El ruido de las cajas llenaba la sala de la pequeña casa donde Laura y su mamá acababan de mudarse. A sus siete años, no entendía muy bien por qué tenían que dejar atrás todo lo que conocía, solo sabía que estaba nerviosa por la nueva escuela.
Laura era una niña de cabello castaño y largo, de ojos marrones que parecían guardar más secretos de los que podía contar. Tenía la piel blanca y un carácter tímido, siempre escondiéndose detrás de su madre cuando alguien nuevo intentaba hablarle. Sus abuelos paternos eran su refugio, y extrañarlos le apretaba el corazón desde que llegaron a aquella ciudad.
El primer día de clases amaneció gris. Laura se sentó en el aula, en la última fila, con las manos apretando fuerte su lápiz. No conocía a nadie, y el murmullo de los demás niños la hacía sentir aún más pequeña.
-¿Puedo sentarme aquí? -preguntó una voz clara a su lado.
Levantó la vista y lo vio: un niño de cabello rubio, ojos marrones cálidos y una sonrisa que parecía iluminarlo todo. Se llamaba Cristian. Tenía la seguridad de un Aries, impulsivo y decidido, aunque en ese momento solo parecía un niño curioso que había encontrado un nuevo misterio en aquella niña callada.
-S-sí... -balbuceó Laura, bajando la mirada.
Él se sentó sin pensarlo dos veces.
-Soy Cristian -dijo, como si fuera lo más natural del mundo.
Laura levantó la vista otra vez y asintió apenas, sin decir nada. Cristian sonrió.
-Eres muy callada, ¿no?
Ella se sonrojó.
-Un poco...
Ese "un poco" fue suficiente para que Cristian decidiera que quería conocerla más. Y aunque Laura no lo sabía, en ese instante comenzó la historia de un amor que, aunque inocente, marcaría sus vidas para siempre
Editado: 31.01.2026