
Miro a través de mi ventana y observo la nieve caer, tan blanca, tan pura, tan hermosa. La nostalgia me invade, siento deseos de llevar el tiempo atrás y cierro los ojos por un momento para recordar lo que fui, lo feliz que fui, pero esa felicidad ya no está, se fue con él; solo quedamos mi soledad y yo.
La mejor época del año, la más hermosa y luminosa, terminó siendo fría, callada y solitaria. Pienso en todas las cajas repletas de cosas para decorar que están guardadas en el desván; cajas que un día como hoy primero de diciembre estaban desperdigadas por toda la sala para comenzar a adornar. Quisiera buscarlas para abrirlas y sonreír mientras canto villancicos, bebo chocolate y decoro mi hogar, pero, ¿para qué? Desde hace tres años y ocho meses mi vida se convirtió en un para qué.
Yo, Lucía Altamirano, mayor de edad, treinta y un años, abogada de profesión y... Viuda. El estigma de mi vida, ¿cómo es posible que siendo tan joven estés viuda?, ¿qué te pasó? ¡Cuéntame!, pobrecita, lo siento mucho. Son parte de las preguntas y palabras de consuelo que he soportado todo este tiempo.
Preguntas para las cuales no tengo respuestas, más allá de un accidente de autos la mañana de un catorce de abril. El día en el que un oficial de policía tocó a mi puerta pidiéndome ir con él para reconocer a mi esposo, quien yacía frío e inerte en la morgue de un hospital esperando por mí. El día en que todo en mi mundo cambió. Esa soy yo, esa es mi historia.
Decido, como siempre, dejar el dolor atrás y seguir. Debo prepararme para ir al bufete, así que termino mi taza de café, me alejo de la ventana y voy a la ducha para darme un baño y arreglarme. Un nuevo día de trabajo me espera.
Llego a Brishman & Asociados a mi hora puntual, muchos entran y salen del lugar, todo el edificio está repleto de decoraciones navideñas, todo muy elegante, pero decoración al fin. Mi jefe, el señor Alfred Brishman es un viejito un tanto mañoso con eso, ama la navidad y confieso que antes yo también lo hacía.
—Buenos días, licenciada. —saluda mi asistente cuando me ve.
—Buenos días, Brittany. —sigo el camino a mi oficina porque sé que ella vendrá detrás de mí.
—Tiene respuesta de tres de los emails que se mandaron ayer; la reunión de las dos se canceló, sus citas comienzan en una hora y el señor Brishman le dejó dicho que fuera a su oficina apenas llegara. —explicó hasta quedarse sin aliento.
—Respira, Brittany. —aconsejé, y ella hizo una mueca, mientras ajustaba sus lentes.
—Lo siento.
—Tranquila, ¿sabes para qué me quiere Alfred? —pregunté.
—No, señora, no me ha dicho nada, solo que la espera. —curvó sus boca y suspiré; tendré que averiguarlo yo misma.
—Perfecto, voy para allá.
Camino en dirección a la oficina de Alfred, notando todos los ojos puestos sobre mí. Desde que todo pasó siento que todos me observan con pena. Sé que para muchos me he vuelto dura, pero no es así, simplemente trato de llevar el dolor que aún siento.
—Buenos días, Alice —sonreí a la mujer—. Tu jefe me mandó a llamar.
—Así es, te está esperando.
Le agradecí, me dirigí a la puerta, toqué dos veces y entré cuando lo autorizó. Su oficina parecía una tienda de dulces y adornos, había muchos, realmente muchos por el lugar; cada cosa en esta oficina gritaba navidad.
Agradecía que la firma era una de las más importantes de New York porque si no su seriedad estaría entre dicha, pero ya todos conocen el amor de Brishman & Asociados por la época decembrina y saben de su fabulosa fiesta de navidad; es algo de lo que se habla en toda la ciudad por un tiempo.
—Buenos días, Alfred ¿cómo estás?
—Lucía, querida. Te estaba esperando —sonrió—. Siéntate, conversemos un poco.
—Alfred, en una hora tengo cita con un cliente.
—Tranquila, prometo dejarte ir antes. —me convenció y sonreí esta vez yo.
La realidad era que adoraba a este señor, él era como un abuelo para mí. Fue muy amigo del mío y algunas veces lo vi cuando estaba con él. Luego, al graduarme y trabajar en otro bufete me mandó a buscar y desde entonces ha sido como una especie de guía y protector.
—¿Y bien?, cuéntame. —pedí, no queriendo darle muchas vueltas.
Él me observó y por su forma de hacerlo supe que no sería tan agradable lo que diría.
—Se trata de la fiesta de navidad. —expresó con cara de culpable y blanqueé los ojos sin poder evitarlo.
—Sé por donde vienes y la respuesta es no. No voy a esas fiestas y lo sabes.
—Lucía este año anunciaré mi retiro del bufete, debes ir. —lo miré sorprendida e inevitablemente conmovida.
—¡Alfred!, no lo sabía, ¿por qué te vas?¿qué va a pasar con el bufete? —la ansiedad quería apoderarse de mí.
Me controlé y sentí consuelo cuando se paró de su silla y caminó para sentarse junto a mí.
—No soy eterno pequeña, estoy viejo y cansado, quiero estar en casa y disfrutar un poco de lo que con tanto esfuerzo construí.
—Tienes razón, te entiendo, disculpame por ser egoísta, es solo que... —inevitablemente se me quebró la voz, no tengo a nadie, Alfred era lo más cercano a un abuelo, a una familia. Desde que mi abuelo falleció él me ofreció su apoyo, consuelo, cariño y amistad—. Lo siento, es que no quiero que te vayas, no te podré ver más y no tendré con quien jugar ajedrez antes de irme a casa. —sonreí ante el reflejo de su sonrisa.
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Editado: 03.02.2025