Un Amor Contra El Destino

Capítulo 45 __Lo que queda cuando todo arde

El grito mudo seguía atrapado en mi pecho, una garra helada apretando mi corazón. La imagen de Flor destrozada y el vacío donde debería haber estado Alex se repetían en un bucle cruel. Me abracé a mis bebés, sintiendo sus pequeños cuerpos como el único ancla en el abismo de mi desesperación. Las lágrimas no llegaban; solo una sequedad dolorosa en los ojos, una aridez que quemaba. Me dolía el aire que respiraba, la luz que me rodeaba, la existencia misma.

¿Por qué? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué esta tortura interminable? Habíamos sido arrancados de nuestra vida, lanzados a un torbellino de magia, peligros y profecías. Lo habíamos soportado todo, habíamos luchado con cada fibra de nuestro ser, solo para terminar así, con el tiempo robándonos a la persona que más amábamos.

La furia se mezcló con el duelo. ¿Era esto una broma cósmica? ¿Un juego de seres crueles? Mis hijos gimieron, y esa pequeña muestra de vida me obligó a respirar, a recordar que no estaba sola, que ellos me necesitaban, se lo había prometido a él y a mi.

Con un esfuerzo que me pareció inhumano, bueno, era obvio ya no era humana, pero reuní las últimas gotas de mi voluntad. La fuente frente a mí seguía brillando, ajena a mi dolor. Me obligué a ponerme de pie, tambaleante, con mis bebés en brazos, susurrándoles promesas vacías que ni yo misma creía. Necesitaba salir de allí, recostarme en algún lugar donde pudiera desahogarme sin que su inocencia presenciara mi colapso.

Di un paso. Y luego otro. Mis ojos, apenas enfocados, se toparon con una figura inmóvil en el umbral de una de las entradas del lugar.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, no de miedo, sino de pura perplejidad.

Allí, de pie, había un Aesalith. Pero este era diferente a todo lo que había visto, incluso más allá de mi propia apariencia. Era significativamente más alto, imponente, con una presencia que dominaba el espacio. Sus orejas, en lugar de la suavidad de las mías, terminaban en puntas afiladas y elegantes. Su cabello, o lo que parecía ser su cabello, no era blanco como la luna con un halo azul brillante como el mío. El suyo resplandecía con una intensa luz naranja, como el fuego de un atardecer eterno, envuelto en un aura vibrante del mismo color. Y sus ojos… sus ojos eran esferas de un naranja ardiente, tan profundas que parecían absorber toda la luz, y dentro de ellas, ráfagas eléctricas de un azul intenso danzaban como pequeñas tormentas. Exudaba un poder que hacía vibrar el aire.

Mis rodillas cedieron, pero me aferré a mis hijos.

—¿Quién… quién eres? —logré balbucear, mi voz apenas un susurro roto por el dolor y la confusión. Una parte de mí quería gritar, otra parte solo quería entender.

Le grite tantas cosas, que nos dejará en paz, y tantas preguntas que no tenía resueltas.

Entonces, la figura habló. Y fue como si el universo se detuviera.

—Soy yo.

Esa voz. Grave, resonante, pero inconfundible. Sonaba como la voz de Alex.

Mi mente se negó a procesarlo. Lo había visto desaparecer, había sentido su final. Mis ojos, llenos de lágrimas contenidas, se fijaron en los suyos, buscando cualquier atisbo de la verdad.

—Alex… —El nombre se escapó de mis labios como una súplica.

La figura Aesalith dio un paso hacia mí, y la luz naranja de su aura se hizo más intensa.

—Sí, soy yo. Soy uno de ellos también. Flor… Flor se dio cuenta en el último instante, justo antes de que el segundo terminará. Cuando el tiempo se agotó, el cambio se completó dentro de aquí.

—¿Pero cómo se dio cuenta?

—Estaba sentado en el sillón y me rasqué el abdomen, al hacerlo apenas se levantó la remera, ella vio eso y me miro a los ojos, y en ellos vio ráfagas azules. Se dio cuenta de que soy un Aesalith... Arconte. Aún más poderoso.

—Lo que viste en mí, mis ojos con esas ráfagas azules, no era solo por la conexión que teníamos —continuó Alex, su nueva voz llena de una sabiduría ancestral—. Era la señal de que yo también era un Aesalith, como tú, pero con habilidades latentes que estaban dormidas. Soy un Aesalith con un alma más vieja, con una esencia que ha tomado descansos en vidas humanas, igual que tú. Solo que mis cambios fueron más lentos, se manifestaron más tarde, porque mis habilidades se despertaron en una fase diferente.

Me quedé boquiabierta, mi mente luchando por unir los pedazos de esta verdad increíble.

—¿Pero… Flor? La vi llorar, Alex. La vi destrozada —logré decir, mi voz temblorosa.

Alex sonrió, una sonrisa que era a la vez la suya y la de una entidad milenaria.

—Ella lloró por nosotros. Lloró porque nos extrañará, a Alex el humano y a la mujer humana que se fue con él y sus hijos. Su corazón sabía que la separación era inevitable. Pero no era el final, no como ella creía. Era… el principio. El inicio de la misión que debíamos cumplir.

Se acercó a mí, y la calidez de su aura, antes naranja, ahora se mezclaba con un suave azul que me envolvió.

Miré a Alex, al Aesalith Arconte poderoso y resplandeciente que ahora era, y luego a mis bebés dormidos en mis brazos, dos pequeños milagros con ojos que un día brillarían con la misma magia que su padre y la mía. La confusión se disipó, reemplazada por una comprensión profunda y una emoción arrolladora. El dolor no desapareció del todo, pero se transformó en una esperanza palpitante. No era una pérdida; era una transformación. Un nuevo comienzo, un destino que esperaba. Que aunque no era un mundo de fantasía como siempre lo pintaban de color de rosas, estando junto a él podríamos luchar contra todo.

Y allí, luego de tanto tiempo, no tuve miedo, porque ya no caminaba sola. En aquel mundo lejano y mágico, bajo el fulgor de lunas desconocidas y la promesa de un poder ancestral, supimos que nuestro viaje apenas comenzaba. Como la familia Aesalith que éramos, cumpliríamos nuestro destino; no aquel que habríamos elegido en nuestros sueños, sino el que nos pertenecía por sangre. Y lo haríamos juntos, para siempre.




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