Un amor clandestino

Capítulo 10

El amanecer trajo consigo un aire distinto. El colegio apenas despertaba: los pasillos silenciosos, el sol filtrándose por las ventanas, y el murmullo de los estudiantes comenzando a llenar el ambiente. Fue en esa hora temprana, cuando todo parecía más puro, que ocurrió lo inesperado.

Arleth Gomes, la mujer que había sido mi fascinación, mi dolor y mi secreto, decidió dejar de luchar contra sí misma. Esa mañana, al entrar al salón, sus ojos café se posaron en mí con una intensidad nueva. No había evasión, no había distancia. Había decisión.

Se acercó con paso seguro, y con un tono íntimo, casi tembloroso, me dijo:

—Valeria… sí quiero. Quiero ser tu novia, quiero todo contigo. No me importa lo que digan, no me importan las reglas. Solo me importas tú.

El mundo se iluminó con la luz del sol que entraba por la ventana. Era como si la mañana entera se hubiera detenido para escuchar esas palabras. La mujer que había sido mi imposible ahora me estaba dando lo que tanto había soñado.

Su trato cambió en ese instante. Ya no era fría ni esquiva. Ahora me buscaba con la mirada, ahora sus palabras tenían un calor distinto, ahora sus gestos eran más suaves, más cercanos. Entre nosotras nació un fuego que no podía apagarse, aunque sabíamos que era peligroso.

Los obstáculos seguían ahí, enormes, imposibles de ignorar. Ella era mi profesora, yo su alumna, y el colegio estaba lleno de ojos y rumores. Pero en esa mañana, nada importaba. Arleth había decidido corresponderme, y yo estaba dispuesta a insistir, a luchar, a guardar nuestro secreto como el tesoro más hermoso y peligroso de mi vida.

Y entonces, como si la música pudiera narrar lo que vivíamos, apareció una nueva canción de Taylor Swift que parecía escrita para nosotras: “You Belong With Me”. Cada verso era un espejo de nuestro amor oculto, frágil, pero real.
“If you could see that

I’m the one Who understands you,

Been here all along,

So why can’t you see?

You belong with me…”

Cada línea era un reflejo de lo que vivíamos: un amor que desafiaba las reglas, que se sostenía en miradas y silencios, que se alimentaba de la insistencia y del deseo.

El colegio se transformó en un escenario de tensión y magia. Entre los pasillos, entre las clases, entre los gestos ocultos, yo vivía con la certeza de que Arleth me amaba, y que ahora me correspondía. Y aunque el mundo entero estuviera en contra, yo estaba dispuesta a vivir este secreto desde la primera luz de la mañana.




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