Un Amor Contra El Destino

Capítulo 36 __El tiempo corre más rápido que yo

Miré el reloj. Había pasado menos de una hora desde que había salido de casa.

Demasiado poco para que todo se hubiera roto.
Demasiado para fingir que no había pasado nada.

Volví caminando. No quería pensar en el auto, en el encierro, en el silencio. Necesitaba llegar con el cuerpo cansado, como si eso justificara la cara que iba a poner.

Alex estaba en la cocina cuando entré. Camisa abierta, café recién hecho, esa normalidad absurda que siempre había sido un refugio.

—¿Todo bien? —preguntó, mirándome apenas—. Llegaste rápido.

Asentí. Dejé la cartera sobre la mesa. Me apoyé un segundo, respiré hondo.

El libro había sido claro: antes de la tercera luna.
La verdad no podía esperar a que yo estuviera lista.

—Tenemos que hablar —dije.

Eso sí logró que me mirara de verdad.

—¿Pasó algo con los bebés?

Negué con la cabeza. Y al mismo tiempo, asentí. No había una sola respuesta correcta.

—No es médico —dije—.

Se acercó, preocupado.

—Me estás asustando.

Bien. Mejor así.

—Amor... —empecé, y me detuve—. Si te digo algo que no tiene sentido… necesito que no te rías.

Parpadeó, incómodo.

—Eso no es buena señal.

—Prometelo.

Suspiró.

—Está bien. No me río.

Me senté. Él se quedó de pie, apoyado en la mesada, esperando algo concreto. No había forma suave de decirlo. El libro tampoco la había dado.

—Yo no soy completamente humana —dije.

Silencio.

—¿Eso es una broma? —preguntó al final.

—No.

Se rió igual. Corto. Nervioso.

—Ok. Buenísimo. Empezamos el día con humor raro.

No lo detuve. El libro decía que podía pasar. Que iba a pasar.

—Estoy embarazada de algo que no es del todo humano y ni yo tampoco —seguí—. Y mi cuerpo está cambiando porque ya no puede sostenerlo como antes. Mira.

Le mostre el cambio de la panza.

La risa se le apagó despacio.

—¿Qué estás diciendo? ¿Qué es esto?

—Que hay una parte de mí que no conocés. Que yo tampoco conocía, no recordaba. Y que se está despertando.

Me miró como se mira a alguien que se golpeó la cabeza.

—Amor… —dijo despacio—. Estás cansada. Asustada. Es normal. Debe ser por el embarazo los cambios y tu...

Lo interrumpí.

—Leí un libro que no estaba escrito en ningún idioma humano —dije—. Y lo entendí.

Se quedó quieto.

—Eso no es gracioso.

—No estoy intentando serlo.

Se sentó frente a mí. Me tomó las manos.

—Mirá —dijo—. Sea lo que sea que te dijeron, quien sea esa persona…—

—No me dijeron —lo corté—. Me mostraron. Y mi cuerpo respondió.

Me solté con cuidado. Levanté un poco la remera. No todo. Solo lo suficiente para que viera esa zona distinta en la piel.

—Tocá de nuevo —dije—. Suave.

—Ya toque, no es nada.

—Toca de nuevo, bien.

Dudó. Pero lo hizo.

Sus dedos se quedaron quietos sobre mi panza.

—¿Qué… es eso?

—No lo sé del todo —respondí—. Pero no es una enfermedad.

Me miró a los ojos. Ya no se reía. Tampoco entendía. Estaba entrando en otra cosa: miedo.

—¿Esto tiene que ver con los bebés?

Asentí.

—Son reales —dije—. Pero no normales.

Se levantó de golpe.

—No. No. Pará. Esto ya es demasiado.

—Lo sé.

—Primero lo del portal y... luego esto. Pero esto... tiene menos lógica.

Asentí preocupada tambien.

Caminó por la cocina. Se pasó una mano por el pelo.

—Necesitamos otro médico. Un especialista. Estudios. Algo lógico.

—Los estudios no van a mostrar lo que está pasando.

—Eso no lo sabés.

—Sí lo sé.

Me miró como si no me reconociera.

—¿Quién sos? —preguntó.

La pregunta me atravesó más que cualquier otra.

—La misma que ama esta vida —dije—. Y la misma que la va a perder si no hacemos algo.

—¿Pero ellos estarán bien pase lo que pase?

—Si. Ellos no sufriran ningún daño. Pero debo contarte más.

Se quedó callado, indicando que nesesitaba un respiro. Era demasiado para un día.

No dijo que se iba.
No dijo que me creía.
No dijo nada.

Y eso fue peor.

Esa noche no dormimos juntos. No peleamos. No hubo gritos. Solo distancia. La más peligrosa. Una vez más. Otra crisis.

En el baño, antes de acostarme, volví a mirarme al espejo. La zona de la panza era un poco más extensa. Apenas. Pero ya no podía fingir que era imaginación.

Apoyé la mano.

Sentí movimiento. Firme. Seguro.

—No voy a dejarlos —susurré—. A ninguno.

Pero el libro había sido claro.

No se puede salvar todo sin pagar algo.

Y el tiempo —ahora sí— ya estaba jugando en contra.




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