Un amor inesperado

Capítulo 4 – Confesión entre Lukas y Teresa

Pasaron los días y, sin darse cuenta, cada conversación los hacía sentirse más cerca. Hablaban de sus miedos, de sus heridas, de aquello que nunca se atrevían a decir en voz alta. La confianza crecía entre ellos como un secreto que podía estallar en cualquier momento.

En medio de una llamada silenciosa, Lukas rompió el hielo:

—Teresa… ¿en qué piensas? Siento que quieres decir algo.

Ella guardó silencio unos segundos antes de contestar:

—Sí… pero no puedo decirlo. Me da pena.

—¿Por qué te da pena? Ya dime… ¿es algo malo?

—No lo sé… es algo que siento, pero no debo decirlo.

—Confía en mí —insistió él—. No le diré a nadie.

Teresa respiró hondo. Sus dedos temblaban sobre la pantalla.

—La verdad es que… me enamoré.

—¿En serio? ¿Cómo? Dime…

—Sí, Lukas… me enamoré de ti. No sé cómo pasó, pero estoy enamorada.

Del otro lado de la pantalla, Lukas cerró los ojos.

—No te preocupes… yo también me enamoré. Bueno… ya lo estaba, pero no quería decirte.

—¿Pero… solo lo decía? No es para que lo tomemos en serio.

—Sí estoy enamorado —confesó él—. No te dije por miedo a que te enojaras.

Teresa intentó poner un límite que ni siquiera su corazón aceptaba:

—Está bien… pero somos amigos nada más.

—Sí, somos amigos —respondió Lukas—. Nadie sabrá.

—Gracias, Lukas… en verdad.

El ambiente cambió cuando él preguntó lo inevitable:

—¿Y qué sientes por Félix? ¿Ya no lo amas?

—Me lastimó… me engañó con Lucía.

—Lo sé. Y la verdad, no merece tu confianza.

—Ya no quiero hablar de eso… me pongo mal recordarlo.

—Está bien. Solo ignóralo. No dejes que te trate mal.

La conversación siguió, entre consejos y promesas, hasta que Lukas se despidió con palabras que quedaron grabadas en ella:

—Yo te cuidaría mejor que él.

Teresa se puso nerviosa.

—Cuídate… y maneja con cuidado.

—Sí, Teresa. Igual cuídate… y cuida a tu bebé.

Se despidieron con el corazón acelerado, fingiendo que nada había cambiado. Pero lo que no imaginaban era que aquella confesión no sería el final. Sería el comienzo de algo más fuerte.

Esa noche, el desastre llegó con Félix. La discusión comenzó por nada y terminó en reproches.

—¿Y ahora por qué sonríes tanto cuando ves el teléfono? —preguntó con celos.

—No empieces otra vez, Félix.

Las palabras se volvieron gritos, los gritos reproches, y los reproches, heridas abiertas. Félix perdió el control e intentó levantar la mano contra ella. Teresa retrocedió un paso y le gritó en la cara:

—¡No siento nada por ti! ¿Me escuchaste? ¡Nada! Eres libre de irte con Lucía… o con cualquiera.

—Entre Lucía y yo no pasó nada, es un chisme.

—Pues gracias a ese “chisme” me di cuenta de la persona que eres. ¿Te atreves incluso a pegarme?

—Discúlpame… no quería…

—Olvídalo.

Se acostaron como dos desconocidos, cada uno mirando hacia un lado distinto de la cama, con el orgullo más grande y un abismo entre ellos.




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