El ruido de las cajas llenaba la sala de la pequeña casa donde Laura y su mamá acababan de mudarse. A sus siete años, no entendía muy bien por qué tenían que dejar atrás todo lo que conocía, solo sabía que estaba nerviosa por la nueva escuela.
Mientras su mamá acomodaba algunas cosas en la cocina, Laura caminaba despacio por la casa observando cada rincón. Todo era diferente. Las paredes todavía estaban vacías y había cajas en la sala, en el pasillo y hasta frente a la puerta de su habitación.
Se agachó para abrir una de ellas, pero enseguida escuchó la voz de su mamá.
—Laura, esa no. Ahí hay cosas que se pueden romper.
—Perdón...
La niña volvió a cerrar la caja y abrazó con fuerza el peluche que llevaba en las manos.
No le gustaban los cambios.
Extrañaba su antigua casa.
Extrañaba su cuarto.
Y, sobre todo, extrañaba a sus abuelos.
Desde que se habían mudado no había dejado de pensar en ellos. Recordaba cuando su abuelo la llevaba al parque y su abuela le preparaba la merienda cada vez que iba a visitarlos.
Ahora estaban lejos.
Muy lejos.
Su mamá salió de la cocina con una sonrisa cansada.
—¿Quieres ayudarme a guardar algunos platos?
Laura asintió enseguida.
Aunque era pequeña, le gustaba sentir que podía ayudar.
Tomó un plato con mucho cuidado y lo puso dentro del mueble donde su mamá le indicó.
—Muy bien —dijo ella sonriendo—. Ya casi terminamos.
Laura sonrió un poquito.
Ver a su mamá contenta también la hacía sentir mejor.
Cuando terminaron de acomodar algunas cosas, fueron a la habitación de Laura.
Su cama ya estaba armada y encima descansaba su almohada junto a una manta de color lila que siempre llevaba con ella.
La niña se sentó sobre la cama mientras miraba la ventana.
Afuera había varios niños jugando.
Algunos corrían detrás de una pelota y otros andaban en bicicleta.
Laura los observó durante unos segundos.
Le habría gustado salir.
Pero le daba vergüenza acercarse.
Siempre le había costado hablar con personas que no conocía.
Su mamá se acercó y se sentó a su lado.
—¿Estás pensando en mañana?
Laura bajó la cabeza.
—Sí...
—¿Tienes miedo?
Ella asintió muy despacio.
—¿Y si nadie quiere ser mi amigo?
Su mamá le acarició el cabello.
—Estoy segura de que vas a conocer niños muy buenos. Solo sé tú misma.
Laura no respondió.
Quería creerle, pero sentía un nudo en el estómago cada vez que pensaba en entrar a un salón lleno de personas desconocidas.
Esa noche casi no habló durante la cena.
Después se puso su pijama y preparó su mochila para el día siguiente.
Revisó varias veces que los cuadernos estuvieran dentro.
También guardó con cuidado su cartuchera y un lápiz nuevo que su mamá le había comprado para empezar las clases.
Antes de acostarse volvió a mirar la mochila.
Era la primera vez que iba a entrar a una escuela donde nadie la conocía.
Y eso le daba mucho miedo.
El primer día de clases amaneció gris. Laura se levantó antes de que sonara el despertador. Había dormido poco y, aunque intentó volver a cerrar los ojos, no pudo.
Se puso el uniforme despacio mientras su mamá preparaba el desayuno.
—Buenos días, mi amor.
—Buenos días...
Laura se sentó frente a la mesa sin mucho ánimo. Revolvía el cereal con la cuchara mientras pensaba en todo lo que podía pasar ese día.
—Come un poquito más.
—No tengo mucha hambre.
Su mamá la miró con ternura.
—Los primeros días siempre dan miedo, pero ya verás que después te vas a acostumbrar.
Laura solo asintió.
Cuando terminaron de desayunar, salieron de la casa.
Durante el camino casi no hablaron. Laura iba sujetando fuerte la mochila mientras observaba las calles por la ventana del auto. Todo seguía pareciéndole nuevo.
Al llegar a la escuela, sintió un nudo en el estómago.
Había muchos niños entrando por la puerta principal. Algunos iban corriendo para encontrarse con sus amigos y otros hablaban con sus padres antes de despedirse.
Laura se quedó quieta por unos segundos.
—Vamos —dijo su mamá con una sonrisa.
Las dos caminaron hasta la entrada.
Antes de entrar, su mamá se agachó para quedar a su altura.
—Confía en ti. Estoy segura de que todo va a salir bien.
Laura asintió y le dio un abrazo.
—Te quiero.
—Yo también te quiero, mi amor.
Después respiró profundo y entró al colegio.
Los pasillos estaban llenos de niños hablando y riéndose. Algunos ya se conocían y parecían felices de volver a verse después de las vacaciones.
Laura caminó mirando los números de las aulas hasta encontrar la suya.
Entró despacio.
La maestra todavía estaba organizando algunas cosas sobre el escritorio.
—Buenos días.
—Buenos días, ¿tú debes ser Laura?
La niña asintió.
—Puedes sentarte donde quieras.
Laura miró todo el salón.
La mayoría de los asientos ya estaban ocupados por niños que conversaban entre ellos.
Prefirió caminar hasta el fondo del aula.
Laura se sentó en el aula, en la última fila, con las manos apretando fuerte su lápiz. No conocía a nadie, y el murmullo de los demás niños la hacía sentir aún más pequeña.
—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó una voz clara a su lado.
Laura levantó la vista casi de inmediato.
No esperaba que alguien le hablara.
Por un segundo pensó que el niño se había equivocado de lugar.
Miró el asiento vacío a su lado y después volvió a mirarlo a él.
Era un niño de cabello rubio, ojos marrones cálidos y una sonrisa que parecía hacer que todo fuera más sencillo.
Laura sintió que el corazón le latía un poco más rápido.
No sabía qué responder.
Nunca había sido buena hablando con personas que no conocía.
—S-sí... —balbuceó Laura, bajando la mirada.
Cristian sonrió y dejó su mochila junto al pupitre.
Parecía completamente tranquilo, como si hablar con alguien nuevo fuera lo más normal del mundo.
Se sentó sin pensarlo dos veces y acomodó sus cuadernos sobre la mesa.
Después volvió a mirar a Laura.
Él se sentó sin pensarlo dos veces.
—Soy Cristian —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.
Laura levantó la vista otra vez.
Por unos segundos se quedó observándolo.
No parecía un niño malo.
Al contrario.
Su sonrisa transmitía confianza.
Laura levantó la vista otra vez y asintió apenas, sin decir nada.
Editado: 25.07.2026