Volví a mi casa después de tres años. No tenía esperanza, ni necesidad, ni siquiera ganas de ver a Arleth. Ella estaba casada, y yo había aprendido a aceptar que nuestra historia había terminado. Mi regreso era simple: reencontrarme con mi madre, retomar mis raíces, seguir adelante con la vida que había construido lejos.
Pero el destino siempre juega con sorpresas.
Un día cualquiera, salí a caminar por las calles que tantas veces me habían visto llorar. El aire era distinto, cargado de recuerdos, y de pronto, allí estaba ella. Arleth. Frente a mí.
Nos miramos a los ojos, y en ese instante todo volvió. Las mariposas, el temblor, el fuego que nunca se apagó. Era como si los tres años de distancia se hubieran borrado en un segundo. Nos acercamos, y sin pensarlo, nos abrazamos. Fue un abrazo largo, desesperado, lleno de lamentos y de amor.
—Te extrañé —susurró ella, con lágrimas en los ojos.
—Yo también —le respondí, sintiendo que mi corazón volvía a latir como antes.
Y entonces, nos besamos. No fue un beso tímido ni contenido. Fue un beso de reencuentro, de desahogo, de amor floreciendo otra vez. Nos amamos en ese instante, como si el tiempo no hubiera pasado, como si nada nos hubiera separado.
Pero la realidad golpeó con fuerza. Ya no eran las reglas escolares, ni la diferencia de edad, ni los rumores del colegio. Ahora el problema era civil, legal, social. Arleth estaba casada. Ese matrimonio vacío, impuesto por su madre, se convirtió en la barrera más cruel de todas.
Nos lamentamos. Nos dijimos que la vida había sido injusta, que el destino nos había castigado. Pero también nos confesamos que el amor seguía vivo, que nunca había muerto, que seguía latiendo en cada mirada, en cada palabra, en cada beso.
Esa noche, mientras escribía en mi diario, puse una canción de Taylor Swift que parecía narrar exactamente lo que había ocurrido: “Daylight”. Porque cada verso hablaba de cómo, después de la oscuridad, el amor podía volver a brillar, aunque estuviera marcado por la imposibilidad.
“I once believed love would be burning red
But it’s golden, like daylight…”
Nuestro amor había vuelto a florecer, pero ahora estaba atrapado en un laberinto más complejo. No eran reglas escolares, no era la diferencia de edad. Era un matrimonio, una vida construida sobre la imposición, una cadena que nos mantenía separados.
Y aun así, en medio de todo, sabíamos que lo que sentíamos era real. Que el destino, por más cruel que fuera, no podía borrar lo que había entre nosotras.