Un Amor Contra El Destino

Capítulo 39 __Esto ya empezó

Flor no se sorprendió cuando Alex habló.
Eso fue lo que más me inquietó.

No levantó la voz. No dio un paso atrás. Solo sostuvo su mirada con calma, como si ya supiera la respuesta desde antes de que él cruzara la vereda.

—Sí —dijo—. Ahora.

La palabra cayó pesada, definitiva.

Alex parpadeó una vez. Yo seguía inmóvil, con la mano aún aferrada a la suya, como si soltarlo implicara perderlo antes de tiempo.

Flor cerró la puerta con cuidado. No la trabó. No hizo falta. El mundo de afuera había quedado demasiado lejos.

—Antes de comenzar —continuó—, hay cosas que tienes que saber. Y cosas que tienes que hacer.

Se acercó despacio, como quien mide cada paso para no romper algo invisible.

—El tránsito no empieza con rituales ni con símbolos —dijo—. Empieza con cortes.

Alex tragó saliva.

—¿Qué tipo de cortes?

Flor no respondió de inmediato. Fue hasta la mesa, apoyó las manos sobre la madera y habló sin rodeos.

—Despedidas.

El silencio se tensó como una cuerda a punto de romperse.

—Vas a tener tiempo —explicó—. Tú también. Poco, pero suficiente. Tiempo para ver a la gente que amas. Para mirarlos bien. Para decir lo que nunca dijiste o callar lo que no debe ser dicho.

—¿Y después? —preguntó él tragando saliva.

—Después no vas a volver a comunicarte con ellos.

Sentí que el aire me abandonaba los pulmones.

—¿Nunca más? —dije, sin poder evitarlo.

Flor me miró con una mezcla de respeto y dureza.

—Tal vez una vez —admitió—. Pero solo de lejos. En circunstancias muy específicas. Pero no como esperan. No como recuerdan. Para ellos, vas a desaparecer.

Alex cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo distinto en su mirada. No miedo. Conciencia.

—¿Van a sufrir? —preguntó.

Flor asintió.

—Sí. Tu ausencia. Te extrañaran. No solo a ti. A ella. Y la de tus hijos.

—¿Van a odiarme?

—No.

—¿Van a olvidarme?

—Jamás —respondió—. Y eso es lo más difícil para ellos, pero peor que tu. Escucharlos, verlos sabiendo que estás pero no podes hablarles. Será desgarrador. Tanto para ti como para ellas.

El silencio volvió a caer, más pesado que antes.

—¿Y mis hijos?

—Leve. Solo tendrán deseo de haber conocido a sus abuelos.

—No debes explicarles la verdad —continuó ella—. No podes prometer volver. No podes dejar puertas abiertas. Porque cualquier lazo que intentes sostener te va a tirar hacia atrás cuando el tránsito empiece. Es una promesa rota, vacía.

Alex apretó los dientes.

—¿Y ella? —preguntó, mirándome—. ¿También tengo que despedirme de ella?

Flor negó lentamente.

—De ella no. Ella ya está del otro lado del umbral. Lo que queda entre ustedes no se corta así. Ella estará viéndote en ocasiones, sintiendo tus gritos en pequeños momentos. Y su fe en ti, su confianza la sentirás, eso te animara, tal vez no mucho pero será suficiente para luchar contra todo lo que venga, y por tus hijos aún más.

Mis dedos temblaban alrededor de los suyos.

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó él.

Flor levantó la vista hacia la ventana, como si leyera algo que solo ella podía ver.

—Dos días —dijo—. Para comenzar. Tal vez menos. El cuerpo ya empezó a responder a la decisión, aunque todavía no la hayas pronunciado del todo.

Alex respiró hondo.

—¿Y después de las despedidas que sigue?

Flor dio un paso hacia él.

—Regresa. Solo. Sin objetos personales. Sin anillos, sin relojes, sin nada que te ancle a una línea de tiempo que ya no te va a pertenecer.

—Yo quiero acompañarlo —fruncí el seño.

—No puedes. Debe concentrarse.

—Me concentrare. Lo prometo. —insistió Alex.

—No. Imposible. Está por dar a luz, cualquier contracción le causara dolor y hará ruido.

—Voy a volver. —acepto.

No fue una promesa. Fue una decisión.

Flor se apartó, dejándonos espacio.

—Entonces vayan —dijo—. Abracen. Escuchen. Observen. Porque cuando tu cruces de verdad, los recuerdos van a doler distinto.

Alex se giró hacia mí.

No dijo nada. No hizo falta.

Apoyé la frente contra su pecho. Escuché su corazón. Fuerte. Humano. Todavía.

—Te voy a esperar. Te amo. —le susurré.

Me besó el cabello, largo, profundo, como si quisiera memorizar ese instante en cada célula. Como si estuviera apunto de perderme. Teníamos fe, pero en el fondo la derrota la sentíamos.

Abrimos la puerta.

Antes de salir, Flor habló:

—Cuando regreses —dijo—, no vas a ser el mismo hombre que se va hoy. Y ese es el primer precio.

Y antes de cerrar la puerta por completo sus últimas palabras resonaron:

—Esto ya empezó —dijo en voz baja.




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