El cambio fue inmediato.
Apenas crucé, el peso terminó de irse.
No caí. No floté. Simplemente estuve de pie.
El lugar era amplio, abierto, sin paredes visibles. El suelo era firme, claro, como piedra pulida que no reflejaba pero tampoco absorbía la luz. No había sol ni sombras marcadas. Todo estaba iluminado de forma pareja, constante. No molestaba a los ojos.
El aire era limpio. Real. Se respiraba, aunque no parecía necesario hacerlo.
Miré mis manos.
No eran las mismas.
La piel ya no tenía marcas, ni cansancio. No estaba pálida ni caliente: estaba estable. Las venas no se notaban. Los dedos eran más largos, más definidos. Al tocarme el pecho, el corazón latía, pero distinto. No rápido. No lento. Exacto. Mi cabello era blanco, al igual que mis hijos. Mi cara se sentía más suave al igual que el algodón.
Bajé la mirada hacia mi vientre.
Plano.
Sin dolor. Sin presión. Sin restos del esfuerzo de horas atrás.
—Bueno… —murmuré—. Algo bueno tenía que haber —reí apenas.
Los bebés estaban conmigo.
No los sostenía con los brazos. Estaban a mi lado, flotando envueltos en una especie de manta clara que parecía parte del lugar. Dormían. Tranquilos. No lloraban.
No estaba sola.
Levanté la vista.
Había otros.
No muchos, pero suficientes para sentir que ese lugar tenía habitantes. Caminaban despacio. Algunos se detenían al verme. Otros seguían con lo que estaban haciendo. Todos tenían algo en común: la misma presencia firme. No eran idénticos, pero sí parecidos. Como si compartiéramos una misma base.
Uno de ellos se acercó.
No habló con la boca.
Pero lo entendí igual.
Llegaste. Bienvenida, te estábamos esperando.
Asentí sin pensar.
—Sí.
Otro se sumó, colocándoce del otro lado.
—Bienvenida Liría.
Miré a mis hijos.
—Gracias.
No hubo celebración. No aplausos. No dramatismo.
Solo aceptación.
Me indicaron un camino con un gesto simple. Avancé.
El lugar donde me llevaron era más tranquilo. Una zona más cerrada, aunque sin paredes. Había superficies donde uno podía recostarse. No camas. Algo más firme, más funcional.
Necesitas detenerte un momento, descansa, me dijeron.
No sonó como una orden.
Sonó como un hecho.
Me senté. Luego me recosté.
El cuerpo respondió solo. Se acomodó. Cerré los ojos. En lo único que podía pensar era en Alex.
Y en cuanto lo hice, lo sentí.
No fue un recuerdo.
Fue una conexión.
Alex.
Lo vi como si estuviera ahí.
La casa de Flor. La misma habitación. Flor de pie, concentrada. Alex frente a ella, tenso, respirando con dificultad.
—No entiendo —decía Flor—. Debería responder. Ya empezó el proceso.
Alex apretaba los puños.
—¿Qué significa eso?
Flor revisaba el círculo, las marcas, las velas.
—Que algo no encaja —respondió—. No es resistencia. No es miedo. Es como si… algo no quisiera soltarse.
La escuché suspirar.
—Intenta otra cosa—admitió—.
Abrí los ojos de golpe. Respire unos segundos y volví hacer lo mismo.
—No hay otra manera, es la única.
—Intenta otra vez.
Intentaron más de veinte veces y todo fue un fracaso. De vez en cuando dejaba de observarlos para atender a mis bebes, alimentarlos y atenderlos.
Volví a mirar.
Quedé mirando por horas interrumpidas para cuidar a mi bebes. Todas las veces que fallaron en el intento. Se detuvieron antes del amanecer.
—Descansa. Quédate en esa sala, yo seguiré investigando.
Alex quiso ayudar pero ella se negó. Él necesitaba descansar.
—Buenas noches amor —susurre, con esperanza que en el día de mañana todo se lograría. La tercera Luna llena.