Pasaron varios días sin contactar a Lukas. Teresa se sentía cada vez más preocupada, atrapada en sus pensamientos y sin saber cómo manejar la situación. En casa las discusiones se habían detenido, pero el silencio resultaba aún más pesado. Al final, vencida por el impulso, le envió un mensaje.
— Hola, amigo Lukas
Él contestó al segundo, como si hubiera estado conteniendo el aliento a la espera de una notificación.
— Hola Teresa, cuéntame de ti.
— Estoy aquí y estoy bien. Espero que igual estés bien
— No me engañas — respondió él de inmediato—. Sé lo que sucede en tu casa.
Teresa recordó la noche anterior: Félix y ella habían bebido juntos, terminando la velada en una fuerte discusión. Lo que no esperaba era que Félix fuera corriendo a contárselo todo a Lukas.
— Volviste a tomar. Me prometiste no hacerlo de nuevo.
— Solo fueron unos tragos, no es para tanto.
— Te hace daño.
— Lo hago para olvidar, pero no sirve. Al contrario, me llena más de recuerdos.
Teresa se quedó sin saber qué responder. De pronto, recordó que en medio de la pelea Félix había mencionado el nombre de Lukas con desprecio. Respiró hondo y tomó una decisión.
— Ya no debemos ser amigos
— ¿Qué? ¿Por qué? ¿Hice algo malo?
Teresa suspiró, sintiendo un nudo en la garganta. La culpa de estar ocultándole cosas a Félix y el miedo a desatar un conflicto mayor la devoraban por dentro y responde...
— No, no... —pero Félix piensa que pasa algo entre nosotros. No sé quién inventó ese chisme.
— Tú sabes que somos amigos y eso no cambiará.
Teresa pudo notar la rigidez en su respuesta, como si él estuviera haciendo un esfuerzo por mantener la compostura.
— Pero no quiero mas problemas
Insistió ella, sintiendo cómo los ojos se le humedecían por la frustración.
— Tú sabes que no podemos ser solo amigos.
Esa última frase flotó en el aire con un peso tremendo. Lukas se tomó un momento antes de responder; el silencio al otro lado de la línea se sentía helado.
— No me alejes. Dejemos que el destino nos ponga en el camino.
Suplicó él a través del texto, con una vulnerabilidad que desarmó a Teresa.
— No está bien, es lo mejor para ambos
Escribió ella, intentando convencerse a sí misma más que a él, obligándose a ser la voz de la razón, aunque su corazón le pidiera lo contrario.
— Él te ha engañado muchas veces, Teresa. La familia de Félix sabe lo que hace, y nadie te defiende.
Teresa se le congeló la sangre. Lukas había puesto el dedo en la llaga más dolorosa de su vida. La rabia y la humillación de haber sido traicionada por su pareja se mezclaron con el alivio de que alguien, por fin, validara su dolor.
Ese último mensaje golpeó a Teresa como un balde de agua fría. Era la verdad más amarga de su realidad: la soledad absoluta en medio de su propio hogar.
Abrumada por la verdad de sus palabras, Teresa decidió cambiar de tema para escapar de la conversación.
— Tengo que irme. Estoy ocupada, iré al super mercado.
— Entiendo, pero no me alejes.
— Adiós.
— Espero que vuelvas y no sea un adiós definitivo.
Teresa guardó el teléfono y salió hacia el supermercado. No caminó mucho; a lo lejos, la figura de Lukas la esperaba oculta entre las sombras. Al alcanzarlo, él la recibió con un abrazo brusco, casi desesperado.
— Hola, pequeña —le susurró.
— Ahora me siento mejor —admitió ella, perdiéndose en su calidez.
— Todo estará bien, aquí estaré para ti.
— Ya me voy...
— Estoy aquí, pase lo que pase. Pero no me alejes.
Teresa guardó silencio. Mientras Lukas le prometía lealtad incondicional, ella se dejaba envolver por una felicidad extraña. Ese abrazo despertaba recuerdos enterrados, pero no se atrevía a preguntar nada. Fue él quien rompió el silencio.
— Oye... no me alejes de nuevo. Soy aquel niño que te prometió amarte siempre.
Teresa lo miró con los ojos muy abiertos, sorprendida.
— ¿Que eres tú? ¿Aquel niño con el que solía jugar?
— ¿Claro que si ya vez? aun sigo esperándote.
— Cosas del destino ... que nos volviéramos a encontrar
— No, Teresa... yo te bosque
— Bueno ... luego hablamos de eso. me tengo que ir
— Si ... y espero que después de esto me busques de nuevo.
Teresa se alejó sin decir nada más. Caminaba confundida y, al mismo tiempo, feliz. Ese abrazo la había transportado por completo a su infancia. Jamás imaginó que volvería a ver a ese niño, ahora convertido en un hombre, con el mismo sentimiento intacto.
Editado: 21.06.2026