No fue una noche larga. Fue una noche tensa.
Alex no se fue de la casa, pero tampoco volvió a la cama. Lo escuché moverse por el living, abrir y cerrar cajones, servirse agua que no tomó. Cada sonido marcaba distancia. No era enojo: Estaba recalculando su realidad.
Cuando amaneció, yo ya estaba despierta.
El cuerpo me dolía distinto. No como cansancio. Como si algo estuviera ajustándose por dentro, probando límites nuevos. La piel de la panza ardía apenas, una sensación baja, constante. Me levanté antes que él, me vestí lento. Ropa amplia. Mangas largas. No por esconderme: por contenerme.
Alex apareció en la puerta del cuarto.
—No fui a trabajar —dijo.
Asentí.
—Yo tampoco puedo seguir como si nada —respondí.
Se sentó frente a mí. Tenía ojeras, los hombros tensos. No parecía alguien que acabara de despertarse, sino alguien que llevaba horas despierto luchando con una idea imposible.
—Anoche pensé que estabas teniendo un brote —dijo, directo—. Después pensé que era miedo. Después… ya no supe qué pensar.
—No te estoy pidiendo que creas —contesté—. Te estoy diciendo la verdad.
Se quedó callado un momento.
—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó.
La pregunta me sorprendió.
—No es “ellos” —dije—. Soy yo. Y algo que dejé en pausa hace mucho.
—¿Y ese libro? ¿Esa mujer?
—No es una secta. No es una religión. Es… una estructura. Reglas. Consecuencias.
—Siempre hay reglas cuando alguien quiere llevarte algo —dijo—. ¿Qué te piden?
Lo miré fijo.
—Que elija.
Se pasó la mano por la cara.
—Eso no es elegir. Eso es perder algo seguro por algo que no entiendes.
—Exacto.
El silencio volvió, espeso.
—¿Y los bebés? —preguntó—. ¿Qué pasa con ellos si no haces nada?
Respiré hondo.
—Van a nacer igual —dije—. Pero mi cuerpo no va a poder sostener lo que son. Ni ahora ni después. Y cuando crezcan se los van a llevar.
—¿Quién?
—El tránsito Aeralith. No es un lugar físico. Es… un paso. Cuando lleguen a cierta edad, no van a pertenecer más acá.
—¿Y vos?
—Si sigo siendo humana… no voy a poder acompañarlos.
Alex apretó la mandíbula.
—¿Y si elegís lo otro?
—Dejo de ser humana por completo cuando nazcan. Recupero lo que soy. Puedo verlos. Guiarlos. Protegerlos. Prepararlos. Vivir junto a ellos.
—¿Y yo?
Ahí estaba. La pregunta que el libro había puesto primero.
—Vos quedas fuera —dije—. A menos que…
—No —me cortó—. No me digas “a menos que” como si fuera una puerta abierta.
—No lo es —admití—. Es un camino que casi nadie termina. Y no puedo ayudarte. No puedo protegerte. No puedo detenerlo si empieza.
Se levantó. Caminó hasta la ventana. Miró la calle como si buscara algo que lo anclara.
Giró la cabeza.
—¿Y qué hacen los Aeralith? —preguntó—. De verdad. Sin poesía.
—Sostienen almas —dije—. Acompañan procesos que nadie quiere mirar. Personas muriendo sin resolver culpas. Vidas rotas que se repiten. Emociones que se desbordan. No corrigen. No salvan. Se quedan ahí hasta que la enseñanza se entiende.
—Eso suena a condena eterna.
—Es agotador —admití—. Por eso elegí descansar. Por eso elegí ser humana. Quería sentir algo que se terminara. Una vida con bordes.
Me miró.
—¿Lo recuerdas o te lo dijo?
—Me lo dijo y lo creo. Alex no son solo palabras, son cambios también.
—¿Y ahora te arrepentís?
—No —dije—. Pero el descanso terminó.
Golpeó la mesa con la mano, seco.
—Esto no es justo.
—Nunca lo fue.
Nos quedamos frente a frente, sin saber qué decirnos.
—Si acepto —dijo al fin—, dejo de ser quien soy.
—Alex no es tan fácil.
—Lo hare Liria. Son mis hijos también.
—Puedes morir.
—Lo intentare. Prometí hacer lo que fuera por mis hijos.
Se sentó otra vez. Apoyó los codos en las rodillas.
—Dame tiempo.
—No tenemos mucho.
—Dame igual. Un segundo.
Asentí.
Ese mediodía volví a sentir el tirón interno. Más fuerte. No dolor. Dirección.
Lo miré.
—Vamos.
—¿A donde?
—Solo sígueme.