Todo comenzó en una mañana de primavera. Teresa estaba sentada en la cama, con los ojos hinchados de tanto llorar. La discusión con Félix aún resonaba en su cabeza cuando el teléfono vibró.
—Busco a Félix —escribió Lukas.
—Fue al trabajo —respondió ella, seca.
El silencio duró apenas unos segundos. Lukas volvió a escribir, no con curiosidad, sino con un interés genuino en ella.
—Sé que no es fácil lo que estás viviendo. —tecleó despacio. —solo quiero que sepas que puedes contar conmigo.
Teresa leyó el mensaje varias veces. El miedo seguía apretándole el pecho, pero había algo en esas palabras que la hacía sentir menos sola.
—Gracias… —respondió al fin, con timidez.
Lukas esperó unos segundos antes de volver a escribir:
—No tienes que decir nada si no quieres. Solo quiero escucharte, si algún día lo necesitas.
Ella cerró los ojos. Dudó, pero al final dejó escapar un suspiro y escribió:
—Está bien…
Las horas se fueron entre mensajes cortos, risas invisibles y confesiones que pesaban más que el aire. Poco a poco, sin que ninguno lo nombrara, la amistad comenzó a crecer en silencio, como un secreto compartido.
—No mereces que te traten así —escribió Lukas con firmeza.
Las palabras la rompieron por dentro. Teresa no pudo responder; solo dejó que las lágrimas rodaran lentamente por sus mejillas, pesadas, cargadas de todo lo que había guardado durante tanto tiempo.
El tiempo pasó sin que lo notaran. Cuando llegó la hora del almuerzo, se despidieron torpemente, aún envueltos en esa conversación que había cambiado algo entre ellos. Lukas no pudo evitar escribir de nuevo:
—Ojalá volvamos a hablar… quiero saber cómo estás.
Teresa miró la pantalla del celular y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad. Una sonrisa pequeña, tímida, pero sincera.
—Sí —respondió.
Horas después, volvió a tomar el celular. Sus dedos temblaban mientras escribió un simple mensaje:
—Hola.
La respuesta llegó en segundos:
—Buenas tardes, ¿cómo te fue? Cuéntame…
—Bien, gracias. ¿Y tú?
—Bien, y gracias por confiar en mí.
Teresa leyó esas palabras más de una vez. Algo en ellas la hacía sentir segura… y al mismo tiempo culpable. Los mensajes siguieron: cortos, simples, llenos de risas invisibles que se sentían más reales que el silencio de su casa.
Hasta que escribió:
—Adiós, Lukas.
—No te vayas. ¿Por qué te vas? Platiquemos un poco más. Te juro que Félix no sabrá nada. Yo te cuidaré, amiga.
Teresa apretó el celular contra su pecho. Sabía que Félix podía llegar en cualquier momento.
—Tengo que irme.
—¿Mañana volveremos a platicar?
—Tal vez sí… o tal vez no.
Esa noche no pudo dormir. Las preguntas giraban en su mente como un torbellino: ¿por qué Lukas quería saber tanto de ella?, ¿por qué le importaba tanto?, ¿por qué se preocupaba si apenas lo conocía?
Leyó los mensajes una vez más… y los eliminó antes de que Félix llegara.
Editado: 04.06.2026