Los primeros días en la escuela fueron difíciles para Laura. Hablaba poco, levantaba la mano casi nunca y en los recreos, prefería sentarse bajo un árbol con su merienda antes que unirse al grupo de niños ruidosos que jugaban a la pelota.
Cristian, en cambio, era todo lo contrario. Siempre corría, reía fuerte y se metía en problemas con facilidad. Pero, cada vez que podía, se escapaba de los juegos y buscaba a Laura.
-¿No vas a jugar? -le preguntó una mañana, mientras se dejaba caer a su lado sobre el césped.
Laura negó suavemente con la cabeza.
-Prefiero quedarme aquí.
Cristian la miró en silencio un segundo, y luego, como si hubiera tenido una gran idea, le tendió una galleta.
-Entonces yo también me quedo.
Laura parpadeó, sorprendida. Nadie hacía eso. Ella sonrió tímidamente y aceptó la galleta.
Desde ese día, Cristian comenzó a compartir los recreos con ella. A veces le contaba historias inventadas sobre monstruos y héroes; otras, simplemente hablaban de lo que más les gustaba. Laura, poco a poco, fue perdiendo la timidez con él.
Una tarde, mientras dibujaban en sus cuadernos, Cristian la observó con seriedad poco común en un niño de su edad.
-Oye, ¿quieres ser mi mejor amiga?
Laura lo miró sorprendida. Su corazón pequeño latió con fuerza.
-¿Amiga?
-Bueno... -él se rascó la cabeza, nervioso-. Mejor que amiga. Como... no sé... como que tú y yo siempre estemos juntos.
Laura no entendió bien lo que quería decir, pero sonrió.
-Sí.
Cristian soltó una carcajada y, de un impulso, le tomó la mano.
-Entonces ya somos algo más.
Ese gesto tan inocente bastó para que, en los ojos de Laura, Cristian dejara de ser solo un niño de su clase. A partir de ese momento, él se convirtió en alguien especial.
Editado: 06.08.2026