No sentí oscuridad.
Eso fue lo primero que me sorprendió.
Esperaba el vacío, el apagón absoluto, pero en su lugar hubo una pausa tibia, como cuando el mar se repliega antes de volver a respirar. No había dolor. Tampoco alivio. Solo una quietud profunda, envolvente, que no exigía nada de mí.
Escuché voces.
Lejanas al principio. Como si llegaran a través de agua espesa.
—Está respirando —dijo Flor.
La frase no era urgente. Era firme. Anclada.
—Pero no despierta —respondió Alex, y su voz sí temblaba—. Flor… decime que no se va.
Quise decirle que estaba ahí. Que no me había ido. Que todavía sentía su miedo vibrándome en el pecho, incluso sin cuerpo.
Pero no podía moverme.
No podía hablar.
Solo escuchar.
—No se está yendo —contestó Flor—. Está cruzando un umbral. Es distinto. Descansa del dolor y se prepara para lo que es.
Hubo un silencio breve. Lo suficiente para que el mundo contuviera el aliento.
—¿Y los bebés? —preguntó Alex.
—Están bien —respondió ella—. Demasiado bien.
Algo en su tono cambió. No preocupación. Atención.
—Alex —dijo después—. Necesito que los mires con cuidado. No como padre. Míralos como lo que son.
Escuché un movimiento. Una respiración contenida.
—Dios… —susurró él.
No podía verlos, pero los sentí.
Dos presencias claras, despiertas. No lloraban. No se agitaban. Observaban. Como si ya entendieran el espacio que ocupaban.
—No están buscando calor —continuó Flor—. Ni alimento. Están esperando.
—¿Esperando qué? —preguntó Alex, casi sin voz.
—A ella.
Algo tiró de mí entonces.
No dolor. No urgencia.
Dirección.
Sentí el peso de mi cuerpo volver de golpe. El aire entrando a los pulmones como una ola inesperada. El ardor suave, real. Humano.
Abrí los ojos.
La luz era baja. Cálida. Alex estaba frente a mí, inclinado, con el rostro desencajado de alivio y miedo. Tenía uno de los bebés contra el pecho. El otro estaba en brazos de Flor.
—Liría… —dijo—. Liría, mírame.
Lo hice.
Y el mundo volvió a encajar.
—Estoy acá —murmuré. Mi voz sonó gastada, pero era mía.
Alex se quebró. No intentó ocultarlo. Se inclinó, apoyó la frente contra la mía con cuidado de no aplastarme.
—Pensé… —no terminó la frase.
—Lo sé —respondí.
Flor se acercó.
—No tenemos mucho tiempo —dijo sin rodeos—. Cuando sean las 6:00 am tengo que empezar con lo de Alex.
Giré la cabeza apenas, lo suficiente para verlo y luego a mis hijos.
No eran como los había imaginado.
Sus ojos estaban abiertos, demasiado atentos para recién nacidos. Sus ojos eran color ámbar pero no comunes, brillantes, claros sin perder esencia. Sus cabellos, cejas, pestañas y uñas, eran blancas, blancas como la Luna y brillantes como las estrellas.
—Me reconocen —dije.
No era una pregunta.
Flor asintió.
—Y te están llamando.
Alex se tensó.
—¿Qué significa eso?
Flor lo miró con una seriedad absoluta.
—Que el tránsito no espera. Que el nacimiento los activó. Y que si ella se queda demasiado tiempo en este estado, en este mundo… no va a poder ir con ellos.
Sentí el tirón interno. Más claro ahora. No era dolor. Era invitación.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté.
Flor respiró hondo.
—Tenes que decidir si cruzas ahora o si te quedas un poco más. Pero no por amor humano. No por miedo. Por conciencia.
Alex me miró. No habló. No me pidió nada.
Y eso fue lo que más me dolió.
—Cruzo —dije despacio—, ¿Qué pasa con él?
Flor no endulzó la respuesta.
—Empieza su camino. El que aceptó.
—¿Y si me quedo?
—Lo retrasas. El costo se acumula. En vos. En ellos. En él. Es un cambio pequeño pero no invisible.
Miré a Alex. A mis hijos. A Flor.
Extendí la mano. Flor y Alex me alcanzaron los dos bebes.
—¿Cómo cruzo? —pregunté.
—Para eso debo abrirte el portal.
—¿Qué necesitas para eso? ¿Te falta algo?
—Tengo todo lo necesario.
Tomó una vela negra del estante, la encendió sin fósforo —solo con los dedos— y empezó a moverse por la casa como si cada paso estuviera memorizado desde hacía años. Yo sentía el cuerpo raro, liviano, distinto. El dolor se había ido de golpe y, con él, algo más.
—Los bebes irán contigo—dijo—. No pueden quedarse de este lado.
Flor abrió una puerta que nunca antes había visto. Daba a un sótano angosto, de paredes de piedra antigua. El aire ahí abajo no era húmedo ni frío: era limpio, como después de una tormenta.
—Esto es lo último que vas a tocar siendo humana—me dijo mientras bajábamos—. Después de esto, no hay marcha atrás.
Me apoyé en la pared un segundo. Miré mi vientre.
Estaba bajando.
No de golpe, no de forma violenta. Simplemente se desinflaba, como si el cuerpo estuviera soltando algo que ya no necesitaba sostener.
—Bueno —murmuré, con una sonrisa cansada.
Flor me miró apenas, con una mueca que casi parecía una sonrisa.
—Empieza —dijo—. Ya empezó.
En el centro del sótano había un círculo marcado en el suelo, casi invisible. Flor colocó las velas alrededor, murmurando palabras que no reconocí pero que mi cuerpo sí. Cada sílaba hacía que la piel me hormigueara. El pulso cambió. La temperatura también.
Sentí el primer cambio físico con claridad.
El latido del corazón se desaceleró. No por debilidad, sino por precisión. Mi respiración dejó de ser necesaria y pasó a ser opcional. La espalda ardió un segundo y luego nada. Paz.
Flor levantó las manos.
El aire frente a mí se plegó.
Alex mientras observaba.
No se abrió como una puerta: se afinó, como una cortina de agua que alguien hubiera corrido apenas. Del otro lado no había oscuridad.
Había luz.
No una luz que encandilara, sino una que envolvía. Colores que no tenían nombre. Una profundidad que no daba vértigo, sino hogar. Sentí el lugar antes de verlo del todo, como si siempre hubiera sido mío.