El dolor empezó como una advertencia.
No fue un golpe ni una urgencia inmediata. Fue un tirón profundo, distinto a todo lo anterior. No venía del cuerpo solamente, sino de algo más abajo, más adentro, como si una puerta invisible hubiese comenzado a ceder.
Abrí los ojos.
La habitación estaba en penumbra. El reloj marcaba las 2:07 de la madrugada.
Respiré hondo, esperando que se disipara. No lo hizo.
Alex se movió a mi lado casi al instante, como si mi cuerpo hubiera hecho ruido aunque yo no lo hiciera.
—¿Qué pasa? —susurró, incorporándose.
No respondí enseguida. Apoyé una mano sobre mi vientre. La piel estaba tibia, vibrante. No dolorosa… activa.
—Creo que ya van a nacer—dije al fin—. Alex van a nacer.
Alex se paro enseguida entusiasmado, asustado, nervioso. Se Puso los zapatos, agarro el bolso que habíamos preparado para este momento.
—Alex. No podemos ir a un hospital —dije, más como afirmación que como pregunta.
—Te llevaré con Flor, seguro sabe que hacer.
Asentí.
Enseguida subimos al auto. Las calles estaban oscuras, algunas iluminadas con los faros, el cielo estaba estrellado, la luna llena brillaba como nunca y el mar quieto sin ninguna ola.
—¡Rápido Alex, no aguanto más!
—Voy lo más rápido que puedo, ya falta poco.
El dolor me invadía, sentía que no llegaría a tiempo, esas pocas cuadras que faltaban se hacían eternas.
—¡Llegamos!
Me agarro enseguida y me llevo con Flor.
Golpeo una y otra vez la puerta sin parar ni un segundo. Enseguida nos abrió.
Alex paso enseguida.
—¡Ayúdanos por favor van a nacer!
—Acuéstala allá con prisa —fue a buscar todo lo necesario.
—Pásame las toallas.
—Agua.
—Manta
—Estoy acá —repetía él—. A tu lado. Quédate conmigo.
—No empujes todavía —indicó Flor—. Escúchalos.
Cerré los ojos.
Y los sentí.
Dos pulsos claros, conscientes, alineados conmigo. Tenía miedo. Pánico de todo lo que podría suceder. No podía hacer nada, solo seguir instrucciones.
Cuando el cuerpo pidió, empujé.
Cuando debía parar, pare.
Cuando debía respirar. Respire.
Y cuando el dolor me invadía, Gritaba como nunca, sintiendo que me moría. Mis esperanzas se apagaban, no lo lograría.
—¡Alex no creo que llegue!
—Tu puedes, respira.
—¡No puedo!
—¡Si puedes! —Sí puedes —repitió susurrando. La voz de Alex me atravesó el ruido, firme, desesperada—. Mírame. Estoy acá. Respira conmigo.
El cuerpo no esperó a que yo creyera. Empujó solo, como si ya supiera el camino.
El dolor subió, agudo, absoluto. Sentí que algo se desgarraba.
—Ahora —ordenó Flor—. No te resistas. Déjalo salir.
Empujé otra vez.
Y entonces pasó.
Una presión final, un alivio violento… y de pronto el aire cambió.
Un sonido nuevo llenó la habitación.
Un llanto.
No débil. No confuso. Claro. Firme. Como si anunciara su llegada en lugar de pedirla.
—Ya está —dijo Flor, con una calma que parecía imposible—. Ya salió el primero.
Alex soltó un sollozo que no intentó contener.
—¿Está bien? —preguntó, con la voz rota.
—Está perfecto —respondió ella—. Alex, acércate. Sostenlo.
Lo vi dudar un segundo, paralizado entre el miedo y la emoción. Flor le extendió al bebé envuelto apenas en una toalla.
—Con cuidado —le indicó—. Apóyalo contra tu pecho. Que te sienta.
Alex lo tomó.
Sus manos temblaban. Todo su cuerpo temblaba. Pero en cuanto el bebé quedó contra él, algo se acomodó. El llanto se apagó de a poco, como si reconociera ese latido.
Alex bajó la cabeza, llorando abiertamente.
—Hola… —susurró—. Hola, hijo. —Es hermoso Liría. Sus ojos son increíbles.
Yo apenas podía verlo. Solo veía su poquito cabello blanco como la Luna, pero lo sentí. Una presencia luminosa, tibia, anclada. No era solo amor. Era reconocimiento.
—No te vayas —dije, ahogada—. Falta el otro.
—Estoy contigo me respondió. Aquí estoy amor.
Flor ya estaba de nuevo conmigo.
—Falta uno más—advirtió—. Haremos todo lo mismo.
Cerré los ojos otra vez.
El segundo pulso seguía ahí. La misma profundidad. Intenso. No apurado. Esperando su momento.
El dolor regresó, distinto. Más fuerte. Más exigente.
—Respira —me dijo Flor—.
Empujé.
El cuerpo ardía. Cada músculo gritaba. Sentí que me partía en dos.
—¡No puedo! —grité—. ¡No puedo más! ¡Ya no!
—¡Escúchame! Escúchame Liría —me decía Flor, primero gritando preocupada, alarmada, y luego susurrando. —Tu puedes, solo falta uno.
—Sí podes —dijo Alex, sin soltar al bebé—. Te estoy viendo. Te estoy sosteniendo. No estás sola.
Flor apoyó una mano firme sobre mi abdomen.
—Ahora —dijo—. Todo lo que te queda. No te guardes nada.
Empujé con un grito que no reconocí como mío.
Y entonces… silencio. Alivio.
Un segundo eterno.
Y después, otro llanto.
Distinto al primero. Más grave. Más profundo. Como si viniera de más lejos.
—Ya está —dijo Flor, con una sombra de asombro en la voz—. Ya nacieron.
Mi cuerpo empezó a no responderme. Mis ojos se cerraban lentamente.
—¡Liría! ¡Quédate conmigo! ¡Haz algo!
—¡Liría! ¡Liría!
Sentía sus voces gritando. Cada vez más bajas.
Hasta que mi cuerpo dejo de responder por completo.