El amanecer apenas iluminaba la habitación cuando Teresa abrió los ojos. Otra vez sin haber dormido. Las sombras bajo sus párpados eran la prueba de una noche llena de lágrimas silenciosas. El engaño de Félix seguía clavado en su pecho como una espina invisible… porque él jamás estaba lo suficientemente sobrio para notar su dolor. El vacío seguía ahí… hasta que el celular vibró sobre la mesa.
Lukas. Su nombre apareció en la pantalla y algo dentro de ella se estremeció.
—Hola, Teresa… ¿cómo estás? ¿Cómo amaneciste?
—Bien… —mintió ella, como siempre.
—Qué bueno… cuéntame de ti.
—No sé qué decirte.
—Entonces dime cómo te trata Félix.
—Normal… yo estoy bien.
—No te creo… algo escondes.
El silencio se volvió pesado. Teresa apretó el teléfono entre sus manos.
—Estoy segura… —respondió, aunque su voz parecía más una súplica que una verdad.
—Confía en mí; siempre voy a estar para ti…
—Gracias, Lukas.
—Dime amigo.
—¿Por qué? Me gusta decir tu nombre.
—Porque eso somos… amigos.
—Entonces diré: “Hola, amigo Lukas”.
—Me gusta cómo suena.
La conversación se volvió más personal, más cercana… demasiado cercana.
—Siento que ocultes algo.
—No… todo bien.
—Quiero decirte algo, pero no quiero que pienses mal de mí.
—Dime.
—Félix habla con Lucía desde otro celular. Lo vi. Dijo que no le importas.
Teresa bajó la mirada. En su mente susurró: Ya lo sé… sé lo que pasa entre ellos.
—No es la única con la que habla, pero luego lo hablamos. Solo quiero que nunca te vuelva a mentir… eres importante para mí.
—Gracias… amigo.
Para romper la tensión, Teresa cambió de tema:
—¿Qué almorzaste?
—Aún nada, pero me alegra que te cuides.
Horas después, Teresa volvió a su cuarto y encontró otro mensaje de Lukas, esperando… como si nunca dejara de pensar en ella.
—Hola… ¿estás ahí?
—Sí, estaba ocupada.
—En unos minutos saldremos de viaje, pero quería saber de ti.
—Gracias, estaré aún más ocupada. Cuídate mucho, en serio.
Las palabras parecían simples, pero escondían algo más profundo… algo que ninguno se atrevía a nombrar.
—Mándame mensaje mañana.
—Si Félix se enoja… desde que pasó todo, vivimos peleando.
—La culpa no es tuya. Él te está perdiendo… y ni siquiera se da cuenta.
—Hasta mañana.
—No te enojes conmigo, solo digo lo que veo.
—Lo sé… cuídate.
—Tú más, mucho más.
La conversación terminó, pero el silencio dejó algo encendido entre ellos. Teresa lo sabía: Lukas era territorio prohibido, peligroso, imposible. Sin embargo, desde que lo conoció había una chispa que no podía ignorar. Se repetía una y otra vez que entre ellos no podía pasar nada…
Editado: 21.06.2026