No volvimos a hablar hasta que estuvimos a varias cuadras de la casa de Flor.
No porque no quisiéramos, sino porque cualquier palabra hubiera sido una grieta. Y ya había demasiadas.
Alex caminaba despacio, adaptando el paso al mío sin decirlo. Cada tanto bajaba la mano y rozaba la mía, como verificando que seguía ahí. Como si ese contacto mínimo fuera una forma de anclarse al presente.
—¿Quieres ir a casa? —preguntó al fin.
Negué con la cabeza.
—No —dije—.
No preguntó más. Nunca lo hacía cuando intuía que la respuesta era más grande que la pregunta.
Giramos hacia el parque. El mismo donde solíamos ir los domingos por la tarde, cuando el mundo todavía tenía forma de rutina. Los árboles estaban casi desnudos. El otoño había avanzado sin pedir permiso, igual que todo lo demás.
Nos sentamos en el banco de siempre.
No hablamos.
Alex se sacó la campera y la apoyó sobre mis hombros con un gesto automático, antiguo. Yo la acepté sin protestar. No por frío, sino porque necesitaba ese gesto. Esa normalidad mínima.
Me apoyé en su hombro. Él acomodó el brazo alrededor de mi espalda con cuidado y la otra rodeando mi barriga, protegiendo la panza sin mirarla directamente. Como si temiera que, al hacerlo, algo se volviera demasiado real.
—¿Te acuerdas la primera vez que vinimos acá? —dije en voz baja.
Sonrió apenas.
—Estabas convencida de que ese perro te odiaba.
—Me odiaba.
—Te amaba —corrigió—. Solo que vos no confías en nadie que no te mire con solemnidad.
Solté una risa corta. Se me quebró enseguida.
Alex apretó el brazo.
—Ey.
—No quiero que este sea un recuerdo triste —dije—. No quiero que cuando pienses en hoy… duela así.
Me miró.
—Va a doler igual —respondió—. Pero va a doler bien. Porque estamos juntos. Aunque luego no te vea, siempre lo estaremos.
Se inclinó y besó mi sien. No fue un beso urgente ni desesperado. Fue lento. Presente. Como todo lo que importaba.
Nos quedamos ahí hasta que el cielo empezó a cambiar de color.
Después caminamos. Sin rumbo claro. Entramos a un café pequeño, de esos que sobreviven a fuerza de costumbre. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana.
Alex pidió lo de siempre. Yo no pedí nada.
—¿No tienes hambre? —preguntó.
—No —dije—. Tengo miedo de olvidar este momento si me distraigo.
No insistió. Tomó su taza con ambas manos, pero no bebió.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —dijo de pronto.
Negué.
—Que no puedo prometerte nada espectacular —continuó—. No puedo decirte “todo va a salir bien”. No puedo jurarte que voy a lograrlo.
—No necesito eso —respondí—. Nunca lo necesité.
Me miró, sorprendido.
—Necesito saber que vas a hacerlo como sos —seguí—. Que vas a caminar aunque tengas miedo. Que vas a caer y levantarte aunque nadie te vea. Que no vas a olvidarte de quién sos cuando todo intente borrarte. Que nunca te rendirás. Piensa que el dolor más grande no es el que sentirás en ese momento, sino en el después.
Apoyé la mano sobre su pecho.
—Eso ya es suficiente.
Sus ojos se humedecieron, pero no lloró. Nunca lloraba cuando sentía que debía sostenerme.
—Te amo —dijo—. No por lo que está pasando. No por los hijos. Te amo porque incluso ahora… incluso así… te elegiría otra vez. No te juro encontrarte en otra vida, ya sabes lo que paso —soltó una risa mínima.
Reí también.
Sentí el tirón interno. Ese latido extraño, profundo. Como una respuesta.
—Yo también —susurré—. Y no importa en qué forma. No importa dónde. Siempre estarás conmigo.
Salimos del café, parecía que el cielo no había cambiado nada.
Caminamos más. Entramos a una librería. Alex tomó un libro cualquiera, lo hojeó sin leerlo y lo volvió a dejar en su lugar.
—No me voy a llevar nada —dijo—. Pero quería… tocar algo normal una vez más.
Asentí.
Después fuimos a despedirnos de nuestra familia que no veíamos desde el baby shower. Sentía el arrepentimiento de no haber pasado más tiempo con ellos, estaba tan enfocada en mi vida, mi futuro, Alex, mis hijos... que perdí tiempo con ellos.
Tocamos su puertas una por una. Despidiéndonos. Sin decir la verdad. Solo disfrutábamos el último momento que teníamos junto a ellos. Tal vez yo tenia unos días más, pero sola no podría hacerlo.
Cenamos despacio. Casa por casa, explotábamos, pero lo valía.
Lavamos los platos. Él los lavaba. Yo los secaba.
Pasamos toda la noche hasta lo más tarde que pudimos con ellos. El dolor de cada palabra que decíamos pesaba más que cualquier otra cosa.
Nadie preguntó lo que no estaba preparado para escuchar.
Nosotros tampoco ofrecimos respuestas.
Había una delicadeza extraña en cada gesto: en cómo servían el café, en cómo repetían historias que ya conocíamos de memoria, como si el tiempo pudiera estirarse si nadie lo empujaba a avanzar. Reímos cuando correspondía. Bajamos la mirada cuando el silencio se volvía demasiado largo.
En algún momento, alguien dijo que ya era tarde.
Nadie se levantó.
Yo observaba los detalles mínimos: una grieta en la pared, el reloj detenido desde hacía años, la forma en que él apoyaba la mano sobre la mesa para asegurarse de que seguía ahí. Pensé que tal vez eso era lo único que podía llevarme conmigo: la certeza de haber mirado bien.
Nos despedimos sin palabras definitivas.
Sin promesas.
Sin gestos que parecieran un final.
Abrazos de un segundo más largos de lo habitual.
Manos que se soltaban despacio, como si el cuerpo se negara a obedecer.
Cuando cerramos la última puerta, no dijimos nada.
La casa quedó detrás, intacta, respirando como si no supiera que algo acababa de romperse.
Caminamos juntos.
Yo tal vez tenía unos días más.
Él lo sabía.
Y aun así, no me dejó hacerlo sola.
Sobre la mesa dejamos una carta para que fuera comunicada a todos. No llevaba nombres ni fechas, tampoco explicaciones. Solo lo necesario para que nadie se sintiera abandonado y, al mismo tiempo, para que nadie intentara detener lo inevitable.