Un amor de cuentos de hadas

Extra dos:un amor bonito

Cuando llegamos al apartamento, el peso del día todavía se aferra a mis hombros. Jecob lo nota, como siempre. No dice nada al principio, solo me observa mientras dejo mis cosas y me quito los zapatos con un suspiro largo.

—¿Cómo te sientes? —pregunta, acercándose con esa paciencia suya que siempre me desarma.

No le respondo de inmediato. En vez de eso, lo miro, y en su mirada encuentro la respuesta que necesito.

No importa cuántos cambios haya habido en mi vida, cuántas ciudades hayan sido mi hogar, ni cuántas veces me haya sentido perdida. Jecob siempre está ahí, con su presencia firme, con sus manos cálidas, con su amor envolviéndome como un refugio.

Me acerco y lo beso. Despacio al principio, como quien prueba el agua antes de sumergirse. Pero luego, cuando sus brazos me rodean y sus dedos recorren mi espalda, ya no hay duda, ni vacilación. Solo hay nosotros.

Nos movemos hacia la habitación entre risas bajas y caricias que se vuelven cada vez más urgentes. Mi piel reconoce la suya, mis labios buscan cada rincón que ya conocen, pero que siempre sienten como nuevo. Sus manos exploran con la misma devoción de la primera vez, como si el tiempo no hubiera hecho más que avivar el deseo entre nosotros.

Y cuando finalmente nos encontramos, piel contra piel, respiración contra respiración, todo lo demás desaparece. No hay pasado, ni futuro. Solo este momento, este amor que sigue ardiendo con la misma intensidad que el primer día.

—Te amo —susurra contra mi cuello, y yo lo sé. Siempre lo he sabido.

Nos movemos juntos, un ritmo que es nuestro, un lenguaje sin palabras que entendemos a la perfección. Afuera, la ciudad sigue con su bullicio incesante, pero aquí dentro, en esta habitación, en este instante, solo existimos nosotros.

Y cuando finalmente alcanzamos ese punto donde todo se detiene, donde el placer se convierte en algo más profundo, más trascendental, sé que no importa cuántos comienzos o finales nos depare la vida.

Mientras estemos juntos, siempre encontraremos la manera de volver a casa.

A la mañana siguiente, despierto con la luz dorada de Nueva York filtrándose por las cortinas. Jecob sigue dormido a mi lado, su respiración tranquila, su mano descansando sobre mi cintura. Lo observo por un momento, memorizando cada detalle—las pestañas largas, la curva relajada de su boca, la paz que siempre me transmite.

Pero hoy es un día especial. Con cuidado, me deslizo fuera de la cama y me envuelvo en una bata. Camino hasta la ventana y miro la ciudad que ahora llamo hogar. Nueva York siempre ha sido un lugar de sueños, de posibilidades infinitas, y hoy es el día en que uno de mis más grandes se hace realidad.

Mi propia librería.

La idea nació años atrás, cuando todavía estaba escribiendo mi primera novela, sentada en una cafetería con la esperanza de que algún día mi libro estuviera en las estanterías de una tienda como la que ahora me pertenece. Fue un camino largo—rechazos, dudas, noches en vela llenas de palabras y café. Pero aquí estoy, con un libro publicado, una comunidad de lectores que me ha apoyado y, lo más importante, un espacio donde la literatura puede ser un refugio para otros.

—¿Lista para tu gran día? —la voz de Jecob me saca de mis pensamientos. Se ha apoyado contra la puerta, mirándome con esa mezcla de orgullo y amor que hace que mi corazón se apriete.

—Más que lista —respondo con una sonrisa.

El resto de la mañana transcurre en un torbellino de preparativos. La librería está en el corazón de Manhattan, con grandes ventanales que dejan entrar la luz y estanterías de madera que parecen sacadas de una historia clásica. Todo está listo para la inauguración: las mesas con mis libros firmados, los rincones de lectura con sillones cómodos, el aroma a papel y café flotando en el aire.

Cuando las puertas finalmente se abren, la emoción me golpea como una ola. Amigos, lectores, desconocidos que han venido por curiosidad… Todos llenan el espacio con murmullos entusiastas. Y en medio de todo, Jecob, sosteniéndome la mano, recordándome que este momento es real.

Firmo libros, comparto historias, escucho a quienes me dicen que mis palabras los han tocado de alguna manera. Y cuando el sol comienza a ponerse, cuando las luces de la ciudad empiezan a titilar en la distancia, me doy cuenta de que todo esto, cada sacrificio, cada lágrima, cada obstáculo, ha valido la pena.

Estoy en mi lugar.

Jecob se acerca con dos tazas de café y me tiende una.

—¿Cómo se siente cumplir un sueño?

Lo miro, con la librería llena de vida a nuestro alrededor, y luego miro más allá, hacia las luces de Nueva York que brillan como promesas en la noche.

—Se siente como estar en casa.

Donde empiezan las historias

La librería comienza a vaciarse cuando la noche cae sobre la ciudad. Las últimas personas se despiden con abrazos y promesas de volver. Me quedo de pie en medio del espacio, observando cada rincón, cada estantería, cada pequeño detalle que alguna vez fue solo un sueño en mi mente.

Jecob se acerca y desliza un brazo alrededor de mi cintura, apoyando su barbilla en mi hombro.




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