Un Amor Contra El Destino

Capítulo 44 __Lo perdimos para siempre

El llanto de mis bebés me arrancó del letargo en plena madrugada. No era un grito de auxilio, sino ese lamento corto, rítmico e insistente que se enreda en los oídos y prohíbe el descanso. Me incorporé mecánicamente, aún desorientada por el peso del sueño, y los tomé en mis brazos uno a uno. Los alimenté en el silencio de la noche, cambié sus ropas y los acomodé con ternura. Pronto, la respiración de ambos se volvió profunda y rítmica; se durmieron como si el mundo fuera un lugar en perfecta paz.

Pero para mí, la paz se había terminado.

Me quedé allí, recostada, observándolos. Cerré los ojos una y otra vez, suplicándole a mi cuerpo que se apagara, pero el sueño se negaba a volver. No había ruido, no había peligro aparente, pero el aire se sentía cargado.

Cerré los ojos por última vez, y entonces, la conexión volvió.

La visión de la casa de Flor se materializó ante mí.

Era de mañana. La luz grisácea se filtraba por las ventanas, iluminando la sala donde dormía Alex. Y del otro lado estaba Flor, llevaba las ojeras marcadas como sombras permanentes y los ojos inyectados en sangre por la vigilia. Caminaba de un lado a otro en un estado de agitación contenida, repasando con dedos temblorosos el círculo, los símbolos grabados y los libros abiertos. Nada. El portal permanecía sellado, una puerta muda ante sus ruegos.

—No debería ser así —susurró ella, con la voz rota—. Todo está correcto. Cada trazo, cada palabra...

En la sala contigua, el tormento de Alex era distinto. Lo vi agitarse en sueños, atrapado en pesadillas que le arrancaban balbuceos inconexos. Mi corazón se encogió: quería estar allí, despertarlo con una caricia, rodearlo con mis brazos y decirle que todo estaría bien. Pero solo podía ser un testigo invisible, un apoyo espectral desde la distancia.

Cuando el despertador rompió el silencio, Alex se levantó con la pesadez de quien carga el mundo sobre los hombros. La frustración y el cansancio emanaban de él en ondas casi tangibles. Al entrar en la sala y ver a Flor, el silencio se llenó de presagio.

—Alex… —dijo ella suavemente, incapaz de sostenerle la mirada—. No pude abrirlo. Lo intenté de mil formas durante toda la noche y no hay respuesta. Todo está en su sitio, pero el portal no cede.

—¿Y qué pasará si no se logra a tiempo? —preguntó Alex. Su voz era un hilo de esperanza a punto de romperse.

—Desaparecerás por completo —sentenció Flor con dolor—. Tus vidas terminarán para siempre, sin Liría, sin tus hijos. Absolutamente nada.

Vi cómo los ojos de Alex se empañaban. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y, en ese instante, sentí su angustia como si fuera propia. Me dolió el centro del alma; su tristeza me atravesó, rompiéndome el corazón al saber que él me necesitaba y yo estaba atrapada tras el velo de otra realidad, impotente.

El llanto de mis bebés me trajo de vuelta a la fuerza. La conexión se cortó bruscamente y la realidad de mi presente me reclamó. Pasé el resto del día entregada a ellos, refugiándome en los cuidados, la alimentación y el juego para no sucumbir a los nervios. Sin embargo, por dentro, la incertidumbre me carcomía. El estrés y el ruido de la rutina me impedían concentrarme; necesitaba un segundo de quietud para volver a verlo, pero la paz me era esquiva.

Solo cuando cayó la noche, el caos cedió. Mis pequeños jugaban tranquilos en su cuna, esa extraña estructura de gelatina y barandas de piedra que tanto difería de las cunas de mi antiguo hogar. Al ver que el orden reinaba, me senté, respiré hondo y busqué desesperadamente el hilo que me unía a él.

Logré entrar justo a tiempo para escuchar la cuenta regresiva del destino.

—Faltan seis minutos para la tercera Luna Llena —dijo Alex, con una calma que me heló la sangre. Miró a Flor con una gratitud infinita—. Gracias por todo. Fuiste muy buena con nosotros e intentaste todo lo que estaba a tu alcance. No quiero que te sientas culpable. Te ganaste nuestro amor; estoy seguro de que, si ella y yo pudiéramos elegir con quién compartir nuestras vidas, te elegiríamos a ti.

El dolor que sentí al escuchar la despedida de Alex fue tan desgarrador que la conexión se cortó como un cristal rompiéndose. Mi mente no pudo soportar más la imagen de su rendición.

Me puse en pie de un salto, con el corazón golpeándome las costillas. Sin pensarlo, los cargué a ambos, protegiéndolos contra mi pecho, y salí hacia el centro de este lugar.

En el centro exacto se alzaba una fuente antigua, cuya agua no fluía por gravedad, sino que marcaba el ritmo del tiempo de este mundo que nos pertenecía. Me acerqué a ella con la respiración entrecortada. El reflejo del agua me mostraba el conteo final. El destino de Alex, el mío y el de nuestros hijos se decidía en esos latidos.

5 minutos. El aire se volvió denso. Mis brazos temblaban, pero apreté a mía hijos con más fuerza. "No puede terminar así", suplicaba en silencio.

4 minutos. Sentí un frío glacial recorriendo mi espalda. La distancia entre los mundos se sentía como un abismo insalvable. Miré el cielo de aquel lugar, buscando una señal, pero solo vi el avance implacable del tiempo.

3 minutos. Cerré los ojos con fuerza, tratando de enviarle a Alex cada gramo de mi energía, de mi amor, de nuestra existencia. El silencio a mi alrededor era absoluto, casi sepulcral.

2 minutos. El agua de la fuente empezó a brillar con una intensidad cegadora. Mis bebés sollozaron bajito, contagiados por mi terror. "Aguanta, Alex, por favor, aguanta", murmuraba entre dientes.

1 minuto. El último minuto se sintió como una eternidad agónica. Cada segundo era un golpe de mazo en mi pecho.

5 segundos. Mi visión se nubló.

2 segundos. El mundo pareció detenerse.

1 segundo.

Cero segundos.

El tiempo se agotó. El ciclo se cerró.

Con el alma en un hilo, volví a forzar la conexión una última vez, rogando ver un milagro. Pero lo que vi me destruyó.




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