La mujer no respondió enseguida. Caminó hasta una estantería baja, sacó un libro distinto a los demás. No era grande ni antiguo a simple vista, pero algo en él se sentía… pesado. No por el material. Por lo que contenía. Estaba escrito en un lenguaje que no conocía pero que en el fondo reconocía.
Lo apoyó abierto sobre la mesa.
—Escucha con atención —dijo—, porque esto no se repite.
Pasó las páginas sin leerlas hasta detenerse en una marcada con símbolos en los márgenes. Apoyó un dedo.
—Los Aeralith no abandonan su propósito. Lo suspenden. Vos lo hiciste.
Levanté la vista.
—¿Propósito?
—Guías de tránsito del alma —respondió, sin rodeos—. Acompañan procesos que los humanos no recuerdan después pero su alma si, al igual que te abra pasado a ti. Aprendizajes. Culpa. Pérdida. Karma. Emociones que no saben manejar solos. No juzgan. No salvan. Sostienen.
Sentí un cansancio antiguo recorrerme la espalda, como si mi cuerpo recordara antes que mi mente.
—Es un trabajo agotador —continuó—. No físico. Existencial. Por eso, cada cierto ciclo, algunos Aeralith eligen algo distinto: vivir como humanos.
—¿Para descansar?
—Para sentir sin responsabilidad —corrigió—. Para equivocarse sin consecuencias universales. Para amar sin cargar con el equilibrio de otros.
Tragué saliva.
—Yo… elegí esto.
—Sí. Observabas a los humanos desde afuera hacía demasiado tiempo. Te llamó la atención su fragilidad. Su intensidad. Decidiste experimentar una vida completa, limitada, real. Aceptaste olvidar quién eras. Eso y lo que te dije anteriormente.
—¿Y ahora?
Cerró el libro de golpe. El sonido fue seco.
—Ahora ya no podes sostener las dos cosas.
El silencio pesó.
—Cuando tus hijos nazcan —dijo—, tu adaptación termina. El cuerpo ya está cambiando porque ellos no pueden gestarse en una forma incompleta. Vos no vas a ser mitad y mitad mucho tiempo más.
—¿Y Alex?
La mujer me miró como si esa fuera la pregunta más peligrosa de todas.
Abrió el libro otra vez, en la misma página.
—Regla fundamental —leyó—: si un Aeralith forma vínculo profundo con un humano, ese vínculo queda condenado a romperse… salvo en casos excepcionales.
—¿Excepcionales cómo?
—Si el humano acepta dejar su vida atrás.
Sentí el estómago cerrarse.
—No es una invitación —aclaró—. Es una renuncia absoluta para esta vida y en todas las que vienen. Identidad. Rutina. Seguridad. Tiempo humano. No todos sobreviven al proceso. Algunos enloquecen. Otros se vacían. Otros mueren.
—¿Qué proceso?
—Pruebas —dijo—. No físicas solamente. Pérdidas. Decisiones irreversibles. Dolor. Porque nadie puede acompañar a un Aeralith sin entender lo que cuesta sostener a otros sin romperse.
—¿Y si no lo hace?
—Entonces vos vas a tener que seguir adelante sin él. Superar.
La frase cayó como un golpe limpio.
—¿Qué comen los Aeralith? —pregunté de repente, aferrándome a algo concreto—. ¿Dónde viven?
—No comen por necesidad —respondió—. Lo hacen por anclaje. Alimentos simples, naturales, preparados con intención. Viven entre humanos, pero nunca del todo dentro. Lugares de paso. Casas que no se sienten permanentes.
—¿Y siempre mantenemos nuestro físico Ae... —tratando de pronunciar el nombre.
— Aeralith —corrigió —Algunos tienen la capacidad de verse como humano, pero requiere de mucha experiencia.
Me sostuvo la mirada.
Me apoyé en la mesa. Las manos me temblaban.
—Yo no quería esto ahora —dije—. Yo solo quería vivir.
—Y lo hiciste —respondió—. Pero ese descanso terminó.
—¿Y mis hijos?
Su expresión cambió.
—Ellos no descansan. Ellos nacen completos.
El silencio volvió, más denso.
Cerró el libro y lo empujó hacia mí.
—Lee —ordenó—. Porque el tiempo ya no está de tu lado. Esto te dirá paso a paso lo que tendrás que hacer ahora y las posibles consecuencias.