contra sí misma.

—Entiéndeme, Valeria —susurró—. No es que no quiera… es que no debo.

Desde ese día, todo cambió. Entre nosotras nació un secretito, un hilo invisible que nos unía y que nadie más podía ver. En clase, la incomodidad se volvió más intensa, pero ahora yo sabía la verdad: detrás de esa distancia había un sentimiento compartido.

Yo insistía. Buscaba excusas para acercarme, para hablarle, para sentir que ese secreto seguía vivo. Cada palabra suya, cada gesto, cada silencio era una prueba de lo que me había confesado. Y aunque ella trataba de evitarme, yo no podía dejar de perseguirla.

El diario se convirtió en mi refugio más peligroso. Allí escribía no solo mi amor, sino también sus palabras exactas: “Estoy enamorada de ti”. Las repetía una y otra vez, como si fueran un conjuro, como si fueran la prueba de que mi sueño era real.

El colegio se transformó en un escenario de tensión. Entre los pasillos, entre las clases, entre los silencios, yo vivía con la certeza de que Arleth me amaba, aunque no pudiera darme ese amor. Y yo, obstinada, decidida, estaba dispuesta a insistir, a luchar contra los obstáculos, a guardar nuestro secreto como el tesoro más peligroso y hermoso de mi vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.