Un Amor Contra El Destino

Prólogo __Capítulo 1

Prólogo:

Esta es una narrativa donde lo mágico se aleja de los cuentos de hadas para mostrar su rostro más crudo. Es el relato de Liría y Alex, un vínculo que comenzó a gestarse mucho antes de que el mundo pudiera comprender la naturaleza de lo que estaba ocurriendo. No fue un encuentro explosivo ni una urgencia repentina; fue algo sutil, constante y, sobre todo, carente de cualquier rastro humano. Liría lo percibió antes que nadie: lo supo en el preciso instante en que un roce dejó de ser un gesto inocente para convertirse en una advertencia. Amar a Alex empezó a sentirse como una despedida constante, como si el tiempo hubiera activado una cuenta regresiva imposible de detener.

En este escenario, el amor se presenta como una fuerza poderosa pero insuficiente, incapaz de salvarlo todo aunque sea el único motor para seguir adelante. Hay decisiones que se arrebatan en medio del caos y amores que florecen en terrenos donde no deberían existir. Liría vive con la certeza del costo; ella sabe exactamente qué se va a perder, mientras que Alex aún camina a ciegas hacia el abismo. A pesar de la grieta que se ensancha con cada promesa cumplida, ella elige no huir, aferrada a la creencia de que el conflicto tiene un límite y que su sacrificio será la moneda necesaria para restaurar el equilibrio.

Sin embargo, la realidad guarda un giro final más amargo. Justo cuando Liría cree haber atravesado lo peor, cuando el dolor parece quedar atrás y el mundo amenaza con reacomodarse, una fuerza imprevista se activa. Algo que no responde a las reglas conocidas y que despoja a la victoria de su consuelo. Es entonces cuando emerge la verdad más cruel: no todos los finales representan un cierre, ni mucho menos la felicidad; algunos son apenas el prólogo del verdadero problema, el inicio de una oscuridad que apenas comienza a expandirse.

Capítulo 1 —Mi vida antes de su derrumbe

Antes de que todo se desbordara, mi vida sonaba así: un acorde perfecto que se negaba a morir.

Hoy, desde este futuro de silencios largos y frecuencias rotas, entiendo que la perfección no es un estado, sino una ceguera compartida. En aquel entonces, el mundo era una habitación acolchada donde el dolor no tenía permiso para rebotar; si algo caía, siempre había una mano lista para interceptar el golpe antes de que el estruendo despertara mis miedos. Mi existencia comenzó como un lienzo saturado de una luz que yo, en mi soberbia infantil, creía infinita. No había metas, porque el tiempo no era una línea que avanzaba, sino un círculo que se repetía siempre a mi favor. No había deudas con el futuro, porque el futuro era una palabra vacía, un concepto que no lograba penetrar el fuerte inexpugnable de mi casa.

La voz de mi madre era el metrónomo de ese universo. Era un llamado tierno, una frecuencia que hoy se ha vuelto una de mis ausencias más profundas. La vida no me la arrebató de golpe, pero me enseñó que ya no podía acceder a ella cuando quisiera. No importa cuánto la necesite, no importa si el vacío me asfixia en las noches de insomnio; hay distancias que no se miden en kilómetros. Su voz se volvió un eco irregular, presente a veces, inaccesible otras: aparece en un sueño que no logro retener al despertar o en un descuido de la memoria provocado por el olor de la lluvia. Me duele reconocer que vivo en un mundo donde su voz ya no siempre me alcanza.

En aquellos veranos interminables, los días estaban tejidos con hilos de oro. El sol no quemaba; resplandecía como una promesa cumplida de antemano. Recuerdo las meriendas bajo el alero de la casa: el chocolate tibio que dejaba una marca de azúcar en el labio y el pan recién hecho, con esa corteza crujiente que sonaba a madera seca al partirse. Comía con la prisa bendita de quien reconoce que su verdadera vocación está afuera, en el jardín, donde los escarabajos eran joyas y los charcos eran océanos.

Para mí, amar no era un sentimiento, sino una presencia física y constante. Era la firmeza de la mano de mi padre sosteniéndome justo antes de que el columpio se volviera peligroso. Era el "todo va a estar bien" susurrado por mi madre, una frase que tenía el poder de desintegrar cualquier pesadilla. Mi paz interna se construyó ladrillo a ladrillo con esos gestos cotidianos, meticulosos, casi sagrados. Los dolores eran periféricos, incidentes menores de una infancia protegida: una rodilla raspada cuya sangre se limpiaba con un beso, un juguete de madera astillado que papá reparaba en su taller con el olor a serrín y pegamento. Había una cura inmediata para cada tragedia. La vida era una fórmula mágica donde el amor de mis padres era la variable que siempre resolvía la ecuación.

Yo no conocía otra forma de afecto que no fuese la entrega absoluta. No sabía que el amor podía ser condicional, o que podía agotarse, o que podía ser insuficiente frente a la brutalidad de la realidad. Mi horizonte era plano, nítido, sin una sola nube que presagiara la tormenta. Creía, con una fe que hoy me da escalofríos, que esa armonía era mi destino natural.

Pero la perfección, cuando es tan absoluta, tiene un filo invisible que termina por cortarte mientras duermes.

Fue una noche cualquiera. Estaba bajo mis sábanas limpias, en ese refugio que olía a lavanda y a seguridad, donde las sombras de las paredes eran solo dibujos proyectados por la luna. El sueño estaba por vencerme, pero en lugar del descanso, apareció una pregunta. No vino de afuera; nació en el fondo de mi propia mente como un susurro cargado de veneno. Una duda pequeña, afilada, que empezó a rozar el cristal de mi burbuja.

¿Qué pasaría si el mundo fuera más grande que el amor de mis padres? ¿Qué pasaría si llegara un dolor tan hondo que ni siquiera sus manos supieran cómo alcanzarlo?

Me quedé inmóvil, sintiendo por primera vez que la manta no era un escudo, sino solo un pedazo de tela. El silencio de la casa, que antes me arrullaba, se volvió de pronto una amenaza. Los ruidos habituales —el crujir de la madera, el viento en las hojas del jardín— empezaron a sonar como advertencias. Yo no lo sabía, pero bajo esa blancura impecable de mis sábanas, el desborde ya había encontrado la primera grieta. El eco de mamá todavía flotaba en el aire, pero por primera vez, no fue suficiente para hacerme dormir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.