Un amor inesperado

Capítulo 5 – Engaño y desamor

Los días avanzaban en una monotonía gris sin que nadie supiera que Teresa se la pasaba llorando, maldiciéndose a sí misma por no sentirse suficiente. Se levantaba sin ganas, arrastrando el peso de su tristeza como una cadena invisible. De repente, la pantalla del celular se encendió sobre la cama. El parpadeo de una notificación rompió el silencio de la habitación.

Número desconocido.

Teresa desbloqueó el teléfono con desgano y leyó el primer mensaje.

—Hola.

Teresa no contestó. Se quedó mirando la pantalla, con el dedo suspendido sobre el teclado, debatiéndose entre la curiosidad y la desconfianza. No sabía quién era. Decidió dejar el chat en visto, pero un segundo mensaje llegó de inmediato.

—Hola, hermosa, te noto triste.

—Carajo, deja de molestar.

Tecleó ella con rapidez, sintiendo una chispa de indignación.

—¿Quién te pasó mi número?

—Descuida, no le diré a nadie.

—No quiero platicar contigo

—No te molestes, tengo algo que decirte.

—No me interesa nada que venga de ti.

—Solo quiero hablar de Félix y Lucía. Tengo información.

Teresa apretó los labios hasta dejarlos blancos. El nombre de Félix siempre actuaba como un recuerdo que activa una mezcla de dolor y pánico.

—Sé lo suficiente. Déjame en paz —respondió con dedos temblorosos, mintiendo para protegerse.

—No te comportes así, mami.

—No seas grosero. No molestes.

—No me gusta cómo te trata ese pendejo. Además, anda con muchas.

El silencio se volvió insoportable mientras Teresa miraba la pantalla fija, procesando el golpe. De la nada llego un video. Teresa, con el corazón acelerado, lo abrió… y ahí estaban Félix y Lucía, envueltos en una complicidad que a ella ya le habían negado. La furia, líquida y ardiente, le quemó por dentro, evaporando las lágrimas.

Antes de que pudiera salir del reproductor, un nuevo mensaje de texto saltó en la parte superior:

—¿Ya ves? Y tú no me creías. Yo te trataría mejor, te compraría todo lo que quieras.

Teresa no respondió. La náusea le impedía pensar con claridad. Otro audio llegó enseguida.

—Hablé con Lucía y me confesó todo.

La humillación la superó. No iba a darle el gusto de saber cuánto le dolía.

—Gracias… ya sé todo

escribió con una rabia contenida que casi la hace estrellar los dedos contra el cristal.

—Entonces, ¿qué dices? Salgamos un rato. Ya te hice un favor, tienes evidencia.

—Yo no te pedí nada.

—Está bien. Solo no permitas que siga jugando contigo. Valórate. Te veo todos los días, estás triste. Cuando quieras, siempre estaré disponible para ti.

Teresa cerró los ojos, dejando que la pantalla se apagara. El rompecabezas se armó en su mente y una mueca de asco desfiguró su rostro al atar cabos. Sabía perfectamente quién estaba detrás de esa pantalla: Charly. Un cazador al acecho, mujeriego e hipócrita, igual que Félix. No quería ser el trofeo de consolación de nadie. Entró al perfil de inmediato y lo bloqueó.

Pasaron unos minutos en los que el tic-tac del reloj pareció amplificarse en el cuarto. De pronto, una nueva vibración sacudió el teléfono. Esta vez, el nombre que apareció en la barra de notificaciones le provocó un vuelco en el corazón, un estremecimiento completamente distinto: Lukas.

—Hola, Teresa. ¿Cómo estás? No me has saludado. Dime cómo amaneciste. ¿Ya desayunaste?

Una pequeña e involuntaria sonrisa intentó asomarse en sus labios, pero el recuerdo del video que acababa de ver la devolvió a la dura realidad.

—Hola, Lukas. Estoy bien. ¿Y tú?

—Sí, estoy bien. Pero cuéntame de ti. ¿Cómo te fue anoche?

—Bien… todo bien.

Escribió, conteniendo el aire

—No finjas. Sé cómo estás

El mensaje de Lukas llegó casi al instante, demostrando que la conocía demasiado bien.

—Escuché a Félix diciendo que discutieron.

A pesar de la insistencia de Lukas, ella responde.

—Sí… todo bien, gracias.

Teresa no quería que él insistiera ni que la compadeciera, pero la presión en su pecho era demasiada. Necesitaba soltar una parte de la carga, así que, buscando refugio en él, soltó la verdad a medias:

—¿Sabes? Recibí un mensaje.

—¿Mensaje? ¿De quién? —el cambio de ritmo en sus respuestas delató su interés inmediato.

—De Charly.

—¿Qué te dijo?

—Me mandó audios, videos… incluso fotos de Félix y Lucía.

Pasaron varios segundos con el indicador de “escribiendo” ... Teresa se imaginó la expresión de indignación de Lukas al otro lado.

—¿En serio? No hables con él. Es un idiota, igual que Félix.

—Lo tengo bloqueado.

—Muy bien. No vuelvas a hablar con él.

—Claro que no. No me interesa. Los hombres son malos —escribió ella, volcando en esa frase todo el dolor que le partía el alma.

Sin pensarlo mucho, Teresa le escribió un mensaje largo detallando todo lo que sentía. En Lukas encontraba un espacio seguro. Él le respondió de inmediato:

—Yo soy diferente.

Teresa leyó el mensaje dos veces. Quería creerle, pero la habían lastimado tanto que ya no confiaba en las promesas de nadie.

—Me cuesta creerte —confesó, sintiéndose dolorosamente vulnerable.

Lukas cambió de tema, quizás intuyendo que la estaba presionando demasiado, pero sus palabras seguían siendo un refugio cálido en medio de su tormenta:

—No hables con Charly. Le contará a todo el mundo si le haces caso.

—Sí, Lukas. No hablaré más con él.

La conversación terminó con un intercambio breve. Las lágrimas ya le amenazaban con nublar la vista y complicarle la lectura de la pantalla, pero el ambiente quedó cargado de promesas silenciosas:




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