Las clases están por terminar, un día más en el que las clases transcurren con la misma normalidad de siempre.
Durante el almuerzo le hice una llamada a Cristal para contarle un poco sobre lo sucedido, al igual que a mí, le pareció extraño que mamá no haya respondido a la llamada y que incluso haya negado haber recibido alguna.
El maestro está explicando lo último de la clase, y yo ya me siento ansiosa por ir a casa y tomar una muy agradable siesta, definitivamente estos días en los que las clases terminarán antes de tiempo, serán disfrutados con largas siestas y tiempo compartido conmigo misma, oh sí.
—Espero que no se te haya olvidado el castigo —una voz a mi lado, que me es bastante molesta, hace este comentario en un tono medio bajo.
Por supuesto que lo había olvidado, y por supuesto que no se lo haré saber, maldita sea.
—Obvio no, ¿por qué pensarías eso? —lo miro con una expresión de falsa indignación.
Una pequeña sonrisa ladeada, tan pequeña que por poco pasa desapercibida, aparece después de verme por unos segundos, entonces la campana suena.
—Tengo cosas que hacer, así que te agradecería que te des prisa —toma sus cosas dirigiéndose a la salida.
Rodando los ojos me pongo de pie, y salgo detrás de él, mentalizándome que las siguientes horas las pasaré con este individuo.
₰
Hace solo cinco minutos que llegamos a la biblioteca, y sí que hay mucho que limpiar en este lugar. No sabía que esta área de la escuela estuviera tan descuidada, ni siquiera hay alguien en la recepción, pareciera que pertenece a algún edificio abandonado.
Estoy quitando el polvo de los libros, cuando por el rabillo veo que mi compañero de castigo, no hace más que estar sentado con el celular en la mano. Pudiera asegurar que no ha hecho nada desde que llegamos al lugar.
—¿Que no piensas ayudarme? —Me detengo delante de él cruzando mis brazos sobre mi pecho.
—Estoy muy ocupado, si sigues así no creo que se atrase el trabajo —su mirada no se despega de la pantalla de su celular, y mi mandíbula se tensa ante la molestia.
Piensa muy mal si cree que lo voy a dejar tan cómodo ahí mientras yo hago el trabajo de dos. Debemos de estar aquí por al menos dos horas, y no pienso dejar que se las pase sentado sin mover un dedo.
Me inclino un poco hacia su dirección tratando de ver lo que hace en su celular, su dedo se desliza navegando por las redes sociales, y como no se ha percatado de mi mirada intrusa, le arrebato el celular sin darle tiempo a reaccionar. Si cree que yo haré todo el trabajo mientras él se “ocupa” revisando las redes sociales, está más que equivocado.
—Devuélveme mi celular —extiende su mano hacia a mi esperando que haga lo que dice, su voz suena tranquila pero su rostro no luce igual.
—No lo haré, así que en lugar de perder más tiempo, haz tu parte —le doy la espalda para continuar con lo que hacía.
—No lo repetiré una tercera vez, devuélveme el celular —su voz amenazante se escucha más cerca.
—Te he dicho que no, te lo devolveré cuando hayamos terminado, así que a lo tuyo — lo miro fijamente como él lo hace, mientras una de mis manos descansa en mi cintura.
En un rápido movimiento se acerca intentando quitarme el aparato, termino acorralada entre el librero y su cuerpo; sus manos casi logran su cometido, y por poco logran arrancar el aparato de mis manos que estaban detrás de mí. Antes de que lo logre, muevo rápidamente mis manos escondiéndolo en mi sostén, provocando que el trabajo de quitarmelo sea ahora imposible.
Por milésimas de segundos su mirada se dirige a mi escote, al apartar su mirada y dirigirla a mi rostro, su expresión de mero enfado hace que internamente festeje, se aleja y comienza a sacudir en el librero contiguo en total silencio.
Después de un rato de estar cada uno en lo suyo sin dirigirnos una sola palabra, giro mi cabeza en su dirección observando lo que hace. En sus manos tiene un grueso libro que a simple vista parece ser antiguo, sus ojos se concentran en alguna parte del texto, y la seriedad en su rostro mientras lee, le sienta bien. Sacudo despacio mi cabeza para dispersar ese tipo de pensamiento, le sienta bien, ¿en serio?
Inclina ligeramente su cabeza en mi dirección, sin despegar la mirada del libro entre sus manos, sus labios se curvan muy ligeramente ante lo que lee.
—¿Qué lees? —Observo con curiosidad el libro.
—¿Terminaste de mirarme? Me estaba entumiendo por no moverme y que tuvieras el tiempo suficiente para apreciarme —sus ojos brillan con diversión, haciendo que ruede mis ojos.
—¡Ja!, sueña —saco mi lengua en un gesto infantil, provocando que su sonrisa se ensanche un poco más.
No responde mi pregunta, pero al cerrar el libro podría asegurar que sí es viejo, la portada es negra con letras y detalles en un tono dorado que brillan ligeramente con la luz, y está algo desgastado. No logro entender el título, ya que parece estar escrito en otro idioma.
Sin más, continuamos con el sacudido y acomodo. De verdad que hay demasiado trabajo que hacer acá, no entiendo por qué aún existe la biblioteca cuando se nota que nadie se para aquí desde hace un buen de tiempo.
Ojeo uno de los libros que he sacudido, cuando recuerdo que ni siquiera sé el nombre de quien me acompaña. Estoy a solas en un lugar abandonado de la universidad, con alguien de quien ni siquiera conozco el nombre, increíble Leah; me vuelvo a él para preguntárselo, pero ya no está cerca, no se mira a simple vista, bueno, ya será cuando regrese.
Cuando menos pienso, el timbre que avisa que el horario escolar ha terminado suena, haciendo que dé un pequeño brinco. Dejo las cosas de limpieza en un rincón cerca de la recepción, y con mis cosas en mano, me dirijo a la salida con la compañía de pasos silenciosos detrás de mí.
Cerca de la salida, habla rompiendo el cómodo silencio que nos envolvía.