Un amor de cuentos de hadas

Capítulo catorce: el renacer del amor

El Último Espejo

Eva

El aplauso del auditorio resuena como un eco hueco en mi pecho. Los rostros de los estudiantes iluminados por la emoción, las cámaras capturando cada instante. Entre ellos, Helen.

La observo desde mi asiento entre los docentes, con la toga negra y la estola que indica mi rango como profesora. Irónico. Una vez la desprecié, la culpé de todo lo que perdí, y ahora soy parte del final de su historia. Parte de su triunfo.

—Maestra Eva, qué orgullo verla aquí —me susurra una colega.

Sonrío. Nadie imagina lo que me cuesta estar sentada en esta ceremonia, observando cómo Helen recibe lo que una vez soñé para mí. Pero no es el dolor lo que me consume esta vez. Es otra cosa. Algo más profundo.

Y entonces, lo veo.

Jecob.

Alto, elegante, con esa sonrisa que sigue teniendo el poder de congelarme el aliento. Su presencia corta el aire como un cuchillo. No me mira a mí. Sus ojos son para ella.

Para Helen.

Un ardor sube por mi pecho, una punzada de celos que creí extinta. Me aferro a los bordes de mi asiento, obligándome a recordar que ya no soy esa mujer desesperada que vivía encadenada a su sombra. No más.

El espejo me liberó.

Por años, su reflejo me atormentó, susurrándome que nunca sería suficiente, que todo lo que amé me sería arrebatado. Pero el espejo se rompió, y con él, la maldición que me ataba.

Soy libre.

Y ahora Jecob también debe serlo.

Helen recibe su diploma y la ovación es ensordecedora. Me pongo de pie con el resto del auditorio, aplaudiendo como si mi corazón no estuviera temblando.

Nuestros ojos se encuentran por un breve instante. Y por primera vez, veo a Helen sin odio. Sin rencor. Solo como otra mujer que luchó por su propio destino.

Miro a Jecob. Sé que va a correr a ella en cuanto termine la ceremonia. Sé que ya no hay lugar para mí en su historia.

Y está bien.

Salgo del auditorio antes de que puedan notar mi ausencia.

Bajo la lluvia, respiro hondo, sintiendo el peso de los años desvanecerse con cada gota. No necesito mirar atrás.

Porque, por fin, soy libre.

El Reflejo Final

Eva

La lluvia golpea la acera con furia, convirtiendo el asfalto en un espejo líquido que refleja las luces de la ciudad. Me detengo bajo la marquesina de la universidad, la tela de mi vestido negro empapada y pegajosa contra mi piel. Respiro hondo, cerrando los ojos por un instante.

Libre.

La palabra sigue rebotando en mi mente como un eco insistente. Debería sentirse como una victoria. Como el final de una larga guerra. Pero en el fondo, sé que la libertad no es una puerta que simplemente se cruza. Es una elección que se debe hacer cada día.

Y hoy, más que nunca, debo elegir.

—Maestra Eva.

La voz me sobresalta. Abro los ojos y la veo. Helen.

Aún lleva su diploma en las manos, el cabello mojado pegado a sus mejillas. Detrás de ella, el bullicio de la ceremonia aún resuena en el auditorio. Podría haber seguido celebrando, podría haber ido con Jecob. Pero está aquí, conmigo.

—No pensé que saldrías tan rápido —dice, con una sonrisa cautelosa.

No sé qué responder. Aún estoy acostumbrada a verla como mi rival. Como el símbolo de todo lo que perdí. Pero ya no. No más.

—Felicidades —digo al fin.

Sus ojos se abren un poco, sorprendidos. Tal vez esperaba veneno en mis palabras. Tal vez yo misma lo esperaba. Pero no queda nada. Solo cansancio. Solo un extraño tipo de alivio.

—Gracias —responde, con una suavidad que me desconcierta.

El silencio se alarga entre nosotras, solo interrumpido por el golpeteo de la lluvia. La miro y me doy cuenta de algo: Helen no es la villana de mi historia. Nunca lo fue. Solo era una mujer, como yo, atrapada en el mismo reflejo distorsionado.

—¿Era cierto? —pregunta de pronto.

Frunzo el ceño.

—¿Qué cosa?

Traga saliva, como si estuviera a punto de revelar un secreto.

—El espejo.

El aire se vuelve más pesado. No esperaba eso. No de ella.

—Jecob me contó algo… Sobre un espejo que te mostró lo peor de ti misma. Que te hizo dudar de quién eras.

Me quedo en silencio. No porque sea mentira, sino porque no sé qué hacer con la verdad ahora que la tengo frente a mí.

—¿Qué viste? —insiste, dando un paso más cerca.

Mi primer instinto es rechazar la pregunta, pero entonces lo entiendo. Helen también quiere respuestas. Tal vez no sobre mí. Tal vez sobre ella misma.

—Vi lo que más temía —respondo al fin—. Vi mi reflejo volverse nada. Desvanecerse.

Helen asiente, como si entendiera demasiado bien.




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