Un amor inesperado

Capítulo 2 – Confianza

Al día siguiente, Teresa despertó antes de que el sol terminara de salir. La casa estaba en silencio, ese silencio incómodo que queda después de una noche tensa. Mientras se peinaba frente al espejo, intentando no pensar demasiado, su celular vibró.

—Hola, ¿cómo estás? ¿Qué tal amaneciste? —escribió Lukas.

Teresa leyó el mensaje, pero no respondió de inmediato. Dejó el celular en la cama, como si quemara. Pasaron unos minutos… volvió a vibrar. Lukas insistía. Finalmente, contestó:

—Hola, bien… gracias por preguntar.

—Me alegro mucho. ¿Ya desayunaste? —respondió él casi al instante.

—Sí, ¿y tú?

—Todavía no, pero al rato desayuno.

La conversación siguió con naturalidad, entre preguntas simples y respuestas cortas. Lukas parecía buscar cualquier motivo para mantenerla cerca.

—Espero que Félix no te haya tratado mal anoche —escribió de pronto.

—Descuida —contestó Teresa.

Sin más explicaciones. Solo ella sabía lo que realmente había pasado. Las horas pasaron rápido, casi sin darse cuenta. Lukas volvió a escribir antes de atender a unos clientes:

—Al rato platicamos.

—No hay problema —respondió Teresa —Yo prepararé el almuerzo.

Cocinó una pasta sencilla, bañó a su bebé y la acostó. La paz duró poco: el celular vibró otra vez.

—Hola, amiga. ¿Ya almorzaste? ¿Qué haces?

—Nada… apenas acosté a mi bebé.

—¿En serio? Envíame una foto, ¿cómo se llama?

Teresa sonrió, pero negó con firmeza:

—No.

—Ándale… ¿o te da miedo que te la robe? —bromeó él.

Ella cambió de tema.

—¿Y tú ya almorzaste?

—Sí, gracias.

La charla siguió ligera, hasta que Lukas escribió algo que la dejó pensando:

—¿Por qué te da miedo que seamos amigos?

Teresa dudó, pero escribió la verdad:

—Porque nunca he tenido amigos. A Félix no le gusta que yo tenga amistades.

—Pero no hacemos nada malo. Solo platicamos… además, él es el que se porta mal contigo.

—Sí, tienes razón.

Minutos después, Lukas se despidió:

—Ya salimos del trabajo. Cuídate mucho, tú y tu bebé. No dejes que Félix te haga sentir mal. Si te hace algo, cuéntame. Confía en mí.

—Gracias, Lukas. Gracias.

—Hasta mañana… si quieres que sigamos hablando.

—Sí, está bien. Cuídate. Adiós.

—Adiós.

Media hora después, Félix llegó a casa, enojado y distante.

—¿Qué hay de cenar? —preguntó sin mirarla.

—Aún nada… voy a preparar algo —respondió Teresa.

Mientras cocinaba, Félix puso la música fuerte y comenzó a beber. A Teresa le temblaban las manos; no quería discutir otra vez. Cenaron en silencio. Después, ella lavó los platos mientras él se bañaba.

—¿Por qué tardaste tanto? ¿No quieres bañarte conmigo?

Preguntó desde la puerta.

—Estaba guardando todo —respondió ella, sin ganas de pelear.

Esa noche se acostaron sin tocarse, cada uno mirando hacia un lado distinto de la cama. Pero Teresa no podía dormir. Una sola pregunta le daba vueltas en la cabeza, una y otra vez:

¿En verdad es tan malo tener a alguien que se preocupe tanto por mí?

Los pensamientos la invadieron hasta que, agotada, finalmente se quedó dormida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.